León Iriarte Erburu 'Zarandaja', líder de los mercenarios "peseteros"
Luchó contra los franceses a las órdenes de Espoz y Mina, y contra los carlistas de Zumalacárregui. Acaudilló a los amotinados que mataron al general Sarsfield, y fue fusilado por “querer proclamar la independencia de Navarra”
Guerra contra Napoleón
Desconocemos prácticamente todo sobre León Iriarte antes de la guerra napoleónica. Sabemos que había nacido en Iruñea, y que era de orígenes humildes. Tuvo, de hecho, un hermano llamado Miguel Iriarte, alias “Malacría”, que era sepulturero en Pamplona. Lo cita nada menos que el general Espoz y Mina en sus memorias, cuando relata que, en plena guerra, sacaba de la ciudad fusiles para los guerrilleros, ocultos en ataúdes. Al ser descubierto por los franceses huyó de la ciudad, pero fue apresado y ahorcado, después de que se negase a delatar a sus compañeros. Espoz y Mina alaba también la valentía de su hermano León Iriarte, afirmando que era “endeble de figura, pero hombre de singular sangre fría”, y añadiendo que “por sus brillantes hazañas llegó desde soldado raso hasta capitán de caballería en aquella guerra”. La fidelidad de León Iriarte a Espoz y Mina y a sus ideas fue mucho más allá de la Francesada, y así, sabemos también que estuvo preso entre los años 1816 y 1820, que participó en los desórdenes acaecidos durante el Trienio Liberal de 1820-1823, que se exilió en 1823, y que siguió a Espoz en su intentona golpista de octubre de 1830.
Guerra Carlista
Con estos antecedentes, no sorprende que, con el inicio de la Guerra Carlista de 1833-1840, León Iriarte se enrolara en el bando liberal, convirtiéndose en mortal enemigo de Zumalacárregui y sus carlistas. En una guerra donde las atrocidades fueron constantes, sabemos que Iriarte, al que apodaban “Zarandaja” (o “Charandaja”), acuchilló en Cemboráin a una partida de voluntarios carlistas mientras dormían, que fue el autor del incendio de Lekaroz, del que tan solo se salvaron tres casas, y que recorría los valles cercanos a Pamplona, Unciti, Ibargoiti, Lónguida y Valdorba, que conocía perfectamente de sus tiempos de guerrillero, saqueando cuanto encontraba a su paso.
Gracias a sus méritos, León Iriarte Erburu se convirtió en coronel del cuerpo de Tiradores y Flanqueadores de Isabel, también conocidos como “Batallones Francos” de los liberales, compuestos por unos 1.500 soldados propios de la tierra, muchos de ellos de Pamplona, enrolados al modo de mercenarios a sueldo, por lo que los carlistas, con desprecio, los apodaban “peseteros”. Según parece, estos “peseteros” eran reclutados entre lo que en la terminología clasista de la época se califica como “clases bajas”, no faltando los testimonios que se refieren a ellos como “gentes sin opinión, la mayor parte antiguos contrabandistas y ladrones de caminos”, “la hez del pueblo” y “gentes sin entrañas”. Lo que sí queda claro es que, por ser gentes de la tierra, conocían la zona como los propios carlistas, de quienes eran los más tenaces y duros enemigos, y que luchaban hasta el final porque sabían que, de ser apresados, no habría piedad hacia ellos.
Asesinato del virrey Sarsfield
El verano de 1837, cuarto año de guerra, no fue fácil para el bando liberal gubernamental. Al malestar por la marcha del conflicto se unía la indisciplina provocada por el retraso en las pagas a los soldados, y los motines y protestas se sucedían. El 25 de agosto los batallones de “peseteros”, acampados en Zizur, se sublevaron y se presentaron en Pamplona, mandados por León Iriarte. Forzando la entrada por el Portal Nuevo, irrumpieron en las calles de la capital y tomaron el Ayuntamiento, donde convocaron a autoridades, comerciantes y banqueros para plantearles sus exigencias. En medio del tumulto, el general liberal Sarsfield, que había ostentado el cargo de virrey, es sorprendido cuando marcha a caballo por la calle Nueva, camino de su domicilio en la calle Ciudadela. Acosado por los “peseteros”, el general gaditano retrocede por Zapatería y Pozo Blanco, confiando en que la Milicia Nacional, que se estaba congregando en la plaza del Castillo, le auxiliara. Pero todo fue inútil. Muerto su caballo de un pistoletazo, se refugió en un edificio de la plaza, cerca de casa Baleztena, y fue alcanzado y cosido a bayonetazos mientras subía por las escaleras. Luego, su cuerpo fue arrastrado hasta el centro de la plaza, donde lo desnudaron y lo abandonaron durante varias horas.
Muerte de León Iriarte
La rebelión de agosto de 1837 se enfrió con la misma rapidez que se había desatado, y poco después llegó la represión y la venganza gubernamental, de manos del mismísimo general Espartero. Se disolvió el cuerpo de Tiradores, y los soldados del batallón fueron destinados (deportados, más bien) a Ceuta. Ocho sargentos fueron condenados a muerte, aunque cuatro de ellos consiguieron huir, y el resto fueron diezmados, es decir que se fusiló a uno de cada diez, por sorteo. En cuanto a sus jefes, se ejecutó al comandante Pablo Barricart, un veterano nacido en Bidankoze (Roncal), y se condenó igualmente a muerte al coronel del batallón, el pamplonés León Iriarte, bajo la acusación, entre otras cosas, de haber conspirado para conseguir la independencia de Navarra. Las ejecuciones se verificaron el 16 de noviembre de 1837, a las 14’00 horas, en la Ciudadela de Pamplona, con los once batallones de la guarnición formados y observando. Según se dijo, León Iriarte llegó sonriente ante el pelotón de fusilamiento, gritó que era inocente y murió valientemente, sentado en una silla.
¿Conspiración independentista?
En principio, no parece que quien militaba en el centralizador bando liberal debiera tener una especial propensión a proclamar la independencia del viejo reino. Ello parece más propio del bando carlista, de carácter popular y defensor de los Fueros y las tradiciones locales. Seguramente por ello no han faltado quienes, desconociendo los pormenores de la rebelión, argumentaron que esa supuesta conspiración para recuperar la independencia de Navarra no era sino una “ensoñación nacionalista” moderna. Jaime Del Burgo llegó a asegurar que la teoría se basaba únicamente en que en el documento firmado por los sublevados figuraba la palabra “independiente”, referida a una cuestión puramente administrativa, de pago de tropas. Pero esta explicación parece bastante más absurda que el supuesto complot independentista.
Lo cierto es que la acusación de perseguir la independencia del viejo reino aparece citada de manera expresa en el Consejo de Guerra de Iriarte y Barricart, y en la sentencia de muerte firmada por Espartero, que tengo delante a la hora de escribir estas líneas. Respecto a Iriarte, se dice que lideraba “la conspiración que tenía por objeto la independencia de Navarra, cuyo documento confesó él mismo haber firmado”. En cuanto a Pablo Barricart, sentencia que “fue el primero que firmó la relación de su batallón de los que se comprometieron a proclamar la independencia de Navarra”. Quedan, pues, pocas dudas al respecto. A todo esto habría que añadir varias cosas. En primer lugar hay que señalar que Iriarte era todo un coronel del ejército, con larga hoja de servicios, y no parece el tipo de persona que se subleva contra el Estado por el calentón de un retraso en las pagas. Por otro lado, dada la gravedad de los delitos (traición, rebelión armada en tiempo de guerra, y asesinato alevoso del teniente general Pedro Sarsfield), la pena de muerte estaba ya más que justificada. Dicho de otro modo, Espartero y el propio gobierno no tenían por qué inventarse un complot independentista para justificar los fusilamientos.
Carecemos de datos para llegar a una conclusión definitiva. En cualquier caso, más allá de las ideas que motivaran a Iriarte, lo fundamental, lo realmente importante, es que en pleno siglo XIX, el fantasma de una posible independencia de Navarra seguía vivo y causaba temor. Así había ocurrido durante todo el siglo XVI, y también en 1648, cuando la supuesta conspiración del diputado navarro Miguel Iturbide, víctima de asesinato de Estado en Madrid. Y ya conocemos las aspiraciones soberanistas que, según numerosos historiadores, se aglutinaron en torno a las figuras de los generales carlistas Tomás Zumalacárregui y Joaquín Elío. Y es que, pese a quien pese, la cabra tira al monte. Siempre.
