Entre la pena y la esperanza
No ganar un partido en casa siempre es algo que deja un sabor de boca extraño, malo. Pero el encuentro de Osasunadeja detalles, y no pocos, para la esperanza en el futuro. Y el equipo ahora comienza a parecerse por momentos a lo que se esperaba cuando fichó Lisci por el club rojillo.
Pero vayamos por partes. Porque antes de hablar de fútbol, hay que hablar de lo que no lo es. De Burgos Bengoetxea volvió a El Sadar y volvió a dejar esa sensación amarga de que aquí siempre toca bailar con la más fea. Penalti inexistente en el primer cuarto de hora, de esos que te hacen preguntarte si estamos viendo el mismo partido. El Villarreal ni había pisado el área de Osasuna y ya se iba por delante en el marcador. 0-1. Así, de la nada, con un regalo envuelto en polémica que huele a injusticia y que condiciona todo lo que viene después.
Y lo que vino después fue un Osasuna gigante. Porque hay que tener carácter para encajar un mamporro así y no hundirse. Al contrario, el equipo se creció, apretó los dientes y salió a comerse el campo. La primera parte fue un festival rojillo, de esos que te hacen levantarte del asiento. Presión alta, balón recuperado, fútbol vertical. Y en medio de todo, Víctor Muñoz.
Qué partidazo el del centrocampista. Con esa elegancia suya para aparecer donde hace falta, para dar el pase que rompe líneas, para poner orden cuando todo es un caos. Víctor fue el cerebro y el alma de un Osasuna que mereció irse al descanso por delante en el marcador. Y lo consiguió. Remontó. Le dio la vuelta al partido con fútbol, con orgullo, con esa garra que nunca falta en casa. Y con Budimir para sumar otra diana más.
Y Osasuna se quedó con la miel en los labios. Con la rabia de saber que mereció más. Con la frustración de haber mostrado su mejor versión en la primera parte y la más vulnerable en la segunda. Con la certeza de que el arbitraje condicionó desde el minuto quince, pero también con la obligación de reconocer que faltó un punto de colmillo para llevarse los tres puntos.
Claro que duele quedarse con un punto cuando merecías tres. Claro que frustra no saber cerrar lo que empiezas tan bien. Pero hay una lectura que no se puede pasar por alto: son ya tres partidos sin perder. Tres jornadas en las que Osasuna ha demostrado que está en crecimiento, que va encontrando su sitio, su forma, su carácter. Este equipo ya no se hunde ante la adversidad, ya no regala partidos como hace unas semanas. Está aprendiendo, madurando, y eso se nota.
Falta el último paso, ese punto de malicia que solo dan los partidos y la experiencia. Pero el camino está ahí, marcado, visible. Y si Osasuna sigue creciendo como lo está haciendo, si mantiene esta solidez y le suma ese punch que todavía le falta, los tres puntos llegarán. Pronto. Porque este equipo empieza a parecer un equipo de verdad.
