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Victoriano del Río: la humildad del gran líder

La locura de un ganadero que se ve rodeado de golfistas, excursionistas, gran hermanos, y demás pelajes domingueros que pueblan la sierra madrileña.

Victoriano del Río: la humildad del gran líder

Anoche cenamos bien y nos recogimos pronto. Queríamos estar listos a primera hora para llegarnos hasta la finca. Además, tras pasar por el caos controlado de las decenas de carriles llenos que circunvalan Madrid, tocaba subir hacia Guadalix en busca de nuestro último hito, y la A1 no es precisamente una ruta ligera. Hacía fresco y se veía nieve en las cumbres, pero la mañana estaba entre nubes y claros en la zona de la sierra madrileña. Guadalix, Miraflores, Soto del Real son localidades enormes que rondan los 900 a 1.000 metros de altitud y entre pantanos y tierras deprimidas son las urbanizaciones para el ocio lo que manda allá donde fijes la vista.

Y Justo a mitad de camino de estas tres localidades, a modo de último reducto, tipo los galos del cómic francés de Uderzo, sobrevive una zona dedicada a la explotación ganadera. Y hay que andar listo para no pasarse el camino, una vía pecuaria que estaba maltrecha de veras. Aquí, al igual que en toda la península, ha llovido más de lo habitual, pero modo cuatro por cuatro y chasis en altura llegamos a la casa, despacio, pero sin contratiempo alguno para el vehículo. Es tiempo de nieve, pero solo las puntas de la sierra de Guadarrama mantienen el blanco. Esta finca es un paradigma para mí. Difícil de gestión, dura de suelos, pedregosa como demuestra que todos sus cercados sean de su propia piedra y rodeada del hervidero humano que por aquí escapa del enjambre de la Villa y Corte, sin embargo, uno respira paz y campo.

Es una ganadería con mucho oficio, con mucho trabajo a sus espaldas. Y con décadas laborando en silencio y con gran humildad. Y quién podría decir que esta familia, recia y seria como su tierra, hechas sus mezclas a la manera que su patrón soñó, es el líder del escalafón, muy por encima de otros que llevan su misma sangre. El hijo mayor de Victoriano, Pablo, ha llegado poco antes que nosotros. Él es nuestro anfitrión. Arquitecto de profesión, es increíble cómo algo tan diferente a la proporción exacta y los números ante todo como es el mundo del ganado de lidia, de animales agrestes y agresivos tan alejados del total de la mano humana, sea parte de su diaria labor.

Una ganadería con mucho oficio.

Son muchos años ya teniendo la oportunidad de pasear y disfrutar de esta casa, y seré yo quien se encargue del cierre y apertura de todos los candados y cancelas. Habrá que poner sistemas automáticos, digo riendo a la cuarta puerta. Vamos en el vehículo más viejo de la finca. Es el apropiado porque el terreno está blando. Pablo nos va contando la situación del invierno y las expectativas de su familia para este año. Deseos que nos cuenta siempre con la cautela debida. Con enormes esperanzas de que vaya bien, pero con el que se guarda con respeto, conocedor de que todo puede suceder en este imprevisible negocio. Tiene separados los lotes, pero los toros de Pamplona no están todos juntos.

Dos con Madrid, uno donde Sevilla y otro en el cercado de la entrada, donde los tienen sueltos como perros guardianes, se unen a los otros seis que vemos primero. Un castaño, un colorado y un negro burraco son los diferentes entre la mayoría de negros. Mirando los seis, sigo en silencio y enseguida me lee la mente. El ganadero sabe que ya he visto todo. De ello luego hablaremos porque le gusta más cuando hago el viaje como este año y le dejo para el final, y así le voy contando lo visto en otros lares. Este año no es tan fuerte, me dice. Ya lo ves, pregunta. Pero nos cuenta que no es por el tiempo ni nada de eso. Están bien hechos, bien preparados, pero han decidido mandar una buena reata de alta nota, y lo más pareja posible, y confían que alguna de las posibles figuras que vayan a ir a nuestra feria quiera escoger y solicitar a la Casa de Misericordia su ganado. De hecho, en plena feria sevillana, 23 de abril, liadará Roca Rey lo suyo junto a Manzanares y el sevillano Zulueta.

Estampa de bravura.

Allí estamos viendo esos toros para dicho día cuando una pareja se encela y miden sus fuerzas ante nuestros ojos. Toca separarlos, y no es fácil con el piso tan embarrado, pero nada que no se pueda lograr sin percance. Seguimos hacia el cercado donde hay montones de toros. Dos de los posibles de Pamplona junto a los de Madrid, donde tiene dos tardes. Las diferentes caras, es decir, encornaduras engatilladas y altas más para las Ventas o de sienes anchas y cuernas abiertas y más amplias en el tipo de San Fermín, diferencian unos y otros. Y es que por hechuras y caras es como separan lotes para una u otra plaza. Seguimos viendo Bilbao, y otras muchas plazas más nos llenan la mañana, acabando con los que tenemos junto a nuestro coche. Ha pasado el mediodía y nos vamos a comer algo. Comida frugal donde hablamos de todos los lotes del viaje. Muchos de ellos, le digo, es complicado determinarlos por el temporal vivido, pero los de siempre están ya hechos.

Y en la charla sale la conversación de las posibles combinaciones con los toreros actuales, así como el día. Entre ocho días no hay tantas variaciones como para no colocar cada ganadería, pero entre los principales, como esta casa, donde las figuras eligen y ya saben todos los compromisos del año desde enero, ya se van enterando de todo. A veces antes, incluso, que los que diseñan la propia feria. Tras la agradable comida, nos despedimos de Pablo, muy agradecidos. Aún tenemos unas horas por delante. Todo empieza, y todo termina, y nuestro viaje por las tierras españolas toca a su fin. En unas horas estaremos de vuelta en casa, y solo nos quedará la cita local, la visita a casa de Pincha en Lodosa, pero esa la haremos en primavera. Quizás aún no esté hecha para cuando estas líneas salgan a la luz. La semana que viene, sea, será la última.