El bar Garazi, desde su apertura en 1985, se ha consolidado como una parada obligatoria en la noche de muchos pamploneses. Marisa Marco Antón, que ha dirigido el local desde los 25 hasta los 66 años, cuenta que la idea de convertir el número 36 de la calle Calderería en el mítico local de la actualidad surgió de la necesidad de traer “marcha” a Iruña.

La expropietaria del bar –que ya tiene nuevos dueños, Rubén Marañón y Álvaro Navarro– explica que, mientras vivía en Zaragoza, se dio cuenta de que en la capital aragonesa había “un marchón”, pero en Pamplona la fiesta se limitaba a los Sanfermines. Así, en marzo del 85, seis socios se unieron para adquirir la bajera y comenzar a dar forma al Garazi, que debe su nombre a la protagonista del filme Akelarre.

A la hora de adjudicar un lugar del Casco Viejo para el local, el dado cayó en la calle Calderería, pero en la de los años ochenta. “Lo peor fue el comienzo. Fuimos a parar a esta calle, que por aquel entonces estaba llena de putas, yonkis, heroína, policía... Todo junto”, recuerda. Al principio, admite, “estaba acojonada. Me preguntaban a ver si tenía miedo y yo les decía que algún día me darían una paliza”.

Por suerte, Iruña cambió y esa paliza jamas llegó, también gracias a que Marisa siempre ha sabido poner límites y tratar con la gente. “Hay que entender que cuando bebes, se te puede caer un vaso o algo del estilo. Lo que no puedes pretender es emborrachar a la gente y que se comporte como en misa”, bromea.

De hecho, la hostelera considera que detrás de la barra ella ha recibido, precisamente, mucha educación: “Nos piden una caña a las cuatro de la mañana ‘por favor’, y no a gritos, como sería normal a esas horas, porque la gente da lo que recibe”. Ahora, Marisa comparte incluso viajes y salidas con clientes. “Siempre lo he pensado, son especiales”, reconoce. 

Un templo musical

Las canciones que sonaban en el Garazi durante sus primeros años “eran diferentes a todo lo que había”. El local contaba con un archivo digno de coleccionista: una variedad de 6.000 CD que garantizaban satisfacer los gustos musicales de todo el que entrara por la puerta. “Comprábamos todas las novedades. Cuando llegó el grunge –Nirvana, Pearl Jam...– lo trajimos, y así con todo”, recuerda Marisa orgullosa de su hermano, a quien le atribuye este don de acertar con cada disco. “Él era la persona que más sabía de música en todo Iruña”, admite.

Cuando la fiesta se desmadraba, los clientes se resguardaban al fondo del bar, bajo unos círculos de neón, para bailar, “que es a lo que venían”. Al llegar la moda de The Chemical Brothers, The Prodigy e incluso Guns N’ Roses, a Marisa no paraban de insistirle que quitara esas “tonterías”, pero ella defendía que “todo era bailable”.

La clientela del Garazi no ha perdido las ganas de moverse y por eso, en los últimos años, la plantilla se ha ido ablandando y ha cedido a las demandas de los más jóvenes, aunque Marisa mantiene que por el aro de la “pachanga cutre” no quiere pasar. Ahora, la hostelera prepara una fiesta de despedida para el 1 de febrero, probablemente con charanga incluida, que espera que sea “tan épica como lo fue la inauguración”.

Hogar de conciertos 

La pasión del Garazi por la música también ha quedado retratada a través de los múltiples conciertos que ha acogido a lo largo de su historia. Tras estrenarse con Malos Tratos, el establecimiento adquirió la costumbre de, cada viernes, invitar a un grupo para que actuase.

De hecho, la presentación de No Hay Tregua, el emblemático tema de Barricada, tuvo lugar en este local de Calderería, en 1986. “Estábamos de panda en las piscinas de Aranzadi, les dije que vinieran a tocar y aparecieron allí casi sin avisar. La gente no se lo creía”, recuerda. 

Mientras, los domingos estaban dedicados a jam sessions de rock, flamenco o cualquier género que se les pasara por la cabeza; y los martes, al jazz. Generalmente, era Subsuelo el establecimiento que acogía a este último género, “pero como los músicos tocaban allí y venían aquí a beber, me dijeron que empezara yo a organizar los conciertos y así lo hice”, detalla la antigua dueña. 

Cuarenta años después –tal y como ella había planeado–, Marisa cambia la barra por los viajes y los conciertos, aunque reconoce haber sabido escabullirse de la esclavitud de la hostelería. Entre tanto, las riendas de uno de los locales más míticos de Calderería quedan en manos jóvenes que, según predice Marisa, “mantendrán la esencia rockera del Garazi”.