Drácula, anatomía de un mito inmortal
El 27 de mayo se celebra el ‘Día Mundial de Drácula’, y que mejor ocasión para repasar las representaciones más icónicas del personaje creado por Bram Stoker
El cine no inventó a Drácula pero selló la inmortalidadde la que ya gozaba en la novela de Bram Stoker. El príncipe de la noche surgido de la imaginación del escritor irlandés ha sido retratado en celuloide de múltiples maneras: monstruo atroz, seductor, víctima trágica, o incluso símbolo de reivindicación racial.
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La primera encarnación del mito no tuvo los derechos de la obra pero sí la suficiente fuerza visual como para ser recordada por generaciones. F.W. Murnau nos brindó 'Nosferatu' en 1922. El maestro expresionista alemán supo imprimir al personaje un aura aterradora que probablemente no haya sido superada hasta la fecha. El misterioso actor Max Schreck, del que se llegó a decir que era un vampiro real -leyenda urbana acertadamente retratada en la excelente 'La sombra del vampiro' (2000, E. Elias Merhige)-, era un Drácula apócrifo antítesis de la seducción. Murnau lo convirtió en una criatura esquelética, con orejas de murciélago y garras de rata que se movía habilidosamente entre sombras. Werner Herzog rindió homenaje a su compatriota con 'Nosferatu, vampiro de la noche' (1979), memorable versión protagonizada por el excéntrico Klaus Kinski e Isabelle Adjani.
En 1931, la Universal empezaría a definir sus icónicos monstruos con una adaptación de Drácula a cargo de Tod Browning, ya con los derechos de la novela de Stoker, más cercana al teatro que al cine. El actor húngaro Bela Lugosi, que desde ese momento quedaría atrapado por el personaje hasta su fallecimiento, despojó al vampiro de su fealdad para vestirlo de frac. Sin colmillos pero con una mirada intensa y acento hipnótico, Lugosi no necesitó de sangre para cautivar a la audiencia durante la época de la Gran Depresión.
DE LUGOSI A LEE
La hemoglobina en technicolor no llegaría hasta finales de la década de 1950. Los estudios británicos Hammer convirtieron a Drácula en marca de la casa. 'Horror of Dracula' fue la carta de presentación de Christopher Lee como el letal vampiro. El romanticismo de Lugosi daba paso a un depredador implacable guiado por un hambre insaciable y enfrentado a un Van Helsing interpretado por su amigo Peter Cushing. El imponente físico de Lee reescribió las reglas del personaje. Fue el primero en mostrar colmillos goteando sangre de un rojo vibrante y en dotar al rey de los vampiros de una fisicidad feroz y una sexualidad animal bajo la cual caían rendidas las exuberantes mujeres que convertía en sus concubinas.
Pero los títulos de la Hammer se alejaban de la novela original y no fue hasta 1979 cuando John Badhamdecidió dar nuevos aires y, sin ser totalmente fiel -traicionaba los parentescos de la novela e intercambiaba los roles de Mina y Lucy-, ajustarse más al texto de Stoker, acentuando el romanticismo. Bajo el paraguas de nuevo de la Universal, el director británico reclutó a Frank Langella, quien al igual que Lugosi ya había interpretado al personaje en el teatro. El resultado fue posiblemente el Drácula más elegante, seductor y subyugante de la historia, trepando por muros y convirtiéndose en murciélago; un ser irresistible bajo una apariencia amable enfatizada por la bella banda sonora de John Williams.
El siguiente gran salto evolutivo llegó en 1992. Francis Ford Coppola nos entregaría el Drácula definitivo con los rasgos del camaleónico Gary Oldman (papel que apunto estuvo de agenciarse Antonio Banderas). La cinta del autor de 'El Padrino' arranca con un furioso prólogo en el que se nos desvela el origen del vampiro: el príncipe Vlad III de Valaquia, conocido como El Empalador.
Gary Oldman, cuya carrera había tomado impulso gracias a la nominación al Oscar por su Lee Harvey Oswall en 'JFK', va mutando durante toda la película; le vemos como un anciano decrépito, un terrorífico lobo, una criatura surgida del mismísimo infierno y, sobre todo, un joven y apuesto príncipe al que no le afecta la luz del día. Coppola humanizó al monstruo, convirtiéndolo en una figura trágica más que en un chupasangres; su necesidad de recuperar a su amada era mayor que su sed de sangre.
De ‘Blaxploitation’ a Barrio Sésamo
Pero la grandeza de Drácula reside también en su capacidad de adaptación, y en este caso la variante más fascinante sociológicamente fue su incursión en el cine blaxploitation de los 70. En 1972 se estrenaba 'Blacula' (William Crain), cuyo inesperado éxito propició una secuela en 1973, 'Scream Blacula Scream' (Bob Kelljan), con una jovencísima Pam Grier. Aunque pudiera parecer una parodia, nada más lejos de la realidad. William Marshall es un príncipe africano transformado en vampiro por el Conde Drácula (retratado aquí como un aristócrata racista y esclavista) cuando acude a Transilvania junto a su esposa para pedirle ayuda contra el tráfico de esclavos.
Tras años sepultado en un ataúd, Blacula regresa al mundo de los vivos en Los Ángeles, donde tratará de ganarse el favor de una mujer vivo reflejo de su esposa mientras siembra la ciudad de no muertos. Años después, Eddie Murphy reinventaría al personaje en la estimable 'Un vampiro suelto en Brooklyn' (1995, Wes Craven).
Y también con humor...
Con el tiempo también hubo una transición natural hacia la comedia. La parodia ha servido para desmitificar al vampiro y otorgarle problemas mundanos y terrenales, como en Amor al primer mordisco, en la que Drácula (George Hamilton) es desahuciado de su castillo y se muda a Nueva York en busca de su particular Mina. Abbott y Costello contra los monstruos, 'Drácula: Un muerto muy contento y feliz,' Brácula: Condemor II', con el inefable Chiquito de la Calzada, o la más reciente 'Renfield' son buena muestra de que el terror siempre puede transformarse en situaciones desternillantes.
Otras variantes muy queridas son el anime de la incasable factoría Toei 'La tumba de Drácula', basada en el cómic del mismo nombre y que aterrorizó a los niños durante su ¿inoportuna? emisión en el programa infantil 'Mazapán' en las mañanas de las navidades de 1984. Y la culminación pop del mito: el entrañable Conde Draco de 'Barrio Sésamo', obsesionado con contar, precisamente un rasgo folclórico de los vampiros europeos.
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