La historia de la familia Moreno Llorente: de las cuevas de Valtierra a los cañaverales de Australia
La historia de la familia Moreno Llorente refleja la emigración de decenas de navarros que en los años 50 y 60 cruzaron medio mundo en la llamada ‘Operación Boomerang’ en busca de trabajo y oportunidades. “Éramos jóvenes y aquí no veíamos futuro”.
“No sabíamos ni dónde estaba Australia, pero éramos jóvenes y queríamos un futuro mejor”. La historia se remonta a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, cuando decenas de vecinos de la Ribera emprendieron un viaje hacia un destino tan lejano como desconocido. Aquella migración colectiva, conocida como Operación Boomerang, llevó a unas cincuenta familias a cruzar medio mundo en busca de un porvenir que en la España de entonces parecía imposible.
Entre ellos estaban Manuel Moreno López y Montserrat Llorente Munárriz, que partieron en 1961 desde Valtierra con su hija Juana Mari, que por entonces solo tenía cuatro años, rumbo a un destino del que apenas tenían referencias. Ya en el país aussie nació en 1965 Peter, el segundo hijo.
Más de seis décadas después, sus recuerdos permiten reconstruir cómo fue aquel viaje, las dificultades de la adaptación y el contraste entre la Australia en expansión y la España del franquismo. “Cuando emigras, tienes el corazón dividido. Mientras estábamos en Australia pensábamos en España y, tras más de 50 años aquí, seguimos soñando con Australia”, resume Montserrat Llorente, que narra su peculiar periplo acompañada por sus dos hijos.
La infancia en Valtierra: “Vivíamos en una cueva y trabajé desde los 12 años”
Montserrat Llorente nació en Valtierra en 1933 –un año después que su marido Manuel Moreno López– y pasó toda su infancia viviendo en una cueva en el monte. “Cada vez que nacía alguien nuevo se hacía una habitación más con pico y pala”, recuerda.
“En el franquismo, les daba vergüenza que viviéramos en cuevas y empezaron a hacer lo que se llamaba las ‘casas baratas’. Se dice que construyeron a lo largo de toda la carretera para tapar las cuevas del monte y que la gente no las viera al pasar. Ese es uno de los motivos por los que Valtierra es tan lineal”.
En aquella época, la vida cotidiana estaba marcada por la precariedad. No había agua corriente y muchas tareas básicas exigían un gran esfuerzo. “La ropa se lavaba en el río y el agua también se cogía allí”, explica.
Montserrat empezó a trabajar muy pronto. A los doce años se marchó como empleada doméstica a distintas ciudades. “Estuve en Pamplona, en Zaragoza y en Bergara. Era una época de una depresión económica tremenda y teníamos para comer porque disponíamos de un huerto, pero nada más. Nos daba para lo justo”.
La decisión de emigrar: “Éramos jóvenes y no veíamos futuro”
A comienzos de los años sesenta, miles de españoles comenzaron a emigrar a Europa para trabajar en países como Suiza, Alemania o Francia. Poco después, Australia abrió su programa de inmigración y firmó un convenio de colaboración con Navarra. Aunque Manuel Moreno era encargado y contaba con un empleo fijo, la familia veía pocas oportunidades de progresar.
“Un día fui a Pamplona y vi en unas oficinas que buscaban gente para ir a Australia. Volví a Valtierra, se lo conté a mi marido y nos lanzamos. Ya se habían apuntado tres familias del pueblo y eso nos animó”.
Las razones eran claras. “Éramos jóvenes y la situación económica y social era mala. No veíamos futuro y había muy pocas libertades. En nuestro caso no fuimos represaliados políticamente, sino dada la situación de crisis en la época del franquismo”, zanja Montserrat.
Un mes de viaje a lo desconocido: “No sabíamos muy bien dónde estaba Australia”
Antes de partir, los candidatos debían superar una exhaustiva revisión médica. “Nos miraron hasta los dientes para rellenar los documentos”, recuerda.
El viaje de Monserrat, Manuel y su hija Juana Mari comenzó en 1961 en Barcelona, desde donde embarcaron rumbo a Australia. Las expediciones recibían nombres como Canguro, Eucaliptus, Emú, Karry o Torres, y los barcos también tenían denominaciones como Toscana, Montserrat o Monte Udela.
“El nuestro se llamaba Aurelia. Salimos en la tercera expedición y estuvimos un mes de viaje. Ni sabíamos muy bien dónde estaba Australia”, asegura riendo.
La travesía cruzó el Mediterráneo, el canal de Suez, el mar Rojo y el océano Índico antes de llegar al continente australiano. Al arribar, fueron trasladados al centro de recepción de inmigrantes de Bonegilla, cerca de Melbourne. “Nos alojaban en casetas y nos enseñaban inglés mientras buscábamos un empleo”.
Durante el primer año, Manuel trabajó en una fábrica de acero. Sin embargo, su vocación era el campo y la familia terminó trasladándose al norte del país. “Nos fuimos a Queensland, donde se dedicaba a cortar caña de azúcar”.
La dura vida en el campo: “Íbamos del tabaco a la caña, fue una época mala”
Los primeros años en Australia fueron especialmente duros para la familia. “Era una época mala y una vida complicada porque estábamos tres meses con la caña y luego nos trasladábamos al tabaco. Íbamos de campaña en campaña y cambiábamos de pueblo continuamente”.
Por ello, el alojamiento era básico y a menudo temporal. “Las casas tenían agua y electricidad, pero lo justo. Era el campo australiano en los años sesenta”, escenifica Montserrat.
Mientras los hombres trabajaban en los cultivos, Montserrat se ocupaba de cocinar para las cuadrillas.
“Había grupos de tres o cuatro hombres que contrataban cada zona de cañaveral y yo les hacía la comida”.
Para Juana Mari, la vida era más dura para las mujeres que para los hombres. “Ellas estaban al cuidado de los hijos y veían lo que pasaba. Mi madre siempre dice que no dormía por las noches porque tenía miedo de que vinieran las culebras”.
Una infancia entre dos mundos: “No daba tiempo a hacer amigos en la escuela”
Para los hijos de los emigrantes, la experiencia también supuso un fuerte impacto. Peter, que ya nació en Australia, recuerda las dificultades de adaptación que tuvieron tanto él como su hermana. “Os podéis imaginar el impacto que puede tener todo esto en una niña tan pequeña como era mi hermana. Mis padres no sabían inglés y era ella la que tenía que explicar al médico lo que les pasaba. Además, cambiaban de pueblo y de colegio continuamente”.
Juana Mari llegó a pasar por más de diez escuelas durante la primaria. “No me daba tiempo a hacer amigos. A los tres o cuatro meses nos volvíamos a mudar y era muy complejo para mí”.
El regreso a España: “Vine con minifalda y aquí todo me parecía gris”
La mayoría de las familias navarras que participaron en la Operación Boomerang regresaron años después a su lugar de origen. “Se quedaron en Australia aproximadamente un cinco por ciento. La mayoría volvió tras ahorrar algo de dinero. En Australia los salarios eran muy superiores y se ganaba tres o cuatro veces más que en España”, explica Peter.
Sin embargo, el retorno tampoco fue sencillo. La familia regresó primero durante quince meses a Navarra y posteriormente volvió a Australia otros seis años antes de asentarse definitivamente en Navarra. “Mi padre todavía quería volver de nuevo a Australia, pero mi madre decía que no porque los hijos eran ya mayores y tenía que hacerse una vida estable. Menos mal que mi madre se opuso porque mi padre no sabía ni inglés. Y yo creo que, cuando vinieron a Valtierra, vivieron bien”, explica Juana Mari.
El contraste entre ambos países era evidente. “En Australia había muchos coches y en España casi no se veían”, recuerda Montserrat. Pero la diferencia también era social y cultural. Juana Mari recuerda con claridad su regreso a Europa siendo adolescente. “Llegamos a Barcelona en invierno y todo me parecía gris. Las mujeres iban de negro y de luto. Yo venía de Australia con una minifalda de colores y descalza y me impactó mucho. Estuve el primer año llorando casi todos los días porque tenía valores australianos y fue un choque”, confirma.
“Eso sí, con el tiempo lo pienso y estoy muy agradecida de haber estado en Australia: me hizo crecer y madurar antes. Además, sigo teniendo amigas en Australia y dos de ellas han venido dos años seguidos aquí”.
La memoria de la inmigración: “Hay que ponerse en la piel de los que vienen hoy”
Hoy, los protagonistas de aquella historia reivindican la memoria de esa experiencia migratoria. “La emoción del inmigrante está entre dos mundos. Allí estás bien, pero quieres volver a casa. Y cuando vuelves, también cuesta adaptarse”, explica Juana Mari.
Ahora, Peter Moreno preside la Asociación Navarra Boomerang Australia Elkartea, creada para mantener el vínculo entre quienes vivieron aquella etapa. La asociación organiza encuentros y recopila testimonios de quienes participaron en aquella emigración. “Llegamos a reunir a 500 personas en algunas comidas. Ahora estamos recogiendo entrevistas y materiales para que esta historia no se pierda”.
Para la familia Moreno Llorente, la experiencia de la emigración sigue teniendo hoy un significado especial. “Nosotros también hemos sido inmigrantes en un país de inmigrantes”, recuerda Peter. Por eso consideran importante mirar con empatía a quienes llegan hoy a España en busca de oportunidades. “A todos nos han ayudado en otros países. Hay que ponerse en la piel de quienes vienen y ofrecerles nuestra ayuda”, concluyen.
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