Diez años después de aquellas noches de julio de 2016, la plaza y las calles de Pamplona todavía guardan el eco de un grito que cambió la manera de nombrar la violencia sexual en el Estado español: “Yo sí te creo”. La violación grupal cometida por cinco hombres contra una joven durante los Sanfermines de aquel año no solo terminó en condena judicial años después; también encendió lo que muchas académicas feministas señalan como la cuarta ola del movimiento, una reacción social que salió a la calle y no ha vuelto a replegarse del todo.

La efeméride, que se cumple este mes de julio, fue recordada el pasado viernes por la presidenta del Instituto de las Mujeres, Cristina Hernández, durante las jornadas “Yo sí te creo: diez años de movilización feminista frente a la violencia sexual”. La fecha coincide, además, con otro aniversario doloroso para Pamplona: los 18 años del asesinato y violación de Nagore Laffage, también durante los Sanfermines. Dos crímenes separados por ocho años pero unidos en la memoria colectiva de la ciudad, que cada julio vuelve a mirarse en el espejo de ambos casos.

La unión entre mujeres

“Hasta entonces era algo que se ocultaba, de lo que no se hablaba”, ha explicado Teresa Saez, dirigente de la asociación Lunas Lilas en Pamplona, quien ha subrayado que el caso de La Manada sirvió para confirmar que el trabajo iniciado tras el crimen de Nagore “estaba funcionando por la unión que hubo” entre las mujeres. Su compañera en la asociación, Carmen Echevarría, ha recordado el impacto de aquella tarde de hace una década: al salir del trabajo, dice, “no podía creer” que un episodio así hubiera vuelto a repetirse en la ciudad. Echevarría no ha querido pasar por alto la polémica judicial que siguió al caso, cuando algunos magistrados llegaron a describir los hechos con palabras como “fiesta y jolgorio”. Frente a eso, defiende, la respuesta de la calle fue crecer en lugar de replegarse: “Todavía te ensañabas más y tenías más ganas de decir, pues no, estamos nosotras enfrente y no vais a pasar”.

La socióloga feminista Rosa Cobo ha situado el caso en un plano más amplio durante su intervención en las jornadas. A su juicio, La Manada tuvo una consecuencia social muy concreta: puso en el centro del debate la credibilidad de la palabra de las mujeres cuando denuncian una agresión sexual. “Dio respuesta a esa falta de credibilidad de las mujeres y a ayudarlas a avanzar con el trauma que supone una agresión sexual”, explica Cobo, que no ha dudado en calificar al movimiento feminista como “lo más civilizador que ha ocurrido en el siglo XXI”.

Diez años después, el trabajo no se ha detenido. En Pamplona funciona ya de forma permanente el grupo Sanfermines en Igualdad, en el que colaboran durante todo el año el Ayuntamiento, el movimiento feminista y distintos grupos asociativos de la ciudad para preparar cada edición de las fiestas, con protocolos de actuación y puntos violeta que hace una década no existían. “Podemos hacer que haya las manos y los recursos suficientes para que la culpa y la vergüenza cambien de bando, que la mujer note que la sociedad está a su lado”, resume Saez. Echevarría cierra con la misma determinación con la que empezó: “No nos vamos a apartar, hay que romper el silencio en la calle, en casa, en el bar y donde sea”.