Ayuntamiento y cabildo, a tortas en la calle por la procesión del Santo
l El Ayuntamiento y el Cabildo mantuvieron hasta hace 400 años un tenso enfrentamiento, con peleas callejeras incluidas, por ver quién se encargaba de llevar la figura de San Fermín a la Catedral
Cada 7 de julio, los pamploneses nos echamos a la calle para ver pasar al “santo morenico”. Entre emoción contenida y recogimiento, la procesión recorre el Casco Antiguo marcando el pulso real de la fiesta. Sin embargo, esa puntualidad casi religiosa que hoy nos parece tan natural no nació de la solemnidad, sino de la necesidad urgente de poner orden en una ciudad que, durante décadas, vivió al borde del conflicto institucional. Este 2026 se cumplen 400 años de aquel histórico acuerdo que logró, por fin, sincronizar los relojes de Pamplona en las 10.00 horas de la mañana.
Como documenta José Joaquín Arazuri en sus libros Historia de los Sanfermines, el día del Santo fue durante mucho tiempo un campo de batalla entre el Ayuntamiento y el Cabildo de la Catedral. En aquel periodo de inestabilidad, que se prolongó hasta el primer tercio del siglo XVII, el protocolo obligaba a una “procesión estacional”: la comitiva municipal acudía a la Iglesia de San Lorenzo a tomar el Santo y para luego marchar hasta la Catedral, en donde efectuaban la “estación”. Una vez terminada ésta, regresaban a San Lorenzo acompañados por el señor Obispo, Cabildo y Órdenes religiosas, para asistir a la solemne misa que tenía lugar en honor a San Fermín. Terminada ésta se volvía a la Iglesia Mayor. Este trasiego constante, sumado al traslado de la fiesta de octubre al verano en 1591 —decisión tomada por el Ayuntamiento para esquivar las lluvias y hacerla coincidir con la feria de ganado—, disparó las tensiones por la precedencia y el prestigio institucional entre ambas entidades.
La tensión alcanzó un punto crítico el día del Corpus de 1527, cuando el Cabildo de la Catedral decidió hacer una exhibición de poder que terminó en un auténtico desastre. En un alarde de ostentación, los clérigos sacaron a la calle una nueva e imponente imagen de plata del Santo. Pero al pasar por la altura de la parroquia de San Lorenzo, el vicario y los beneficiados locales, que consideraban que esa procesión invadía su territorio, salieron al paso decididos a cortarles el camino.
El choque entre ambos bandos fue inmediato y nada diplomático: en medio de los gritos y los empujones en plena calle, la valiosa escultura de plata acabó rodando por los suelos empedrados. Fue un momento de caos absoluto en el que la figura sufrió daños severos, mientras que, en mitad de la pelea, desaparecieron una mitra y un buen puñado de perlas preciosas valoradas en 500 ducados viejos. Aquel lío, que para la época era una fortuna, dejó claro que la procesión se había convertido en un campo de batalla donde lo de menos era la devoción.
El sabotaje de las puertas cerradas
El 7 de julio de 1603, la rivalidad alcanzó un punto de no retorno. Mientras los concejales del Ayuntamiento avanzaban solemnes portando la bandera de la ciudad hacia la iglesia de San Lorenzo —con la intención de presidir el inicio de la procesión—, se cruzaron de frente con el Obispo y sus canónigos. Estos últimos, en una maniobra de bloqueo perfectamente orquestada, se habían adelantado para alcanzar el templo antes que la comitiva municipal. Al encontrarse ambas delegaciones, no hubo saludos diplomáticos, sino una carrera desesperada por ver quién llegaba primero al pórtico de San Lorenzo para tomar el mando del acto religioso.
La Iglesia jugó mejor sus cartas y se hizo con la victoria en la carrera. En cuanto el Cabildo cruzó el umbral, los clérigos ordenaron echar el cerrojo por dentro, convirtiendo el templo en una fortaleza infranqueable.
Cuando los concejales, desconcertados y ante la mirada del público, llegaron finalmente a la entrada, se encontraron con las puertas clausuradas. Ante esta humillación, el Ayuntamiento se vio forzado a retirarse y retroceder hasta la iglesia de San Cernin, desde donde intentaron reorganizarse mientras la tensión crecía.
La situación en la calle era insostenible: mientras los representantes municipales intentaban protestar desde la distancia, un religioso subió al púlpito en San Lorenzo y, lejos de predicar paz, comenzó a lanzar desde allí improperios y amenazas contra las autoridades civiles.
La tensión alcanzó su cénit cuando, amparado por el púlpito, un canónigo amenazó con la excomunión fulminante a cualquier fiel que se atreviera a abrir las puertas o a colaborar en la entrega de la imagen del Santo al Ayuntamiento.
La concordia de 1626
Tras décadas de pleitos que desgastaron a la ciudad, en 1626 se firmó un pacto puramente pragmático para acabar con la división: se dictaminó que la procesión debía comenzar, de forma inamovible, a las diez en punto de la mañana.
La medida funcionó como el eje de la convivencia sanferminera. Tanto es así que, un siglo después, en 1752, ante un nuevo amago de conflicto por la formación del cortejo, la justicia dictó una sentencia definitiva que ha llegado hasta nuestros días. Se decretó que la procesión no seguiría el criterio de ninguna de las partes, sino que se regiría exclusivamente por lo que marcara el reloj de la Catedral. Desde aquel momento, el tiempo dejó de ser un arma de guerra para convertirse en el ritual que, cada mañana del 7 de julio, nos vuelve a unir a todos.