Condenado un policía foral que pegó y maltrató a su pareja en Pamplona
Una jueza de la capital navarra impone 18 meses de prisión a un agente en activo que abofeteó a la mujer en un ataque de celos, de los múltiples que tuvo en los cinco meses de una relación de control absoluto
La jueza de lo Penal número 5 de Pamplona ha condenado a 18 meses de prisión a un agente en activo de la Policía Foral de 55 años de edad por dos delitos de malos tratos sobre la que era su pareja, uno habitual y otro ocasional en el que llegó a abofetear a la víctima, la agarró del cuello mientras le decía que la iba a matar. La sentencia, que no es firme, priva del derecho a la tenencia y porte de armas al acusado durante cuatro años y medio y la prohibición de aproximarse a la víctima a menos de 500 metros durante siete años. Tiene que indemnizar a la mujer con 4.000 euros.
El procesado es uno de los agresores de Navarra a los que se le colocó una pulsera telemática de seguimiento y que más veces ha hecho saltar las incidencias debido a las pérdidas de cobertura o a no respetar el alejamiento durante la instrucción del procedimiento. Además fue absuelto hace unos años de otro delito de violencia machista por el que fue denunciado por otra pareja anterior.
La sentencia afirma que agresor y víctima se conocieron trabajando en Pamplona, en un lugar en el que él ejercía como policía foral. Mantuvieron una relación sentimental durante cinco meses desde agosto del año 2022 hasta enero del año 2023. Ella pernoctaba con asiduidad en el domicilio de los padres del acusado. Sobre las 5.00 horas de la madrugada del día 27 de enero de 2023, el acusado y ella se encontraban durmiendo en la casa de los padres del acusado cuando él, celoso por un compañero de trabajo de ella, le despertó. Ya cansada de este tipo de situaciones, ella se levantó para marcharse, momento en el que el acusado con la intención de atentar contra su integridad física, le agarró con fuerza de la parte superior del cuello y le empujó contra la cama, donde reiteradamente le abofeteó mientras le decía que le iba a matar. Fruto de dicha agresión, la víctima sufrió lesiones consistentes en hematoma en párpados y en las mandíbulas y requirió varias semanas para su curación.
Las conductas de cesión de la perjudicada no evitaban los enfados del acusado que la castigaba amenazándole con romper la relación cada vez que tenía un ataque de celos y, paralelamente le bloqueaba en el teléfono para poco después desbloquearle. También la amenazó con que si no se casaba con él, sería una víctima más de la violencia de género y con hacerle daño y con que si le dejaba, la mataría.
Baja por ansiedad
Como consecuencia de estos hechos, la mujer cursó baja laboral por ansiedad a finales del año 2022 y ha realizado tratamiento psicológico. El acusado negó en el juicio la agresión, dijo que cuando salieron de casa ella no tenía lesión alguna y que, desconoce si tras dejarla en la puerta del trabajo, entró directa al mismo o la lesión se la podía haber producido entre un momento y otro. En su informe final, la defensa añadió la posibilidad de que la lesión se la hubiera hecho al pasar por el garaje del trabajo. Sin embargo, a la médico forense le admitió que ella “tenía un ojo hinchado. “Es una contradicción, pero no la única”, destaca la jueza. Recuerda que tres agentes de la Policía Foral y otro compañero de trabajo fueron testigos directos de las lesiones que presentaba la víctima y de su “congruente estado emocional con una agresión como la que es objeto”.
Ha quedado probado que el acusado, desde el inicio de la relación, ha mostrado una actitud muy celosa hacia la víctima, llevando a cabo multitud de actitudes de control que se materializaban de diferentes maneras. En una ocasión permaneció junto a ella durante toda su jornada diurna y en otra ocasión, hizo lo mismo durante todo el turno de noche. Con la misma finalidad de control le impuso su presencia en una entrevista de trabajo en la que su entrevistador era un varón.
Un control incesante y un comportamiento de posesión
En las ocasiones en las que ambos se encontraban desempeñando sus funciones en la misma sede, se colocaba a escasos metros de ella sin que ello fuera requerido por sus funciones. En el ejercicio de dicho control, le llamaba de manera constante y le imponía que ella le besara durante la jornada para demostrar a los trabajadores que “era suya”. Se mostraba extremadamente celoso, vertiéndole expresiones tales como zorra, también le decía que era una calientapollas por ponerse leggins.
Ella adoptó un papel de sumisión durante toda la relación con constantes actitudes de cesión para evitar sus enfados. Así, tenía que cogerle el teléfono de manera inmediata, tenía que aceptar que, a cualquier hora de la madrugada mientras dormía, le llamara por videollamada para comprobar que ella no estaba con nadie, tuvo que borrarse de las redes sociales, aceptar que le instalara una aplicación de geolocalización en su teléfono y que le bloqueara a varios de sus contactos del móvil, así como tener una actitud más distante y esquiva con sus compañeros varones del trabajo.
Estos también fueron testigos directos de su actitud esquiva, de su inicial pretensión de ocultación de las lesiones sufridas y de su afán protector hacia el acusado a quien en modo alguno quería perjudicar, lo que permite otorgar al testimonio de la víctima de un singular peso probatorio”. Los testigos fueron coincidentes en que la vieron llorosa, nerviosa, con miedo, cabizbaja, compatible con la agresión de aquella madrugada, e igualmente han sido testigos directos de su actitud esquiva a denunciar, minimizadora y protectora con el acusado. Además, todos los que han trabajado con ambos manifiestan que en el trabajo habían detectado una frecuente actitud controladora hacia la víctima.
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