No hay un solo día de tregua en la crispada política española, lo que resulta agotador. Sin embargo, si bien son varias las formaciones políticas que contribuyen a la actual polarización, son el PP y Vox los que están rebasando irresponsablemente todas las líneas rojas posibles. Los choques entre los partidos políticos y entre los frentes mediáticos son cada vez más graves, hasta el punto de que en los debates los insultos reemplazan a los argumentos, cuyo fin es desprestigiar y deshumanizar al adversario. Es tal la crispación política, a la que la corrupción contribuye lo suyo, que se está generando un ambiente social tenso y agresivo que deriva en una polarización social que impide el respeto mutuo y la convivencia.

La economía española está experimentando actualmente un ciclo de expansión sólido, crecimiento que supera la media europea, lo que debiera haber tenido un efecto catártico, o al menos sedante, para la vida política. Lejos de eso, asistimos a un enfrentamiento político y mediático que roza la crueldad, hasta el punto de que la utilización torticera de las redes sociales y de algunos medios de comunicación para difundir bulos y generar ruido marca negativamente la agenda política de nuestro país, cuya consecuencia más preocupante es que la hostilidad gana terreno sin que nadie logre ponerle límite. 

Cada día aumenta la crispación, la vulgaridad, los odios partidistas y los insultos que ni siquiera se redimen por el unánime y prolongado aplauso que recibió el Papa en su reciente intervención en el Congreso de los Diputados. Va a ser verdad aquel dicho de que no estábamos preparados para la democracia, pues el espectáculo nacional, visto con un poco de perspectiva y reposo, es tan atroz que anula la ostentación del civismo democrático del que hemos venido presumiendo desde la sacralizada transición. Asistimos a un retroceso político tal que la derecha ha perdido no sólo los estribos, sino que se comporta con un ensañamiento que puede llegar a ser irreversible.

La ciudadanía ha sabido ganarse el respeto y la libertad varias veces a lo largo de la historia. Pero ahora está siendo envilecida por una polarización política que se teje mediante el insulto, la mentira y el odio entre partidos. Odio, sí. Un odio recalentado y rancio, un odio que viene del pasado, actualizado por la extrema derecha. Un guerracivilismo verbal que parece que permanece latente en la biografía de este pueblo. Y es que Vox ni procede de la democracia ni pretende mantenerla.

Los políticos, rehenes de una histriónica polarización, andan por aquí y por allá, por el mundo y por la televisión, hirviendo en comentarios sobre la maldad del adversario, sin ser conscientes de que las mareantes trifulcas y la división extrema entre derecha e izquierda no sólo son arcaicas, sino que, incluso, puede ser un serio obstáculo para la concordia social. Si se mantienen sistemáticamente dos posiciones enfrentadas, puede comprometerse el consenso necesario en cuestiones de interés general. Aunque la idea de los dos bloques antagónicos puede que sea solo una ilusión, pues la democracia parece secuestrada y reducida a un escenario donde solo se escenifica la soberanía popular, pues quienes ejercen el poder son los bancos, los fondos de inversión y las corporaciones digitales. Mientras, la derecha, aupada en su euforia originaria, se ha montado en una nueva cruzada que viene a rescatar al país del caos en el que según ella está inmerso, asistimos también, según expertos juristas, a decisiones judiciales que parecen delirantes, como la escandalosa puesta en libertad de Aldama, un referente moral para la ultraderecha, o las recientes actuaciones judiciales contra el entorno del presidente del Gobierno en las que se aprecia supuestamente un patrón prospectivo y extensivo tan repetido que difícilmente puede atribuirse a la coincidencia, sino que parece constituir una operación de demolición política perfectamente calculada, lo que consagra la nefasta crispación imperante.

Lo que no ayuda a la democracia ni a los acuerdos políticos es la afrenta gratuita y los exabruptos fuera de tono. Y de todo eso hemos tenido bastante en los últimos años. Es muy difícil la viabilidad de los consensos políticos, pues algo se revela como decisivo y contrario al acuerdo como es la existencia de una operación coral que tiene como único e inaplazable objetivo acabar sea como sea con el gobierno progresista. Aznar dio la orden: “el que pueda hacer, que haga”. Y en ello están las élites que dominan España, esos grupos que operan fuera del escrutinio democrático y que sustentan al PP y a Vox, los aspirantes a gobernar. Y junto a ellas las organizaciones de extrema derecha y los grupos fascistas y neonazis que representan el lumpen residual del franquismo. En resumen, más crispación y menos democracia.

El autor es médico-psiquiatra