El valor del compromiso
No será un equipo admirado por su fútbol; tampoco un dechado de rigor táctico; ni siquiera un ejemplo de fiabilidad; pero es difícil encontrar un grupo de futbolistas más comprometidos y solidarios que estos que ahora visten la camiseta roja. En una temporada enredada por la inexperiencia del entrenador, el papel de figurante adoptado en los partidos lejos de Pamplona, la incapacidad de larga duración para remontar un partido, el adelgazamiento de la plantilla…; con todo este lastre en las piernas, Osasuna consigue sobrevivir y ganar partidos como el de este sábado por el carácter de sus futbolistas.
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Es emocionante para cualquier seguidor de este equipo que una leyenda viva como Budimir haga un sobresfuerzo rebasado el minuto 80 para paralizar un ataque del Oviedo cuando sus dos goles le dejaban al margen de cualquier posible crítica o reparto de culpas ante un resultado adverso. Pero el croata (que consiguió su doblete número 18 en Primera división) se ganó una ovación extra por su trabajo en todo el campo y la tenacidad con la que conservó el balón asediado por tres contrincantes que le mordían los tobillos. Los mismos valores cabe atribuir a Víctor Muñoz; el extremo, antes de devolver las pulsaciones a Osasuna y su afición con un gol de desfibrilador, antes de provocar un impulso catártico en la puntuación, frenó un contragolpe en ventaja numérica del Oviedo con un sprint en dirección contraria de esos que en El Sadar se premian con aplausos y petición de oreja. Y por añadir un tercer ejemplo, Rubén García, ejecutor y verdugo de las jugadas a balón parado, capitán por rango y méritos de guerra, cruza en los últimos minutos el campo de una banda a otra con la pelota pegada a las botas para restar segundos a los 7 minutos de añadido y poder sumar así tres puntos que estuvieron en litigio toda la tarde.
Por que este sábado no hubo espacio para preguntarnos una vez más ‘¿a qué juega Osasuna?’, dilema que sospecho tampoco vamos a descifrar de aquí a mayo; no cabía interrogarse sobre ese propósito del entrenador porque, a la vista de todos, los rojos jugaron a ganar. Eso sí, saltándose todos los convencionalismos, buscando un salvavidas mientras chapoteaba en la desorganización, cayendo en acciones individualistas, perdiendo el balón en zonas de máximo peligro, sufriendo una expulsión por no poner a enfriar la cabeza y ralentizar el ímpetu del pie, en resumen, jugando toda la segunda parte cara o cruz. Con esa predisposición sacó adelante Osasuna un compromiso que, en ese alocado ida y vuelta, también pudo caer del lado carballón, lo que concede todavía más mérito a la victoria.
Este tipo de comentarios no dejan bien parado al entrenador porque ponen en evidencia su pérdida de control sobre lo que sucede en el campo, aunque esa anarquía ayer le salvó el tipo, además de la cabeza de Budimir y el oportunismo de Víctor Muñoz. Ahora bien, si como manifestó el viernes lo importante era ganar como fuera, puede apuntarse en adelante a esa estrategia porque, de momento, Osasuna no está para exquisiteces. Pero eso no conduce al éxito a largo plazo y juegas con el riesgo de una decisión arbitral que no ve penalti en el brazo abierto de Boyomo que interfiere en el vuelo del balón o juzga que Budimir ha rematado a gol con el antebrazo sin contemplar que el rival que le defiende le desequilibra antes sujetándole por el hombro.
Almada, entrenador del Oviedo, venía a jugar “una final” y cumplió con el pronóstico. Así se tomó también el partido Osasuna y así fue el contexto hasta el último minuto. No habrá sido, ya digo, el partido más espléndido del campeonato, pero exaltó la figura de los futbolistas (también los visitantes) comprometidos con un equipo y una afición. Ya lo quisieran otros.
