La fábrica del odio
Toda fábrica necesita materia prima. La fábrica del odio se alimenta del miedo, la desinformación y la frustración. Después los transforma en algo mucho más rentable: enemigos.
A lo largo de la historia hemos escuchado relatos demasiado simples sobre quienes son diferentes. Relatos que primero promueven su estigmatización, después justifican su exclusión y, en demasiados casos, legitiman la violencia contra ellos.
Durante la invasión y posterior colonización de América, se cuestionó la humanidad de los pueblos indígenas por no creer en el Dios cristiano. Fueron presentados como bárbaros, inferiores e incompletos. Una vez que alguien deja de ser visto como plenamente humano, casi cualquier abuso puede justificarse: el despojo, el trabajo forzado, la esclavitud o incluso el genocidio.
Las mujeres fueron consideradas durante siglos demasiado emocionales o irracionales para participar en la vida pública. Aquellas ideas no eran simples opiniones de época: servían para justificar su exclusión de la educación, la propiedad, el voto y los espacios de decisión.
Más tarde se acusó a las personas homosexuales de amenazar a la familia y los valores tradicionales para negarles derechos básicos. Hoy vemos discursos que presentan a las personas migrantes como responsables de la inseguridad, la falta de vivienda o la precariedad económica. Cambian los protagonistas, pero el mecanismo es siempre el mismo.
Los discursos de odio convierten problemas complejos en explicaciones sencillas. Transforman frustraciones colectivas en resentimiento dirigido contra grupos concretos. Resulta más fácil culpar a las personas migrantes de la crisis de vivienda que hablar de especulación inmobiliaria. Más sencillo responsabilizar a minorías de la inseguridad que debatir sobre desigualdad o exclusión social. Más cómodo señalar a quienes huyen de la guerra que preguntarnos por las guerras de las que huyen.
Quizá por eso estos discursos resultan tan atractivos. Ofrecen respuestas inmediatas a preguntas difíciles y permiten dirigir la frustración hacia personas concretas en lugar de analizar las causas estructurales de los problemas. Pero conviene preguntarse quién se beneficia de fabricar tanto odio.
Como cualquier otra industria rentable, alguien obtiene beneficios de su actividad. Mientras el debate público gira alrededor de personas migrantes, minorías étnicas, personas LGTBIQ+, activistas o comunidades vulnerables, desaparecen de la conversación cuestiones mucho más incómodas: la concentración de riqueza, nuestro ecosistema en colapso, la crisis de vivienda, la precariedad laboral, o cuestiones más emergentes como el crecimiento desregularizada e imparable de la IA.
La historia demuestra que el odio rara vez surge de manera espontánea. Normalmente es promovido, amplificado y aprovechado por quienes encuentran en él una herramienta útil para acumular poder, movilizar apoyos o evitar debates profundos.
Lo preocupante es que estos discursos se presentan hoy bajo una etiqueta aparentemente noble: la libertad de expresión. Cada vez que alguien cuestiona un discurso racista, xenófobo, machista u homófobo aparece la misma respuesta: libertad de expresión. Es cierto que la libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia. Gracias a ella podemos criticar al poder, denunciar abusos y defender causas impopulares. Sin ella, muchos avances en derechos nunca habrían sido posibles.
Pero esta libertad no existe en un vacío. Convive con otros derechos igualmente fundamentales como la igualdad y la no discriminación. Como cualquier otro derecho, debe interpretarse en relación con los demás.
Quienes presentan los discursos de odio defienden la libertad de quienes señalan y excluyen, pero rara vez muestran la misma preocupación por los derechos de quienes sufren las consecuencias de esos discursos.
La paradoja es evidente. Muchos defensores de una supuesta libertad de expresión absoluta parecen preocuparse poco por la libertad, la igualdad o la participación de las personas que son objeto de campañas de odio. Defienden con entusiasmo el derecho a señalar a quienes tienen menos poder, pero guardan silencio cuando periodistas, organizaciones sociales o defensoras de derechos humanos son acosadas o amenazadas.
La libertad de expresión nació para proteger a la ciudadanía frente al poder. Resulta difícil no percibir cierta ironía cuando hoy se utiliza para justificar mensajes que buscan privar de voz, dignidad o participación precisamente a quienes tienen menos poder.
Por eso el problema de los discursos de odio no es que resulten ofensivos. El problema es que preparan el terreno para la exclusión. Antes de la discriminación aparecen los relatos que la justifican. Antes de la exclusión llegan los discursos que la normalizan.
Conviene recordar que esta fábrica lleva siglos funcionando con notable eficacia. Lo que ha cambiado son las herramientas y la velocidad de producción. Lo que sigue siendo igual es la materia prima: el miedo. Y el producto final: seres humanos convertidos en enemigos fabricados.
La respuesta pasa por la educación, el pensamiento crítico y la participación ciudadana. Frente a una maquinaria que produce enemigos, necesitamos una ciudadanía capaz de desmontar relatos simplistas y reconocer la complejidad de los problemas. Quizá no podamos cerrar todas las fábricas del odio de un día para otro, pero sí podemos dejar de consumir sus productos.
#EsHoraDeCooperar #ElkarlanerakoOrduaDa
Asociación Navarra Nuevo Futuro. Coordinadora de ONGD de Navarra