En el salón de un piso de la calle Mayor de Pamplona se reúne cada día una decena de personas de religiones, culturas y nacionalidades muy distintas, pero con objetivos comunes: formarse y encontrar un futuro. Estas clases en las que aprenden a hablar y escribir en castellano, a aprobar los exámenes de nacionalidad o a gestionar sus trámites jurídicos son una pequeña parte de toda la misión de Itaka-Escolapios, una fundación que ayer cumplió 25 años de historia y que cuenta ya con 22 países y unas 34.000 personas participantes en todo el mundo.
Según cuenta María Ansó, coordinadora de la sede de Pamplona, “todas nuestras iniciativas giran en torno a la educación. Es decir, en los hogares de acogida, por ejemplo, les hacemos saber a los participantes que ellos están aquí porque queremos que estudien y tengan un futuro”. La situación de estas personas que forman parte de los programas de Itaka es “cada vez más complicada”, dice. “Aunque algunos tienen vidas más estructuradas, otros están en riesgo de desahucio, viven en la calle o comparten una habitación con su familia y con varias maletas donde tienen metida toda su vida y que ocupan la mitad del espacio que tienen para vivir”, revela la coordinadora.
Las formaciones, además de ayudarles a integrarse y a encontrar un empleo, resultan “un lugar seguro para ellos donde pueden sentirse parte de algo, crear una red y estar lejos del odio y los prejuicios”. Por ejemplo, hace un tiempo, una mujer de origen extranjero bromeaba con Ansó sobre dar unas clases de cocina típica de su país. “Me decía que si le dábamos una cocina nos enseñaría a cocinar y, al final, una peña nos dejó su local y ella pudo explicarnos sus recetas en una iniciativa que permitió a una mujer migrante y ama de casa estar, por primera vez, al frente de algo”, relata.
La Misión en cifras
En total, la red navarra de Itaka-Escolapios atiende a unas 600 personas; 460 en Pamplona (300 adultas y 160 menores) y 140 en Tafalla (70 adultas y 70 menores). Para sostener la misión de ambas sedes participan, cada año, 130 personas voluntarias. Al mismo tiempo, la fundación cuenta con la escuela de monitorado Lurberri, donde se ofrecen cursos de monitores de tiempo libre. Mientras, a los grupos de Movimiento Calasanz de Pamplona están adscritos 480 menores y jóvenes y 75 voluntarios.
Pero la labor de Itaka se extiende mucho más allá. Durante el curso 2023-2024, en el Estado, el proyecto acompañó a cerca de 800 personas en su desarrollo laboral, personal y social. Asimismo, la entidad gestionó 23 centros educativos que brindaron atención a unos 11.900 menores en países como Bolivia, Camerún, Mozambique o la República Democrática del Congo, e impulsó la educación en valores de 70 centros en lugares como Benín, Burkina Faso, Costa de Marfil, Filipinas y muchos más.
Igualmente, administró cuatro comedores escolares en Venezuela y cinco en Camerún que aseguraron una alimentación equilibrada a unos 2.550 niños y niñas, y brindó alojamiento y apoyo a cerca de 800 personas en distintos lugares del mundo.
Alfabetización e idiomas
Para formar parte de una sociedad y poder aspirar a una vida más digna es necesario que las personas migrantes conozcan el idioma. En los proyectos 2024-2023, Itaka ofreció más de 50 cursos de alfabetización para unas 660 personas. En este sentido, añade Ansó, “es muy complicado enseñar a leer y escribir en castellano a personas que no saben hacerlo en su lengua materna”, pero, al mismo tiempo, “es fundamental para que puedan obtener un trabajo o gestionar sus propios trámites burocráticos”.
En ocasiones, los voluntarios se topan con barreras lingüísticas complicadas de atravesar. “Hace poco vino un joven que solo hablaba mandinká, una lengua de la República Democrática del Congo que no éramos capaces de traducir”. En estos casos, suele ser alguno de los participantes quien se encarga de hacer de intérprete de su compañero –“de ahí que digamos participantes y no usuarios, porque ellos también colaboran”, apunta Ansó–, pero “esta vez no había nadie que lo tradujera”. La misión de Itaka es fundamental porque “si nuestra vida se desmoronase, tendríamos privilegios como el idioma o una red de familiares y amigos que nos sostendría, pero la mayoría de ellos ni siquiera pueden comunicarse aquí”.