EL enorme barullo montado en torno a la deuda soberana y a los ajustes del déficit, y el nerviosismo derivado de unos deberes muy mal hechos que ahora se pagan en forma de costes sociales, crisis empresariales, paro desaforado y rebajas sustanciales de las rentas disponibles, nos ha quitado tiempo y serenidad para darnos cuenta de que, sin apenas ruidos, la Unión Europea está tomando decisiones trascendentes que hace sólo un año parecían imposibles. En esta línea se mueve el control previo de los presupuestos estatales, la creación de fondos estables para el rescate de países y la estabilidad del euro, la potenciación del Banco Central Europeo (BCE) y la posibilidad de establecer un sistema de deuda general para una economía más integrada. Y, como consecuencia de todo ello, también se empieza a percibir una creciente y muy saludable independencia de la economía euro frente a los Estados Unidos y al dólar.

Además de estas nuevas perspectivas, importantes por sí mismas, también está naciendo un discurso que apuesta por una mayor integración de las políticas económicas y sociales de la UE, como si nadie dudase ya de que, si fracasa la Unión, Europa en su conjunto, y cada uno de sus Estados en particular, empezarían a caminar, en el contexto de la globalización, hacia la irrelevancia. Y por eso me parece necesario y justo recordar ahora a tres instituciones y a tres protagonistas que el laleo mediático estuvo criticando hasta la frontera del desprecio: el BCE y a su presidente Trichet; el Eurogrupo y su presidente J.C. Juncker, y a Alemania y a su presidenta Angela Merkel.

Para hablar de los dos primeros temas recurriré a Jacques Delors, que, libre de todas las ataduras que imponen las corrientes del poder, acaba de decir que el BCE es la institución que mejor ha mantenido el rumbo en medio de la crisis, y que el señor Trichet no ha cometido ni un solo error en la gestión del euro y de su espacio económico. El reproche que se le hace a Trichet es la inflexibilidad de la política monetaria de la eurozona, y su negativa a intervenir en la economía siguiendo la pauta de la Reserva Federal. Y lo que acaba de decir Delors es que esa es la grandeza de Trichet, y su mejor contribución a la independencia estratégica de la UE.

También insistió Delors en que sin un discurso europeísta no puede haber Europa, y que el que mejor mantiene las esencias de la UE es Juncker. Porque la peor desgracia que nos ha traído la crisis es la dispersión discursiva, en la que, por muy diferentes motivos, han incurrido Sarkozy, Cameron, Berlusconi y otros líderes que sólo ven la UE como el instrumento necesario para ir a lo suyo. Y por eso es bueno que Delors recuerde que hay salvación si vamos juntos y con lealtad, pero no por separado.

El caso más complejo es el de Merkel, que, considerada por muchos como el símbolo de un nuevo nacionalismo y de la vuelta a los sistemas monetarios nacionales, se ha constituido en la mejor defensora de una Europa que sólo puede avanzar sobre el rigor en la gestión, el cumplimiento de todos los acuerdos, y la seguridad de que nadie saca ventaja de la disgregación y el desorden. Por eso reconforta mucho que los españoles hayamos escogido a Merkel como el líder extranjero mejor valorado, y que sólo los ignorantes crean que se puede avanzar en los procesos de integración antes de poner orden y claridad en un sistema que algunos países manejaron con gravísima trivialidad.

Por eso es evidente que la UE está avanzando, forzada por la crisis, como nadie lo esperaba. Aunque a veces parezca lo contrario.