La tragedia ferroviaria ocurrida durante la tarde-noche del domingo 18 de enero en Adamuz (Córdoba) devolvió a la memoria una imagen que, por desgracia, no resulta ajena. El 31 de marzo de 1997 –Lunes de Pascua– todo transcurría con normalidad hasta que el intercity Miguel de Unamuno, que transportaba a 243 pasajeros y cinco trabajadores y que cubría la línea Barcelona-Irun, llevaba un retraso de 12 minutos, por lo que desde el control de mando de Miranda de Ebro se decidió que el cambio de vía se produjera en la estación anterior a la habitual –la de Etxarri-Aranatz–.

De esta forma, el tren entró demasiado rápido en el cambio de agujas de Uharte-Arakil y el descarrilamiento fue inmediato. 18 muertos, 115 heridos y cientos de vidas que cambiaron por completo después de una de las mayores tragedias de la historia de Navarra y uno de los 12 accidentes ferroviarios ocurridos en el Estado.

Miembros de la DYA y la Cruz Roja, en uno de los vagones. Chema Pérez

La locomotora y el primer vagón lograron entrar al desvío por los raíles, pero el resto del convoy se salió en un violento zigzagueo. El tercero de los vagones se montó sobre el segundo, volcaron y se arrastraron por las traviesas del lado derecho. El vagón cuarto cruzó sobre la vía justo en el cambio de agujas.

El accidente movilizó a los servicios de emergencia de toda la comarca de Sakana, quienes procuraron actuar de inmediato. Porque no había otra opción. Por suerte, el lugar donde tuvo lugar el accidente se encontraba próximo a una carretera, lo que facilitó el trabajo de las ambulancias, cuerpos de seguridad y helicópteros de rescate. Asimismo, durante la noche del accidente, también acudieron hasta el lugar seis psicólogos para acompañar a los familiares de las víctimas.

Estado en el que quedaron varios vagones tras el accidente. Chema Pérez

Causas y errores

La investigación concluyó que la causa principal fue el exceso de velocidad, unido a un error humano en la interpretación de la señalización. No obstante, también se propusieron otras causas, como que a los conductores les pudo deslumbrar el sol, aunque tampoco se descartó en el juicio que la señal de avanzada indicase vía libre al paso de la locomotora.

En cualquier caso, este siniestro ferroviario abrió un debate que trascendió la esfera judicial y técnica, al evidenciar la dependencia del factor humano en puntos del trazado que exigen una reducción drástica de la velocidad y donde el margen de error es mínimo.

Con todo, tras el accidente se revisaron mejoras en los protocolos de seguridad ferroviarios. Pero, a veces, el tiempo pasa en vano. Y entonces ocurre el olvido. Así, transcurrieron meses y años, y solo unos pocos recordaban aquel incidente de marzo de 1997. Mientras tanto, surgieron nuevas líneas ferroviarias, los viajes se volvieron costumbre y la red ferroviaria experimentó un auge sin igual.

Pero ahora, 29 años después, el accidente de Córdoba devuelve a la mente una tragedia no resuelta del todo, que dejó una dolorosa huella en muchas familias de la Comunidad Foral. Y, de alguna forma, a pesar de la magnitud de este nuevo suceso, se está reavivando una experiencia y un recuerdo que, para Navarra, tiene nombre propio.