Prólogo: Helaine
París, 1943
Oscuridad.
Helaine avanzó a trompicones, incapaz de ver a través del vacío que la rodeaba. Sentía los hombros de las demás presionándole a ambos lados. El hedor de los cuerpos sucios le llegó a la nariz mezclado con su propio olor corporal. Rozó una pared rugosa con la mano y se raspó los nudillos. Alguien más adelante se tropezó y chilló.
Unas horas antes, cuando llevaron a Helaine de su celda subterránea a la sala de custodia adyacente, se había sorprendido al ver a otras mujeres esperando. No se había encontrado con nadie desde su arresto. Estudió a las mujeres, de diferentes edades y clases sociales, en un intento de dar con algo en común que las hubiese llevado allí. Solo había una cosa: eran judías. La estrella amarilla que portaban, ya fuera desgastada y toscamente cosida en un vestido raído y de segunda mano o planchada con cuidado sobre las elegantes ropas que eran la última moda en París, era idéntica, y las convertía a todas en iguales.
Permanecieron de pie en la zona vacía sin atreverse a hablar.
Helaine estaba segura de que su arresto se debía a un error. No había hecho nada malo. Tenían que liberarla. Pero incluso mientras pensaba esto, sabía que el antiguo mundo en el que había sido una ciudadana francesa con derechos ya no existía.
Pasó una hora, después dos. No había dónde sentarse y unas cuantas personas se dejaron caer al suelo. Una mujer mayor se durmió contra la pared con la boca abierta. De no haber sido por cómo le subía y bajaba el pecho, podría haber estado muerta. El hambre se apoderó de Helaine, que deseó tener todavía los bollos recién horneados que había comprado en el mercado justo antes de que se la llevasen. Los escasos panes, que tan patéticos le habían parecido días antes, ahora serían un festín. Pero le habían confiscado sus pertenencias tras arrestarla.
Helaine alzó la mirada hacia la pequeña rendija que era la ventana cercana al techo. Seguían en París. El olor amargo de las calles de la ciudad y los sonidos de los coches y los pasos, a pesar del toque de queda, le resultaban familiares, e incluso reconfortantes. Desconocía cuánto tiempo pasarían allí. Helaine estaba dividida. No deseaba quedarse en aquella habitación vacía para siempre, pero, al mismo tiempo, temía salir de allí, pues dondequiera que las llevaran, seguro que sería mucho peor.
Al final, la puerta se abrió.
—Sortir! —les ordenó una voz en francés, lo que le recordó que los agentes de policía que las habían llevado hasta allí y que las mantenían cautivas no eran alemanes, sino su propia gente.
Se puso en fila con las otras en el tenue pasillo y salieron de la comisaría hacia la acera. Al ver los edificios familiares y la calle que se alejaba de allí, Helaine se planteó salir corriendo por un momento. Sin embargo, no tenía ni idea de adónde iría. Se imaginó yendo a la casa en la que pasó su infancia y dudó si la madre de la que se había distanciado la acogería o le daría la espalda. Pero las mujeres estaban bien vigiladas y no había ninguna posibilidad real de escapar. En su lugar, respiró el aire fresco en profundas aspiraciones, con la sensación de que no volvería a estar al aire libre en una temporada.
Agolparon a las mujeres en una rampa que conducía a un camión parado. Helaine retrocedió. Iban a meterlas en la parte de atrás de un vehículo que debería transportar bienes, no personas. Quiso protestar, pero no se atrevió. El hedor del grano rancio y la carne podrida, el anterior cargamento del camión, le invadió las fosas nasales y se mezcló con su propio tufo en el aire caliente. Habían pasado tres días desde que se había bañado o cambiado, y su vestido estaba arrugado y sucio, los rizos negros, una vez llenos de brillo, estaban apagados y apelmazados contra su cabeza.
FICHA
- Título: ‘El último atardecer de París’
- Autora: Pam Jenoff
- Traducción: Gemma Benavent
- Género: Novela
- Editorial: Liriva
- Páginas: 472
Cuando estuvieron todas dentro del camión, el pestillo trasero se cerró con un siniestro chasquido.
—¿Dónde nos llevan? —susurró alguien. Se hizo el silencio. Nadie lo sabía, y todas tenían demasiado miedo para atreverse a adivinarlo. Habían oído historias de trenes que se dirigían al este, hacia lugares terribles de los que nadie volvía jamás. Helaine se preguntó cuánto duraría el viaje.
A medida que avanzaban dando tumbos por las calles de París, sus huesos, que ya estaban doloridos de haber dormido en el duro suelo de la celda, gritaron de dolor. Tenía la boca seca y el estómago vacío. Quería agua, comida y un baño caliente. Quería volver a su hogar.
Si es que su hogar seguía existiendo siquiera. Gabriel, el marido de Helaine, había desaparecido en Alemania y su destino era incierto. Apenas había hablado con sus padres desde antes de la guerra, y a ella misma se la habían llevado sin previo aviso. Nadie sabía que la habían arrestado ni dónde había ido. Simplemente era como si hubiese dejado de existir.
Para distraerse, Helaine trató de imaginar la ruta que habían tomado fuera del camión sin ventanas, a través de las arboledas por las que había paseado con total libertad hacía unos días, junto a las cafeterías y las tiendas. Esos lugares que le resultaban tan familiares deberían haberle proporcionado algún consuelo, pero comprendió que esta podría ser la última vez que recorrería este camino, y esa idea solo hizo que acrecentara su desesperación.
Varios minutos más tarde, el camión se detuvo con un chirrido. Supuso que habían llegado a una estación de tren. El pestillo trasero se abrió y las mujeres se asomaron entre la oscuridad.
—Raus! —ordenó una voz. Que ahora estuvieran bajo vigilancia alemana solo confirmaba los peores temores de Helaine sobre adónde se dirigían—. Schnell! —Alguien dejó salir un grito que era una mezcla entre la angustia y la incertidumbre que todas sentían.
SOBRE LA AUTORA
Pam Jenoff es autora de varios libros de ficción histórica, incluido el bestseller del NYT The Orphan’s Tale. Tiene un título en asuntos internacionales de la Universidad George Washington y un título en historia de Cambridge, y obtuvo su JD (Doctorado en Derecho) en la Universidad de Pensilvania.
Sus novelas están inspiradas en sus experiencias trabajando en el Pentágono y como diplomática del Departamento de Estado, encargándose de temas relacionados con el Holocausto en Polonia. Vive con su esposo y sus tres hijos cerca de Filadelfia, donde enseña derecho.
Las mujeres salieron del camión y Helaine se tropezó y soltó un chillido cuando se golpeó la rodilla.
—Silencio —la advirtió una voz femenina aterrada. Alguien le tendió una mano y la ayudó a bajar por la rampa con una delicadeza inesperada.
Fuera del camión había un poco más de luz y Helaine fue capaz de vislumbrar una especie de muelle de carga. El grupo avanzó hacia un edificio enorme.
Helaine volvía a verse envuelta en oscuridad. Así era como había acabado en un edificio desconocido, arrastrando los pies a ciegas con un grupo de mujeres a las que no conocía, insegura por no saber adónde se dirigían o el destino que les deparaba. No veía nada, solo sentía temor y confusión a su alrededor. Parecía que se encontraban en una especie de pasillo, apretujadas todavía más de lo que ya habían estado. Helaine posó una mano en el hombro de la mujer frente a ella en un intento de no volver a caerse.
Las condujeron con brusquedad a través de una puerta hasta una habitación que también carecía de luz. Nadie se movió ni habló. Helaine había oído rumores sobre ejecuciones en masa, grupos de personas gaseadas o simplemente fusiladas. Tal vez los alemanes les hacían eso ahora. Se le puso la piel de gallina. Pensó en aquellos a quienes más amaba, en Gabriel y, a pesar de todo lo que había ocurrido, en sus padres. Helaine quería que su último pensamiento fuesen sus rostros y no el miedo.
Unas luces brillantes se encendieron de repente e iluminaron el espacio a su alrededor.
—Mon Dieu! —exclamó alguien en voz baja detrás de ella.
Helaine parpadeó y apenas creyó lo que veían sus ojos. No estaban en un campo ni en una prisión. En su lugar, estaban de pie en la sala de muestras de lo que una vez habían sido los mayores grandes almacenes de París.