De diosas, molinos y Ansoain Viejo
Hola personas. Estaban dando las 11 en el reloj de San Lorenzo cuando mi bici y yo entrabamos en la Taconera pasando por debajo del portal de San Nicolás, esas piedras centenarias bajo las cuales pasaron durante siglos carros, caballos, vacas, diligencias, soldados amigos, soldados enemigos, señores, sirvientes, curas, niños y muchos, muchos pamploneses de a pie que enfilaban su camino hacia el sur. Al entrar en el Salón central de nuestro parque Rey, entre setos, pinos y palmeras, vi a mi izquierda a la popularmente llamada Mariblanca, la diosa de la abundancia. Me acerqué a ella y entonces recordé que el ERP del 23 de febrero terminó con un “continuará” que no continuó y esa continuación era para describir la figura de esta diosa. Sus avatares, sus localizaciones, y demás tejemanejes que rodean su existencia, son de sobra conocidos, hoy vamos a ver la figura en profundidad.
Realizada el año de 1788 en piedra blanca, quizá de la cantera de Olza, por Luis de San Martín, no confundir con Julián, coetáneo y compañero de trabajo en la fachada de la Catedral, es de tamaño considerable, dos metros y pico, y viste una elegante toga. Tiene un atributo muy propio de la diosa a la que representa: el famoso cuerno de la abundancia de donde manan frutas, hortalizas y cereales, sinónimos de riqueza. El cuerno aparece por delante de un escudo que representa al sol y descarga su rico tesoro a los pies de ella. En la parte trasera se ve la otra mitad del cuerno que, por su superficie rugosa y su forma curvada, se diría que es un cuerno de macho cabrío. Todo esto lo vemos en su lado derecho, a su izquierda protege maternalmente con su mano la figura de un niño que le mira extasiado. Una cosa me extrañó y es que, tratándose de una figura mitológica, el niño porta en sus manos una figura de carácter netamente cristiano, se trata de la alegoría del pelícano que se abre las carnes del pecho con su pico para dar de comer a sus crías, haciendo similitud con Cristo, que dio su vida para salvar a su pueblo. La cara de ella no es muy afortunada, es inexpresiva y no diría yo que se trate de una mujer de gran belleza. Sin embargo, el conjunto tiene un buen nivel artístico y, subida en su fuente, en medio de la plaza del Castillo, los poco más de 100 años que ahí estuvo, seguro que se le consideró la reina de la ciudad.
Seguí mi recorrido por la Taconera y vi los reyes del paseo de Sarasate, que han sido reubicados en el parque. Han quedado de lujo, quizá no estén en lugar tan céntrico como estaban, pero están ante un telón verde sobre el que, iluminadas por el cálido sol de la mañana, se recortan sus soberanas figuras.
Disfruté de la primavera que explota en toda la extensión del ajardinado recorrido y por el túnel de moreras -que no catalpas, como dije en otro ERP- que hay al final del bosque, salí a la cuesta de La Reina, tomé Monasterio de Irache, entré hacia el Anaitasuna, y por la calle Orcoyen, bajé hasta la única casa que queda en pie de la antigua Granja Provincial de Navarra. Dejándola a mi derecha tomé la carretera del cementerio porque quería ver una obra que se está llevando a cabo en la zona: la reforma del Molino de Biurdana. Como desde la parte donde me hallaba no veía mucho, crucé el río por la pasarela que va paralela al puente de San Jorge y pedaleé por el paseo del Arga contracorriente, hasta que llegué a la presa del molino. Nunca había visto bañistas en ese tramo del río, y el otro día había un montón de chicos y chicas dándome envidia, chapoteando y jugando dentro del agua y me sorprendió ver que solo les cubría hasta el pecho. No sé yo si pasará este verano sin que me bañe en esas aguas. Bien, el caso es que el molino ciertamente está siendo sometido a una gran reforma, solo vi en pie, de la antigua construcción del siglo XIV, la mitad de la pared que entra en el agua junto a la presa, lo demás o no está o lo han cambiado. No sé cómo estará por dentro, ni al otro lado, pero la parte que da a la presa ha desaparecido en un 80%.
Seguí mi camino y tuve sorpresas. Resulta que siempre que voy por ahí, al llegar a la pasarela que cruza a Trinitarios hago uso de ella y abandono el paseo del Arga, pero esta semana no lo hice, continué para salir a la Rotxa y por el camino me encontré con dos cosas que no conocía, primero un enorme frontón, de varios números, con todas las paredes iluminadas por artistas urbanos y en el que podemos ver un montón de imágenes referentes al barrio y al río. Ese frontón supongo que pertenecía a la fábrica de Penibérica, que se encontraba en esos terrenos. Un poco más adelante encontré un espacio ajardinado, que ya estaba en los jardines de la mentada fábrica, que me recordó a la plaza de la Cruz, se trataba de un estanque en forma de cruz griega todo rodeado de rosas, con un chorro de agua en el centro. Por una cuesta que nace en ese recinto ajardinado, salí a la Avenida de San Jorge y crucé a la Rochapea. Tomé la última de sus calles, la calle de Pedro de Ursúa. Este Ursúa fue un conquistador del siglo XVI que fundó la ciudad de Pamplona en Colombia. Natural de Arizkun, dirigió la expedición que buscaba El Dorado, cayó bajo la espada de Lope de Aguirre a los 35 años. Arriesgada vida la de los conquistadores, si no te daban matarile los indios, te lo daban tus “amigos”. Continué mi camino por la calle de Rodrigo Ximénez de Rada, uno de los navarros más principales de toda la historia, entre otras cosas, puso la primera piedra de la catedral de Toledo, donde era arzobispo, y fue el cronista de la batalla de las Navas de Tolosa, en donde estuvo presente no solo en la batalla sino también en las negociaciones entre los reyes vencedores, a saber, Sancho VII de Navarra, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón.
En pocas pedaladas llegué al polígono de Ansoáin, hice uso de una pasarela peatonal para ponerme al otro lado de la variante y enfilé hacia el pueblo viejo, el que nos quedamos sin ver la semana pasada. El pueblo está cuidado a capricho, casas de piedra señoriales con bonitos jardines y otras más modestas, pero todas ellas disfrutan de una paz y una tranquilidad envidiables. Dejé el velocípedo abajo y subí unas escaleras que me dejaron al pie de la iglesia románica de San Cosme y San Damián, esa que se ve desde la Medialuna en la falda del monte. Es preciosa, no tengo sitio para describirla, pero la tenéis a un tiro de piedra para ir a verla. Volví al pueblo y me encontré con Elisa, una octogenaria encantadora, nacida en el pueblo, y que me estuvo contando acerca del pozo que tienen allí, en mitad de una calle, y que según me dijo era muy profundo y muy ancho, ocupando sus aguas subterráneas gran parte del suelo sobre el que se levanta. Me despedí de Elisa, tomé mi máquina de nuevo y regresé a mis terrenos urbanos.
Qué cerca tenemos lo bello.
Besos pa tos.
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