Osasuna sabía que tenía un examen difícil frente al Real Madrid, pero lo que no sabía era que una derrota podía ser sinónimo de notable, sobresaliente en algunas fases. Esta paradoja que casi solo ofrece el fútbol se produjo en La Cartuja, un escenario peculiar y poco cómodo para el evento –gran espacio para otros espectáculos, pero el fútbol requiere más cercanía– pero del que el equipo de Arrasate salió dignificado como grupo, como proyecto.

Con el técnico rojillo se han ido subiendo escalones y en la final de la Copa, aunque no se ascendió a lo más alto, sí se puede sentir que hubo casi cima. Notar la dignidad de los jugadores rojillos tiene música de un título.

La afición de Osasuna, con banderas y un careto gigante de Jagoba Arrasate, en La Cartuja.

Mediatizados por el gol marcando el crono 1.49 minutos, no cabía esperar que Osasuna iba a ser capaz de organizar una reacción con tanto empaque como para meter al Real Madrid en su campo y hacerle dudar a base de centros desde las bandas y llegadas, generar incomodidad. Los minutos de orgullo de la primera mitad y el inicio de ensueño en la reanudación, con gol del empate de por medio, terminaron por crear una imagen de Osasuna nueva, con un nivel de equipo muy elevado, alejado de algunos estereotipos facilones –el rocoso y tosco Osasuna que juega a balonazos– y que no responden a los cambios que se han venido produciendo en los últimos tiempos. Con Arrasate al frente del equipo se ha ido consolidando un proyecto que tiene ideas claras –hay presión alta, también se sabe esperar achicando el campo, con la pelota el equipo se siente muy cómodo, el juego interior sube de nivel, pero los carriles son inexcusables–, pero cada vez también mejores futbolistas, por adquisición o desarrollo dentro de la casa.

Jagoba Arrasate, entre lágrimas, aplaude a la grada rojilla. Oskar Montero

Fue interesante la jerarquía de Lucas Torró, con su gol pero con su presencia en el juego; como también el protagonismo de Aimar Oroz en espacios donde el Madrid empuja con sus poderosos jugadores –al canterano sí que le pegaron– y trincha la pelota con otros; la mano de Herrera ante Benzema en la primera parte vale como una final. La defensa estuvo correcta, Moncayola cumplió órdenes y se zampó el marrón de la noche, y quizás estuvieron un peldaño por debajo hombres como Moi Gómez y Abde, que tenían que haber dicho más para el desequilibrio. El compromiso de todos fue reconfortante y excepcional. La nueva etapa del osasunismo tira de manual y no es otra cosa que la reafirmación del espíritu de siempre. Aunque los tiempos cambian y los valores se vienen reorganizando en función del confort y los euros que se pongan encima de la mesa, ponerse la camiseta de Osasuna y mamar este estilo único de personalidad, unión y resistencia puede llegar a ser un atractivo para venir aquí.

Un aficionado, desolado, aplaude a Osasuna desde la Plaza del Castillo de Pamplona. Iban Aguinaga

La autosatisfacción no debería debilitar a Osasuna y, con contrario, sí convertirse en un buen punto de apoyo para realizar una reflexión crítica acerca de las mejoras que debe haber en el grupo, que poco a poco ha ido progresando y que con el presupuesto que se maneja y los recursos que tiene no tiene margen para mucho más –bien lo sabe Braulio, que se mueve en un terreno entre tiburones millonarios y delfines que piden mucho–. Al contrario, probablemente este curso exitoso y vistoso se va a traducir en alguna salida de algún futbolista.

En estos partidos contra los equipos grandes, es inevitable entrar en un juego de elucubraciones acerca de lo que hubiese pasado con algún futbolista del rival en las filas propias, si se hubiera dado un equilibrio de fuerzas con esas aportaciones de talento, si alguna oportunidad hubiese terminado en gol, si la dinámica del encuentro hubiera tomado otro camino, si tal o cual jugada con otro protagonista hubiese llevado a otras consecuencias... En este juego con la imaginación, Osasuna y la afición también se dan la mano porque está claro que si Vinicius hubiese sido rojillo para la ocasión, el árbitro le habría expulsado.

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Fotos de la final de Copa del Rey entre Real Madrid y Osasuna Oskar Montero / Javier Bergasa