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Olor a cambio radical y absoluto

mUCHOS politólogos y analistas habían apostado a favor de un período de centralidad absoluta del hecho catalán, como si allí se estuviese definiendo el futuro de España. De acuerdo con esta profecía, la precampaña y la campaña electoral de Cataluña debían señalar los temas y valores que iban a ocupar la agenda política de España hasta las elecciones generales de 2012. Y el proceso de investidura de Artur Mas, que está rodando en estos momentos, debería ayudarnos a vislumbrar cuál va a ser el comportamiento de los líderes y la línea estratégica de los partidos a la hora de administrar unos resultados -municipales y autonómicos en 2011, y generales en 2012- que las elecciones de Cataluña hacen más que previsibles.

Pero las cosas no están funcionando así. Cataluña, que ha regresado al pujolismo, está desactivando la metodología soberanista en la que el Tripartito se había instalado de forma artificiosa. Y, en contra de lo que muchos esperaban, la nueva estructura de partidos salida de las elecciones ha resuelto el pulso catalán -Estatut, independentismo, soberanismo, y definición del espacio político del PSC y el PP- a favor del tradicional nacionalismo de CiU. Tanto el Gobierno como la oposición, y la gran mayoría de los ciudadanos, dan por sentado que será CiU, como siempre, la encargada de establecer, desde la lealtad constitucional, el nuevo marco de relaciones entre Cataluña y España. Y eso es tanto como decir que el enfrentamiento que se prevé para las elecciones de 2011 y 2012 va a tener un enfoque estrictamente ideológico y partidario, alejado de cuestiones de magnitud constitucional, y en un ambiente en el que, igual que sucedió en 2008, cabe suponer una fuerte polarización y una notable movilización del electorado.

Libre de sobresaltos políticos y de dilemas históricos, y condicionado en todos los extremos por la dura crisis económica y la memoria socializada de un Zapatero que reacciona tarde, empujado por los acontecimientos, y en abierta renuncia a los valores que habían inspirado su programa, el panorama electoral se está dibujando en un escenario en el que al PSOE se le atribuyen todos los fracasos y al PP todas las esperanzas. Y por eso cabe suponer que, a salvo de una intervención celestial -que difícilmente se haría a favor de zapatero- al PSOE solo le cabe empeorar.

Un escenario de cambio total sería aquel en el que el PP ganase mucha fuerza en las autonomías y en los grandes municipios -escenario más que probable-, en el que los poderes sociales y económicos estuviesen dispuestos a rendirse a las soluciones neoliberales, y en el que volviesen por sus respetos todos aquellos sectores -la Iglesia, por ejemplo- que se sintieron directamente afectados por los resabios modernizadores de Zapatero. La mayoría absoluta del PP ya es una hipótesis razonable. Y la consecuente crisis estructural de la oposición, en la que el PSOE cae cada vez que pierde el poder, facilitaría un acusado movimiento pendular de la política española para el que debemos prepararnos con toda naturalidad.

No debemos olvidar que Rajoy está siendo arrastrado por los poderes sociales y las circunstancias económicas a una victoria electoral que ni ha merecido ni trabajado. Y por eso cabe esperar que esos poderes sociales, esos periódicos y banqueros, y esos fieles conservadores que le permitieron hacer tancredismo político en medio de las galernas, acaben forzando un cambio radical del Estado y de sus políticas. Porque la izquierda y el centro ya actúan como derrotados. Y nadie cree en la posibilidad de evitar o moderar la ola conservadora.