Hola personas, ¿cómo van las cositas? Yo mejor, pero muy poco a poco. Hoy vengo con una buena noticia: este ERP que aquí comienza es el último del invierno, de este suave invierno que hemos pasado sin pena ni gloria, sin una gran nevada que recordar a lo largo del tiempo, como aquella enorme de 1987 que dejó un metro de nieve en toda la ciudad y que tardó lo suyo en irse; sin una semana de fríos siberianos, como aquellos que congelaban el estanque de los caídos que nos permitía patinar a la chavalería del barrio sobre su helada superficie.

Esto quiere decir que la primavera ya está aquí, con sus flores, su perfume a naturaleza viva, sus tardes de sol y paseo y la escalera sanferminera que vamos subiendo peldaño a peldaño, ya van 3, y que nos acerca a lo que ya empezamos a tener todos en la cabeza. Bien, hecha esta previa, vamos a ver que tenemos por aquí para este domingo día de San Raimundo, fundador de la Orden de Calatrava.

La semana ha sido muy completa, servidor ha vuelto a recobrar la movilidad, aunque sea a pedaladas -los andares aún no han vuelto, y, de momento, no sé ni si se les espera-, lo cual me ha permitido volver a las calles y en el terreno cultural ha habido cosas interesantes que también veremos. Como digo la semana ha dado para mucho.

El lunes en la Casa de la Juventud, ese bonito edificio, gran obra de Estanis de la Quadra-Salcedo, que se levantó a final de la década de los 60 por iniciativa del Frente de Juventudes, o la OJE o como se llamase, los de la falange, los profesores de F.E.N. y de gimnasia. Por ahí suelo ver a Carmelo Vizcaino, antiguo profesor mío, con su buen porte y su salud de hierro y a quién mando desde aquí un cordial saludo.

Bien, como digo, el lunes en ese escenario, nuestro amigo, conciudadano, investigador de la arqueología industrial de Navarra y de todo lo que sea tocante a Pamplona, pasado, presente y futuro, y compañero ocasional en las páginas de este rotativo, Víctor Manuel Egía Astibia nos dio una interesantísima charla sobre la historia del paseo de Sarasate, antes de Valencia. Nos habló de cómo eran esos terrenos en siglos pasados, que eran parte de la Taconera, con un bosque que se extendía por todo el actual paseo.

El bosque empezó a ser talado y en su lugar se empezaron a levantar edificios dotacionales a partir del siglo XVIII con la instalación de la Misericordia, 1706, creada por el ayuntamiento para recoger a “los mendigos y pordioseros que, vagabundeando de puerta en puerta, no viven cristianamente, la mayor parte de ellos por desconocer nuestra doctrina cristiana y los artículos de nuestra santa fe”, manda huevos; el Vínculo, 1764, que regulaba todo el pan y el trigo que se manejaba en la ciudad; el Mesón de los carros o parador general, 1739, luego fonda Otermin, después fonda Europa, alojamiento de Sarasate cuando venía a San Fermín, antes de ir a La Perla, y desde uno de cuyos balcones ofreció un mini concierto a sus ciudadanos acompañado, nada más y nada menos que del gran tenor roncalés Julián Gayarre, casi nada, y que más tarde, fue colegio de los escolapios.

La casa de los pastores, modesta casucha donde dormían los pastores apartados del resto porque decían que olían a establo; la alhóndiga municipal, 1850, a donde llegaban todos los carros y sus mercancías, luego Banco de España; y la casa de baños, levantada con las piedras que salieron en la demolición de la torre de San Lorenzo, cuando le rebajaron la mitad de su altura por los daños que desde la Taconera le causó el General O´Donnell, padre del guapo y famoso Leopoldo; ocupaban la actual acera de los números impares.

Cerraba el espacio, por arriba, la tapia del convento del Carmen. Los actuales números pares eran las traseras de las casas de Indatxikía, en una de ellas tenía su despacho el célebre gestor, notario eclesiástico y procurador de todo ante los temidos funcionarios de la diputación D. Prudencio Valencia (Bargota 1825). Los aldeanos venían a hacer sus gestiones legales con él y decían: voy donde Valencia, y de ahí le quedó su antiguo nombre que le duró media centuria, de 1853 a 1903 en que se le dio el nombre del internacional violinista hijo de la Población de San Nicolás. Es curioso que muchos, muchísimos, diría yo, seguimos llamando con el levantino apellido de D. Prudencio al paseo de Sarasate. Esto y muchas cosas más nos contó Víctor en una charla de dos horas que pasaron volando.

El martes, acompañado de mis amigos J.E.V. y P.G.T., tuve la suerte de ir a Estella, siempre es una suerte ir a esa ciudad, y fue suerte doble porque íbamos al palacio de los Reyes de Navarra, principal edificio románico civil de nuestra comunidad, a la inauguración de la exposición de Pedro Salaverri, “Viaje a Estella”, en la que, el colorista pintor, nos muestra una selección de cuadros en los que la temática común es Tierra Estella, desde las faldas del Perdón, con una bonita vista de Uterga, Eunate o Puente la Reina, hasta el límite con Alava y la Rioja con imágenes de Mendaza, Espronceda o Sansol.

La obra que presenta Pedro es Salaverri en vena, colores planos que consiguen formar una imagen con volumen, esa es la gran magia de este pintor, sus colores no tienen textura, ni una luz, ni una sombra, son color puro, sin más y con ellos y sus tonos, saturaciones, veladuras, e intensidades, la obra consigue profundidad y volumen. Como él mismo dice en su catálogo, “Lo que veía andando lo he llevado a mis cuadros, no de una manera mecánica, documental o fotográfica, porque ese no era mi interés, sino filtrando y reelaborando lo visto y proponiendo a partir de ello otra realidad”. Al salir no nos fuimos de visita cultural, a esa hora de la mañana aprieta la gusa y nos sentamos en una terraza junto al río donde dimos cuenta de un rico surtido de pinchos y tentempiés.

El jueves era la fecha que vencía la prohibición médica de montarme en mi velocípedo, y no tarde nada en quitarle el polvo que le ha caído este mes de quietud y salí a recorrer la ciudad con auténtico mono de ella. Me fui a lo viejo a empaparme de piedras. Pasé la pasarela del millón de dólares y entré en la plaza de Santa María la Real, quedándome un rato a ver el palacio arzobispal, que estaba bañado por un rabioso sol de primera mañana, y que me dejó claro que el barroco pide sol, lo potencia, lo ensalza.

Subí a la Ronda del obispo Arnaldo de Barbazán y la fui pedaleando despacio, saboreando, llegué a la torre anterior al ábside de la Barbazana y vi que la famosa puerta que encontraron y que decían que era la puerta de los capellanes, la han vuelto a enterrar. Por algo será. Yo diría que era una poterna, una puerta de escape en la muralla y con altura suficiente como para entrar y salir a caballo. Y hasta aquí tengo sitio, la semana que viene sigo con Carlos III y su vida.

Me gustaría tomarme una caña con él. Besos pa tos.

*Facebook : Patricio Martínez de Udobro

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