Para ser un buen escritor –y un buen abogado–, hay que saber “observar, escuchar, estudiar, aplicar los recursos técnicos y persuadir” de que aquello cuanto defienden –una historia, una persona, la inocencia de alguien– es verdad. De alguna manera, y pese a quienes no lo quieren creer, ambas profesiones –o artes– tienen mucho que ver en cuestiones de precisión, plasmar matices, condensar ideas o, en definitiva, utilizar la palabra precisa para que nadie quede indiferente con lo que se ha dicho y se ha contado. Esto es algo que el escritor Lorenzo Silva (Carabanchel, 1966) aprendió hace muchos años, después de concluir que “escribir no da de comer”. Así, estudió Derecho mientras hacía el servicio militar obligatorio con la conciencia de que se estaba “equivocando” porque aquella carrera no era su vocación. Pero tuvo que trabajar en una auditoría y ser asesor legal durante 12 años. “Ahí me reconcilié con el derecho y sentí que había acertado en mi decisión”, expuso ayer el autor en una charla en la sala de conferencias del Colegio de Abogados de Pamplona.

Algo muy similar ocurrió con Franz Kafka, uno de los escritores más relevantes del siglo XX y un doctor en Derecho que tuvo una relación “problemática” con todo cuanto había estudiado. Pero “más allá de ser un gran jurista, aunque él lo detestara, su condición de escritor lo llevó a que utilizara la palabra de una manera muy valiosa. Tanto es así, que una persona que detestaba el Derecho consiguió cambiar una legislación porque es muy bueno. Y a mí me reconcilió con lo que había estudiado porque Kafka consiguió cambiar su devenir biográfico al combinar lo que había estudiado con su vocación real”, opinó.

Dos artes que se tocan

Cuando alguien cuenta una historia –hacer una “metáfora de la condición humana”–, primero se debe conocer en profundidad. Y eso se adquiere por medio de la “observación, la escucha y el estudio”. Lo mismo sucede con los juristas cuando se enfrentan a un problema y tiene que “escuchar quién es la persona, analizar sus cuestiones vitales y realizar un estudio de materias es las que el abogado es un ignorante supino”. Y, de la misma manera que un escritor aplica los mecanismos de coherencia, cohesión, ortografía y adecuación, los abogados “tienen que aplicar recursos técnicos y aplicar conocimientos sobre leyes sustantivas, procesales o el código civil”, expuso. Sin embargo, eso no es suficiente para “emocionar” a las personas. Por eso, lo esencial es la persuasión. O, dicho de otra manera, tanto en el arte de abogar como en el de escribir resulta imprescindible “mover el ánimo de los lectores o de las personas que tienes en frente en un juicio. Y que crean que se todo cuanto defiendes tiene un fundamento en la verdad”, resumió. De esta forma, Lorenzo Silva –el escritor– es un novelista que tiene “sentado en el hombro mientras escribo”.

Por otro lado, también mencionó que el papel de la policía en la literatura tiene un “papel perverso” y poco “interesante”, ya que tan solo funcionan como justicieros, emulando –de una forma muy simple– a los caballeros andantes. “Pero la función de la policía es auxiliar. No decide y eso le da mucha grandeza porque es un agente de la maquinaria social que asume que otros deciden. Cuando se les trata como meros persecutores del delito, les acerca más –conmueven más– porque no son los representantes de la ley”. De una ley que no les pertenece, pero de la que se escribe mucho y que, en cualquier caso, tiene una única intención, que es, obtener la verdad. Porque, como diría Schopenhauer, “la verdad llega lejos y perdura”.