Hay empates que se celebran como gestas y otros, como el de ayer ante el Real Betis, que dejan un poso agridulce para el aficionado de Osasuna. Agrio, evidentemente, porque no se consiguió la victoria y las opciones europeas cada vez están más complicadas. Pero dulce porque nadie puede negar que el equipo de Lisci intentó hasta la extenuación ganar a un equipo que pelea por Champions y que en Pamplona fue totalmente superado por los rojillos.

El fútbol, en su versión más caprichosa, decidió que el despliegue físico y táctico de los rojillos no tuviera el reflejo merecido en el luminoso. Osasuna propuso, desbordó por bandas y percutió por el centro. Se vio a un equipo con alma, de esos que muerden y luego preguntan. Sin embargo, cuando perdonas ante rivales de la entidad del Betis, el riesgo de que una moneda al aire salga cruz es demasiado alto.

Y más cuando Abde, en el minuto 9 de partido, rompió la racha de Osasuna que duraba toda la liga sin encajar goles en los primeros quince minutos. El ex de Osasuna, bastante más respetuoso que algún compañero suyo en el Betis con el mismo pasado, puso el partido cuesta arriba pero no cambió el plan ni mucho menos.

El gol, como no podía ser de otra manera, llevó la firma de Ante Budimir. El croata volvió a demostrar que su idilio con el templo navarro no tiene fecha de caducidad. El croata aprovechó un penalti que cometió el Betis sobre Jorge Herrando en una de esas acciones que seguro que a los Indios de Alzate no les pitaban.

Con este tanto, Budimir sigue agrandando su leyenda en Osasuna, escalando peldaños en ese olimpo de goleadores que han forjado el carácter indomable de esta institución. Es el faro, el argumento sólido al que agarrarse y la prueba viviente de que, con él en el campo, siempre hay esperanza de algo grande.

A pesar de la rabia que genera ver volar dos puntos de Pamplona, la lectura debe ser necesariamente optimista. Hacía tiempo que no se veía a un Osasuna tan dominador ante un rival de la zona noble.

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Fotos del homenaje de Osasuna a la plantilla del ascenso a Primera en 1980 Oskar Montero

Duele el resultado, sí. Da pena que el esfuerzo titánico no se tradujera en los tres puntos que la justicia deportiva reclamaba a gritos. Pero si este es el camino, si este es el nivel de compromiso y juego que Osasuna va a exhibir de aquí al final de curso, hay motivos de sobra para estar ilusionados, aunque el camino esté complicado. El descenso, que es otro tema, está a siete puntos. Algo más cerca está la pelea por Europa (de hecho depende de cuántos vayan, está aún más cerca), pero de las próximas fechas dependerá por dónde acaba peleando Osasuna. Pero peleando así, seguro que será emocionante.