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Begoña 1942: Montejurra 1976 y memoria democrática

El carlismo no solo ha sufrido la represión franquista en los sucesos de Montejurra de 1976. Años antes, en 1942, un centenar de militantes resultaron heridos por una granada lanzada en Bilbao tras una misa en memoria de los requetés.

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Este año 2026 se conmemora el 50 aniversario de los criminales acontecimientos de Montejurra´76 acaecidos el 9 de mayo de 1976 y en los que elementos ultraderechistas, organizados por el mismo Estado a través de sus cloacas, atacaron la tradicional concentración carlista que venía celebrándose anualmente desde los años cuarenta del pasado siglo XX en las inmediaciones del Jurramendi, ocasionando la muerte de dos jóvenes, Aniano Jiménez y Ricardo García Pellejero, y heridas a más de una decena de personas.

Este hecho, del que cada vez se sabe más, y del que aún más podría saberse si se desclasificaran los documentos relativos al mismo, que aún permanecen secretos e inaccesibles a los historiadores de la Transición en los diferentes archivos de la Administración del Estado, siempre me pareció que guardaba ciertas similitudes con otro acontecimiento violento sucedido con anterioridad, el 16 de agosto de 1942, y conocido como “los Sucesos de Begoña”.

Similitudes que se encuentran en la identidad del sujeto pasivo (víctimas) de ambos acontecimientos, los carlistas; en la identidad de los sujetos activos (victimarios) de los mismos acontecimientos, falangistas y/o ultraderechistas (identidad que llega, incluso, al extremo de que una misma persona aparezca relacionada con ambos hechos); en la oscuridad de la finalidad última que se perseguía con tales actos y en la disolución de responsabilidades en aras de la exoneración total de los verdaderos responsables, autores intelectuales y beneficiarios de los acontecimientos a los que habría que buscar en las más altas instancias del estado.

No se puede decir que, a lo largo de su extensa historia, los carlistas hayan sido partidarios o defensores de ideologías totalitarias, ni que al comenzar la II Guerra Mundial se alineasen con una potencia totalitaria como era la Alemania Nacional- Socialista que, además, había agredido e invadido un país eminentemente católico como era Polonia y que desarrollaba una política radicalmente contraria a los valores cristianos que siempre fueron defendidos por el Carlismo. Así pues, no se puede decir que en 1942 los carlistas fueran partidarios de las fuerzas del Eje, como sí lo eran en España otras fuerzas políticas como la Falange y otros personajes como el ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, y el mismísimo Franco, que estuvo acariciando la idea de entrar en guerra al lado de Alemania e Italia hasta que le convencieron, en octubre de 1940, de que Alemania estaba aún muy lejos de ganar la guerra y que España se encontraba más lejos aún de estar preparada para intervenir en la contienda.

En este contexto político internacional, con la II Guerra Mundial de telón de fondo, el 25 de julio de 1942 tuvo lugar en Bilbao, tras una Misa celebrada en la Iglesia de San Vicente Mártir de Abando, de la capital vizcaína, y convocada en memoria de Carlos V y sus descendientes, así como de todos los carlistas caídos en las guerras del siglo XIX y XX; una manifestación a la que acudieron más de cuatro mil personas que recorrieron la ciudad profiriendo gritos de “¡Viva el Rey”, “¡Viva Cristo Rey!” y “¡Abajo los jefes estraperlistas!”, terminando la misma en la Plaza Nueva donde se encontraba el Círculo Carlista bilbaíno, desde el cual se pronunció un discurso por un dirigente carlista local.

Dicha manifestación alarmó gravemente al secretario general del movimiento, José Luís Arrese, al ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, y a todos los falangistas en general ya que al mes siguiente, concretamente el 16 de agosto, tendría lugar la Misa en memoria de los requetés del Tercio Nuestra Señora de Begoña, muertos durante la última Guerra Civil de 1936-1939 en la Basílica de Nuestra Señora de Begoña de Bilbao. Esto hizo que el vicesecretario general del movimiento y jefe de milicias, José Luna, amigo íntimo del ministro, Serrano Suñer, acordase el envío de refuerzos a Bilbao desde Santander, Vitoria, León y Valladolid, desplazándose al efecto desde esta última ciudad en el coche oficial número 565 de la Jefatura Provincial de FET de las JONS, el jefe provincial del Sindicato Español Universitario (S.E.U.) de Vizcaya, Eduardo Berástegui y el exaltado subjefe provincial de Valladolid, Hernando Calleja García, recogiendo estos en San Sebastián al también falangista Juan José Domínguez Muñoz.

El día 16 de agosto, a los tres falangistas mencionados se les unieron cinco más, llamados Jorge Hernández Bravo, Luis Lorenzo Salgado, Virgilio Hernández Rivaduya, Roberto Valero y Mariano Sánchez Covisa (el mismo que décadas después crearía y dirigiría los Guerrilleros de Cristo-Rey, grupo de pistoleros que participaría en los crímenes de Montejurra en 1976) y los ocho tomaron dos coches oficiales de FET de las JONS; el ya citado número 565 que portaba el guión de mando y el número 51, dirigiéndose al Santuario de Begoña, donde llegaron bien iniciada la Misa, merodeando por las inmediaciones de la puerta de entrada a la que la nutrida dotación de la Policía Armada que vigilaba el acto les había permitido acceder gracias a las insignias de mando y uniformes oficiales que portaban.

Concluida la ceremonia religiosa, los carlistas, que eran centenares, portando la mayoría boinas rojas, se reunieron fuera de la iglesia coreando consignas legitimistas y cantando diversas canciones de carácter claramente antifalangistas pudiéndose escuchar gritos de “¡Viva el Rey!”, “¡Viva Don Javier!”, “¡Viva Fal Conde!”, “¡Abajo la Falange!” e, incluso “¡Abajo Franco!”, ante lo cual uno de los falangistas, concretamente Juan José Domínguez Muñoz, lanzó contra la multitud dos granadas alemanas M24 que, al parecer, les fueron suministradas a los falangistas por la embajada del III Reich en Madrid y que causaron un centenar de heridos de distinta consideración, no estando aún hoy determinado el número exacto, ni si, como fue un rumor extendido en la época, llegó a causar dos muertos.

Los carlistas denunciaron la agresión e intentaron responsabilizar a José Luna, el cual habría llegado a ordenar que “a los que hablasen mal de Franco se les rompieran las costillas”; evidentemente la implicación de Luna en los hechos, también hacía pensar en la implicación de Ramón Serrano Suñer del que era íntimo amigo, pero en el consejo de guerra que siguió al crimen, solo fueron acusados los ocho falangistas, para seis de los cuales el fiscal pidió pena de muerte y veinte años para cada uno de los conductores de los vehículos. El tribunal dictó cuatro sentencias de muerte que luego redujo a dos: para Hernando Calleja García y para Juan José Domínguez Muñoz, siendo conmutada la pena al primero por su condición de mutilado de guerra, aunque seguramente también influyó en ello el hecho de su amistad con José Antonio Girón de Velasco.

El obispo de Madrid, Leopoldo Eijo Garay, intervino personalmente ante Franco a favor de Juan José Domínguez Muñoz, recibiendo por respuesta de éste un lacónico “Tendría que condecorarle, pero le tengo que fusilar”, lo que indicaría que el propio Franco no veía mal el hecho de tirar dos granadas a la multitud carlista, aunque no deseaba ni estaba dispuesto a asumir las posibles consecuencias negativas de tal acto; también intervino a su favor el propio Adolfo Hitler a través de su embajador en España, Von Stohrer, que reconoció a Serrano Suñer que Domínguez trabajaba para los servicios de información alemanes y que se le había concedido la Orden del Águila Alemana, máxima recompensa del III Reich para extranjeros. A pesar de todo ello, Franco ignoró las peticiones de clemencia y Juan José Domínguez Muñoz fue fusilado en los muros del Cementerio de Bilbao el 1 de septiembre de 1942 por un pelotón formado por guardias civiles; ese mismo día, a la misma hora prevista para la ejecución, su esposa, Celia Martínez, recibía en su domicilio, de manos de las autoridades diplomáticas alemanas, la condecoración que le había sido otorgada a su marido y que si Franco no se atrevió a otorgarle, Hitler sí que se atrevió.

¿Por qué hechos concretos fue condecorado Juan José Domínguez Muñoz por Hitler con la Orden del Águila Alemana? ¿Por qué Franco dijo al obispo de Madrid que “tenía que haber condecorado” a Juan José Domínguez Muñoz? ¿Acaso los sucesos de Begoña fueron planificados por el servicio de inteligencia alemán junto con las altas esferas del régimen franquista para generar algún tipo de reacción política y/o social a favor de las potencias del Eje?

Todo apunta a que Juan José Domínguez Muñoz fue el chivo expiatorio de una oscura trama en la que estaban involucrados servicios secretos extranjeros, concretamente los alemanes, y altos jerarcas del régimen imperante en España, pero lo que está fuera de toda duda es que, en ningún caso, fue fusilado por defender la democracia y la libertad, tal y como reza en la placa elaborada por el Gobierno Vasco y el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos e instalada en el cementerio de Bilbao por los muy “doctos y entendidos” defensores de la memoria histórica o democrática, y donde, en una larga lista (larga sería aun si tan solo figurara un único nombre) de fusilados en Bilbao por el régimen franquista, figura su nombre.

*El autor es militante del Partido Carlista