No siempre es necesario entrar en un museo para disfrutar del arte. A veces, basta con salir a la calle y dar un paseo. Las ciudades están llenas de esculturas y monumentos que forman parte del paisaje urbano y que, sin darnos cuenta, conviven con nosotros cada día. Muchas veces pasamos a su lado con prisa, sin detenernos a pensar en su significado, su autor o la historia que representan, simplemente porque estamos acostumbrados a verlas.

En ciudades como Donostia, Bilbao, Vitoria-Gasteiz y Pamplona, el arte urbano ocupa plazas, paseos, parques y riberas de ríos. Algunas esculturas se han convertido en auténticos símbolos de la ciudad, mientras que otras pasan más desapercibidas. Todas ellas cuentan algo: hablan de tradiciones, de acontecimientos históricos, de identidad cultural o de la relación entre el arte y el espacio público.

Arte junto a la ría

Cuando pensamos en Bilbao, casi de forma automática nos viene a la cabeza el Museo Guggenheim. Sin embargo, no es necesario entrar en él para descubrir algunas de las obras de arte urbano más importantes de la ciudad. Basta con pasear por sus alrededores, junto a la ría.

Una de las primeras obras que llaman la atención es Puppy, la escultura creada por el artista estadounidense Jeff Koons. Se trata de un cachorro de raza West Highland White Terrier, de más de doce metros de altura, cubierto completamente de flores vivas. Situado frente al Museo Guggenheim, Puppy aparece como telón de fondo en innumerables fotografías de turistas y visitantes. La obra está construida sobre una estructura de acero inoxidable y las flores que la recubren cambian según la estación, lo que convierte la escultura en un elemento vivo y en constante transformación. Puppy se ha consolidado como uno de los principales símbolos del Bilbao contemporáneo. 

'Maman', de Louise Bourgeois en Bilbao. Markel Fernández

Muy cerca de él se encuentra otra de las esculturas más fotografiadas de Bilbao: Maman (Mamá), de la artista Louise Bourgeois. Aunque los insectos no suelen generar simpatía, esta gigantesca araña de bronce, de casi nueve metros de altura, se ha convertido en una parada obligatoria. La araña es un motivo recurrente en la obra de Bourgeois y, en este caso, representa un homenaje a su madre, que era tejedora. La escultura simboliza la dualidad de la maternidad: protección y amenaza al mismo tiempo. Bajo su abdomen, Maman protege una bolsa de huevos, mientras se sostiene sobre largas patas que recuerdan a arcos góticos. 

No todas las esculturas urbanas de Bilbao están ligadas al arte contemporáneo internacional. En el Paseo de Uribitarte, junto a la ría, se encuentra el grupo escultórico Las Sirgueras, obra de la artista Dora Salazar, inaugurado en 2021. La obra está compuesta por cuatro figuras de mujeres de bronce, de unos 2,5 metros de altura, que avanzan arrastrando unas cuerdas o sirgas. Estas esculturas rinden homenaje a las sirgueras, mujeres que en el siglo XIX remolcaban embarcaciones por la ría de Bilbao realizando un trabajo extremadamente duro, mal pagado y socialmente despreciado. Muchas de ellas pertenecían a las clases más humildes y asumieron este trabajo ante la ausencia de hombres, que combatían en las guerras carlistas. Las Sirgueras no solo recuerdan una parte olvidada de la historia de la ciudad, sino que también reivindican el papel de las mujeres trabajadoras y su lucha por la igualdad.

Otra de las obras más famosas de Bilbao es Variante ovoide de la desocupación de la esfera, de Jorge Oteiza. Se encuentra frente al Ayuntamiento y representa un análisis del vacío según el artista. La escultura mide nada más y nada menos que 8 metros de altura y 6 de diámetro, y pesa 6 toneladas. Se realizó en acero para emular a los barcos.

'Variante ovoide de la desocupación de la esfera', en Bilbao. Txema Fernández

El mar y la ciudad

Donostia es conocida por su belleza natural, sus playas y su relación constante con el mar. Sin embargo, además de su paisaje, la ciudad cuenta con un importante conjunto de esculturas urbanas integradas en el entorno. Pasear por la capital gipuzcoana es también recorrer algunas de las obras más significativas del arte vasco contemporáneo.

La escultura más icónica es, sin duda, el Peine del Viento, obra del escultor Eduardo Chillida. Situada al final de la playa de Ondarreta, a los pies del monte Igeldo, esta obra fue instalada en 1977 en colaboración con el arquitecto Luis Peña Ganchegui, encargado de diseñar el entorno. El conjunto está formado por tres enormes piezas de acero incrustadas en las rocas, acompañadas de terrazas de granito rosado. El mar y el viento interactúan constantemente con la escultura, especialmente en los días de fuerte oleaje, cuando las olas chocan contra las rocas y el aire sale disparado por unos orificios del suelo, produciendo un sonido muy característico y pulverizando agua sobre los visitantes. El Peine del Viento es un lugar de los símbolos más reconocibles de la ciudad y del arte vasco.

En el paseo de la Zurriola, mirando directamente al mar, se encuentra La Paloma de la Paz, una escultura monumental del artista vasco Néstor Basterretxea. La obra mide siete metros de altura, nueve de ancho y pesa alrededor de cuatro toneladas. Está realizada en hierro recubierto de poliéster blanco. El Ayuntamiento de Donostia encargó esta obra a finales de los años ochenta como símbolo del compromiso de la ciudad con la paz, la libertad y la convivencia. La escultura fue inaugurada el 21 de diciembre de 1988 frente al Golfo de Bizkaia, en la playa de la Zurriola.

Una de las intervenciones artísticas más singulares de la ciudad es Hondalea, de la artista donostiarra Cristina Iglesias, ubicada en la Casa del Faro de la isla de Santa Clara. A diferencia de otras esculturas urbanas más tradicionales, esta obra se encuentra en el interior del edificio y ocupa todo su espacio.

‘Hondalea’, de Cristina Iglesias. Ruben Plaza

La instalación está formada por un gran vaso de bronce que recrea de manera artística el fondo marino de la bahía. El agua entra y fluye en su interior siguiendo el ritmo natural de las mareas, creando una experiencia inmersiva para el visitante. El nombre Hondalea, que en euskera significa “abismo en el mar”, hace referencia a la profundidad y al carácter invisible del fondo marino. La obra ha sido concebida como un espacio de reflexión reivindicando la protección del mar y del entorno costero. Además, ha permitido recuperar y poner en valor un edificio que se encontraba en estado crítico, sin alterar el paisaje natural de la isla.

La ciudad cuenta con otras esculturas urbanas muy reconocibles, como Construcción Vacía, de Jorge Oteiza, situada en el Paseo Nuevo y concebida como una puerta abierta al mar, o la escultura del Sagrado Corazón de Jesús, que desde 1950 corona el monte Urgull y domina visualmente la ciudad desde lo alto.

Historia y arte en sus plazas

Vitoria-Gasteiz es una ciudad donde el arte urbano está profundamente ligado a la historia, a la identidad colectiva y a la vida cotidiana de sus habitantes. Sus esculturas no solo decoran plazas y parques, sino que narran episodios clave del pasado y representan símbolos muy queridos por la ciudadanía.

El Monumento a la Batalla, también conocido como Monumento a la Independencia, es el conjunto escultórico más emblemático de la ciudad. Se encuentra en la Plaza de la Virgen Blanca, el corazón de Vitoria-Gasteiz, y conmemora la victoria de las tropas aliadas frente al ejército francés el 21 de junio de 1813, un hecho decisivo en la Guerra de la Independencia contra Napoleón.

‘Monumento a la Batalla’, de Gabriel Borrás y Abella. ]

‘Monumento a la Batalla’, de Gabriel Borrás y Abella. ] Archivo

La iniciativa para levantar este monumento surgió en 1813, aunque el proyecto fue aprobado a comienzos del siglo XX y el concurso lo ganó el escultor Gabriel Borrás Abella. Las obras comenzaron en 1914 y el monumento fue inaugurado el 4 de agosto de 1917.

El conjunto escultórico, realizado en piedra y bronce, se organiza en tres niveles. En la parte superior se alza la figura alegórica de la Victoria, acompañada de símbolos que representan la derrota del ejército napoleónico. En el nivel central aparecen los aliados vencedores, destacando la figura del duque de Wellington, mientras que en la parte inferior se sitúa el general Miguel Ricardo de Álava, aclamado por el pueblo vitoriano. 

Pasamos a su lado con prisa, sin detenernos a pensar en su significado

Otra de las esculturas más conocidas y queridas de Vitoria-Gasteiz es El Caminante, obra del escultor Juan José Eguizábal. La figura, de 3,5 metros de altura, se encuentra en pleno centro de la ciudad, en la plaza del Arca, en el cruce de las calles San Prudencio y Dato. La escultura fue creada en 1985 y representa a un hombre alto y delgado, de aire moderno, que avanza caminando con gesto reflexivo. Inicialmente se realizó en fibra de vidrio y poliéster, pero en 1989 se fundió en bronce para garantizar una mayor durabilidad. El Caminante simboliza a la persona que llega a la ciudad, se siente a gusto en ella y decide quedarse.

En la Plaza de los Fueros se encuentra el Homenaje a los Fueros, una obra del escultor Eduardo Chillida, realizada en acero y concebida a finales de los años setenta junto al arquitecto Luis Peña Ganchegui. La escultura rinde homenaje a los fueros vascos y a la identidad histórica de Álava. La obra está integrada en un espacio urbano de carácter laberíntico, parcialmente oculto, lo que obliga al visitante a descender y explorar para descubrirla. Esta disposición invita a una experiencia más reflexiva y simbólica, conectando al espectador con el pasado histórico al que hace referencia. Aunque durante años el acceso estuvo limitado, desde 2011 el público puede disfrutar plenamente de este espacio.

Además cuenta con esculturas muy populares como la estatua de Celedón, símbolo de las fiestas de La Blanca y situada en la Plaza de la Virgen Blanca, o el Monumento a Ken Follett, inaugurado en 2008 junto a la Catedral de Santa María, que recuerda la estrecha relación del escritor con la ciudad y su inspiración en el proceso de restauración del templo. 

Tradición, historia y símbolos al aire libre

Pamplona es una ciudad donde la escultura urbana está estrechamente ligada a su historia y a sus tradiciones. Sus calles y paseos albergan monumentos que recuerdan tanto episodios históricos fundamentales como costumbres populares que han dado fama internacional a la ciudad.

'Monumento al encierro', de Rafael Huerta en Pamplona Unai Beroiz

El Monumento al Encierro es, sin duda, la escultura urbana más emblemática de Pamplona. Dedicada a una de sus tradiciones más conocidas, representa con gran realismo y dinamismo una escena del encierro de los Sanfermines a su paso por la calle Estafeta. La obra se ha convertido en un auténtico símbolo de la ciudad y en uno de los puntos más fotografiados por visitantes de todo el mundo. El conjunto escultórico, realizado en bronce patinado, está formado por diecinueve figuras: seis toros, tres cabestros y diez corredores, con un peso total superior a las diez toneladas. Fue concebido por el escultor bilbaino Rafael Huerta como un homenaje a Navarra, su tierra de adopción. 

Otra escultura muy representativa es el Monumento a Ernest Hemingway, situado junto a la plaza de toros. Pamplona rindió así homenaje al escritor estadounidense, cuya novela Fiesta contribuyó decisivamente a la proyección internacional de los Sanfermines. La escultura, obra del artista barcelonés Luis Sanguino, fue inaugurada el 6 de julio de 1968. Está realizada en granito y muestra al escritor apoyado en la barrera de la plaza, vestido con su característico jersey de cuello vuelto, observando una corrida de toros. La obra destaca por su estilo realista y por la cercanía con la que representa al autor, convirtiéndose en un punto de referencia tanto para aficionados a la literatura como para amantes de la fiesta. Existe otra estatua de Hemingway, realizada por el escultor navarro José Javier Doncel, en el Café Iruña que se llama precisamente El rincón de Hemingway, donde te puedes tomar un cocktel y sacarte una foto.

El Monumento a Carlos III el Noble, situado en la avenida que lleva su nombre, rinde homenaje al rey navarro que en 1423 otorgó a la ciudad el Privilegio de la Unión, con el que puso fin a los enfrentamientos entre los distintos burgos de Pamplona y dio origen a la ciudad unificada. La escultura, realizada en bronce por el artista madrileño Francisco López Hernández, representa al monarca en pie, entregando solemnemente el documento del Privilegio. Fue inaugurada en 2004, coincidiendo con el 581 aniversario de aquel acontecimiento histórico.

 Otras esculturas urbanas muy significativas es la Mari Blanca o Beneficencia, situada en los jardines de la Taconera, una elegante alegoría del siglo XVIII, o el imponente Monumento a los Fueros, en el Paseo de Sarasate, que simboliza la defensa de los derechos históricos del Reino de Navarra y es uno de los conjuntos monumentales más complejos y simbólicos de la ciudad.

'Las Sirgueras' , de Dora Salazar, en Bilbao. Markel Fernández

Arte mientras andas

Las esculturas urbanas de Bilbao, Donostia, Vitoria-Gasteiz y Pamplona demuestran que el arte no está reservado únicamente a los museos ni a los espacios cerrados. Está presente en plazas, paseos, jardines y calles por las que transitamos a diario, formando parte del paisaje urbano y de la vida cotidiana de quienes habitan estas ciudades.

Cada una de estas obras cumple una función que va más allá de lo estético: algunas recuerdan episodios históricos decisivos, otras rinden homenaje a tradiciones populares o a personajes clave, y muchas se han convertido en auténticos símbolos con los que la ciudadanía se identifica. Sin embargo, la rutina y la costumbre hacen que a menudo pasen desapercibidas, como si siempre hubieran estado ahí y no merecieran una segunda mirada.