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Accidente de tren en Uharte-Arakil: "Fue muy duro, pero también la respuesta ciudadana fue tremenda"

Anabel Garciandía, especialista de Cruz Roja en atención psicológica a víctimas en accidentes y catástrofes, estuvo en el siniestro del tren en Uharte-Arakil en 1997, una experiencia que le marcó, igual que al párroco de la localidad, Pello Obregozo.

Accidente de tren en Uharte-Arakil: "Fue muy duro, pero también la respuesta ciudadana fue tremenda"Villar López / EFE

Fue un 31 de marzo de 1997, Lunes de Pascua, a falta de un par de minutos para las ocho menos cuarto de la tarde. La noticia sobre la tragedia corrió como un reguero de pólvora, primero en Sakana y después en toda Navarra, en todo el país y en todo el mundo: el intercity Miguel de Unamuno había descarrilado a la altura de Uharte-Arakil.

Ha sido la mayor catástrofe ferroviaria de Navarra, con 18 muertos y 115 heridos, y una de las mayores del Estado. Este siniestro ha vuelto a ser recordado por muchas víctimas y personas que las atendieron de diferentes maneras al ver las imágenes del grave accidente de tren en la localidad cordobesa de Adamuz ocurrido el pasado domingo, que se ha cobrado la vida de al menos 40 viajeros.

Un párroco impresionado

Pello Obregozo era el párroco de Uharte-Arakil en 1997 y guarda unos recuerdos muy vívidos de la catástrofe. En ese momento estaba celebrando la misa de las siete y media y al terminarla, cuando le dieron la noticia, cogió la bolsita en la que guardaba los elementos para dar la extremaunción y salió corriendo hacia la estación de tren.

El párroco, que también tiene estudios sanitarios, comenta a EFE que, al llegar, le impresionó ver el tren descarrilado, con dos vagones volcados.

Fue un impacto muy grande, explica, “porque es que te encuentras con una situación tan terrible, tan terrible... Los vagones volcados, una especie de arenilla, de polvo negro, me llamó muchísimo la atención, de los bajos del tren me imagino”.

Pello Obregozo, párroco de Uharte-Arakil en 1997.

“Me encontré con un amigo sacerdote, de Etxarri-Aranatz, y los dos nos acompañamos y fuimos donde los que estaban muertos, que ya estaban todos en fila puestos y dimos la unción, rezamos, bendecimos; por lo menos que alguien les acompañe en ese momento, de esa acción te queda cierta paz”, señala.

Los heridos estaban siendo trasladados a unas naves industriales cerca de la estación y Pello se trasladó hasta ese lugar para tratar de ayudar por sus conocimientos médicos. Las ambulancias y los coches particulares ya estaban trasladando a los más graves a centros hospitalarios.

“Fue una evacuación rapidísima. Ningún herido murió, ninguno. Todos se salvaron”, subraya el sacerdote, quien recuerda que los vecinos de la zona se volcaron en ayudar: “La gente colaboró mucho; a los que estaban un poco mejor, o sea, leves, les llevaron algunos a sus casas. Incluso hicieron amistad algunos”.

Una psicóloga con miedo y ansiedad

Anabel Garciandía es miembro de Cruz Roja y especialista en atención psicológica a víctimas en accidentes y catástrofes. La de Uharte-Arakil de 1997 fue su primera intervención y después ha participado en los dispositivos establecidos por las inundaciones de Badajoz (el 5 y el 6 de noviembre de 1997), el naufragio de una embarcación en el lago de Banyoles (8 de octubre de 1998) y los atentados de la estación de Atocha del 11 de marzo de 2004.

Las imágenes del accidente de Adamuz le han devuelto a la memoria muchos recuerdos: “Con todas las escenas que hemos visto se remueven todas las emociones, se revuelve todo lo que llevas dentro. Han pasado muchos años, pero, como son situaciones fuertes, ahí están”.

A raíz de la riada en el camping de Biescas (7 de agosto de 1996), relata a EFE, “es cuando nos pusimos las pilas para que el apoyo psicológico funcionara” en España tras una catástrofe. Su primera intervención fue en Uharte-Arakil: “Recuerdo la sensación de miedo, de ansiedad, un poco agobio mientras ibas en el coche repasando todo lo que tenías que hacer”.

“Y cuando llegas ahí, el ruido de ambulancias es lo que más recuerdo: la gente que pululaba, que iba de un lado para otro...”, destaca.

¿Cómo debe actuar un psicólogo al llegar al escenario de una catástrofe con víctimas? Anabel lo tiene claro: “Observar, tener claro a dónde tienes que ir, tener claro que vas a intentar ayudar, que no tienes una palabra mágica para disminuir el dolor y el sufrimiento de la gente”.

“Podemos minimizar un poquito ese dolor con el acompañamiento, con la escucha, con saber que no tienen que tomar decisiones en ese momento, porque tú les vas a ayudar a darles toda la información que sea necesaria”, indica.

Hay que actuar con prudencia, porque no todos somos iguales, como resalta la psicóloga: “Cada uno de nosotros funciona de formas diferentes. Hay gente que está apática, hay gente que está agresiva, hay gente que no responde, hay gente que te responde fácilmente, hay gente que mantiene distancias, hay gente que necesita un abrazo”.

En cualquier caso, apunta, es fundamental intervenir cuanto antes, porque “todas esas emociones tienen que salir, son una bomba de relojería, tienen que salir por alguna parte”, ya que “se pueden enquistar y podemos encontrarnos, con el tiempo, con un estrés postraumático”.

Además de ayudar, Anabel también ha podido hacer “un aprendizaje maravilloso de la gente, de la capacidad de sobreponerse, de pelear, de intentar salir adelante, de sacar fuerzas de donde no las hay. Reafirma que el ser humano tiene más capacidad a veces de la que pensamos”.

El recuerdo de Miguel Sanz

Una de las autoridades que primero se desplazó al lugar de la tragedia fue el entonces presidente de la Comunidad Foral, Miguel Sanz, quien recuerda que “fue muy duro, pero también, en contrapartida, la respuesta ciudadana canalizada por el Gobierno de Navarra fue tremenda, también por el Gobierno de España y los gobiernos autonómicos”.

“Inmediatamente se puso un dispositivo para resolver los problemas con los centros hospitalarios en Navarra y algunos del País Vasco”, asegura.

El expresidente, que ese día recibió por primera vez una llamada del rey Juan Carlos I desde que había accedido al cargo en el Gobierno de Navarra, valora especialmente que “la sociedad navarra se volcó” para atender a las víctimas, “incluso cediendo preferencias en las asistencias hospitalarias”.