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La prórroga

Menos pizarrismo y más pasión

Tengo para mí que al futbolista le gusta actuar menos encorsetado: vivir la épica que también regala este juego a sus protagonistas

Raúl García celebra su sexto gol en la actual LigaPatxi Cascante / Oskar Montero

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Entiendo que Lisci quiera dejar su sello en Osasuna: lo que no sé si tiene claro cuál es el juego más acorde a sus futbolistas y al gusto de la afición. Y no le demos más vueltas, aquí lo que entusiasma es el ritmo de esa media hora final (con los nueve minutos de prolongación), ese ir y venir de la pelota y de las camisetas rojas, llegar en tres pases al área del rival, tomar conciencia de que nada es imposible, sobre todo a cobijo e impulso de El Sadar. Menos pizarrismo y más pasión.

Igual es un acto de modestia para un entrenador el asumir que se puede jugar a fútbol y salir adelante sosteniéndose en tres reglas básicas, no arrinconar la improvisación en aras de la mecanización, reconocer que lo que sirve para el Barcelona, el PSG o el City, aunque sea el último grito y lo que se lleva ahora, para Osasuna debe ser solo un recurso, una herramienta para momentos concretos, no el fundamento primigenio del equipo. Ayer se escucharon silbidos de reprobación para los jugadores cuando aburrían la posesión de balón sin cruzar a territorio rival: hasta 16 pases insustanciales llegué a contar a la altura del minuto 49 en terreno rojillo. Parecía que la mala experiencia de San Mamés no hubiera servido para nada; que el entrenador y los jugadores no se habían creído que tienen opciones para luchar por volver a Europa, y que la cantinela de la permanencia es el miedo a afrontar retos mayores. El Osasuna conformista. Pues no vale: ahora tienen 42 puntos y están a solo dos del sexto puesto en la clasificación. Hay que intentarlo. Ya hablaremos a final de temporada de comparaciones de presupuestos entre los clubes y su desempeño, de inversión en futbolistas, de lesiones o de errores arbitrales, siempre desde la óptica de saber quiénes somos y con quién competimos.

Porque, ya digo, no se puede ocultar que desde el regreso a Primera en 2019, Osasuna es equipo de mitad de la tabla y siempre más cerca de la zona noble que del sótano; viene ocurriendo así con unos entrenadores o con otros, con una plantilla que mejora temporada a temporada pese a bajas sensibles en un mercado sobredimensionado y en el que hemos visto, a raíz de la reciente auditoría en el club que ha salido a la luz, que los agentes de futbolistas cobran como si los goles de Budimir y Catena los marcaran ellos (no los marcan pero son los propietarios…). Que Osasuna esté en la posición deportiva en la que está tampoco es casualidad porque, a pesar de su discurso cauto, Braulio Vázquez ficha para mejorar año tras año. gastando en ocasiones un buen dinero. Así que no nos hagamos trampas al solitario.

Ahora lo que hay que determinar es cómo va a intentar llegar Osasuna a Europa: si con el juego de pases interminables y posesiones huecas, o con ese fútbol, el de toda la vida, que le llevó ayer a la remontada, a la celebración y al reto. Tengo para mí que al futbolista le gusta actuar menos encorsetado, la disputa en campo contrario, vivir la épica que también regala este juego a sus protagonistas. Claro que no siempre llega el final feliz, pero creo que ayer, desde el momento que Raúl García empató el encuentro, el osasunismo sabía lo que iba a pasar. Porque, cuando se intenta con tanto ardor, pasa. Moi Gómez hizo volar a la pelota como un planeta que gira alrededor de ese sol que es la portero y Catena llegó, arrollador, para sacarla de la órbita y superar a un Vlachodimos que había realizado intervenciones de valor gol, como se dice ahora.

Eso de que marque un central en el último minuto también tiene su mística en Osasuna porque simboliza el juego en equipo, de compromiso y puesta en común. El fútbol que nos gusta.