Prólogo

24 de abril de 2016

Sé que he hecho cosas terribles, pero juro, en el nombre de Cristo, que soy inocente.

Nunca me han gustado los ánimos condescendientes, las palmaditas en la espalda ni las miradas a medias. Como las de los vecinos y voluntarios que me acompañan esta noche. No hablan. Su silencio es incómodo y morboso a la vez. Una quietud solo interrumpida por los chasquidos de las ramas que se quiebran al pisarlas y los ladridos de los pastores alemanes que rastrean la zona nerviosos, desorientados. No más que yo, desde luego. Cada vez que uno de esos perros se detiene arañando la tierra, mi corazón se aprieta y, durante unos segundos, respiro por inercia. Por un lado, quiero que aparezca; necesito que lo haga. Hace cinco días que no sé nada de ella. Por otro, pienso que es mejor así; hay heridas en las que es mejor no hurgar y dejar enterradas. Quizás esta no sea ahora la mejor de las comparaciones, pero es la puta verdad.

Estoy temblando, en medio de un cerro, a tres kilómetros de casa, rodeado de vecinos, de los agentes, de periodistas. 

La portada. Cedida

Nunca me ha gustado relacionarme con tanta gente. Son una legión de almas en pena que se presentan a sí mismos como héroes de barrio. Diluvia, llueve muchísimo, aunque uno no sabe cuánto es demasiado si en el fondo necesita que el agua arrastre y se lleve monte abajo todo lo que no está bien. Como al ducharse con agua caliente y frotarse con arrepentimiento después de serle infiel a tu pareja. Un viento frío de abril empuja la hojarasca del cerro por el que caminamos.

Tres perros rodean desquiciados un trozo de tierra removida entre el brezo y la jara. Los animales empiezan a escarbar como si les fuera la vida en ello. Tienen la mirada ida, como la de un loco maniático. Supongo que, si en este momento alguien me mirara, podría pensar lo mismo de mí. Están obsesionados con encontrar algo, sea lo que sea. Pasa lo mismo en esas parejas rotas en las que la confianza ha muerto y uno de los dos dedica sus días a escrutar al otro. «El que busca encuentra», dicen. Uno de los agentes que me acompaña recibe un aviso en su walkie, que suena como un altavoz entre el murmullo de los voluntarios:

—Parece que hemos encontrado algo.

«El que busca encuentra», pienso otra vez.

Natalia buscó demasiado. Yo, también.

Los dos encontramos lo que no debíamos. Ahora toca en contrarla a ella.

La ficha

  • Título: El sótano
  • Autor: Roberto Leal
  • Género: Thriller
  • Editorial: Espasa Narrativa
  • Páginas: 344

Capítulo uno

 En la actualidad

La hostia sonó como si detonaran el edificio donde trabajaba, en el madrileño barrio de San Blas. No la vio venir, aunque desde hacía unos meses ya le habían dejado alguna que otra pista, como los retrasos en el pago de su raquítica nómina o el tercer cambio de oficina. No eran buenos tiempos para Securitech Group.

«Buenos días. Sube a mi despacho, tenemos que hablar», le escribe su jefe de departamento al móvil.

No ha habido ninguna conversación en la historia de la humanidad que acabe bien con esa premisa. Sobre todo porque, detrás de un «tenemos que hablar», solo habla una persona y la otra se defiende.

Samuel deja sobre su mesa de trabajo el medio café de máquina que le queda. Es el segundo de la mañana. Móvil en mano, sube las escaleras desde la planta baja hasta la tercera arrastrándose.

Tiene cincuenta y cuatro años, aunque aparenta algunos más. 

Hace mucho que dejó de cuidarse: ha cogido peso y su aspecto pobre y desaliñado de un tiempo a esta parte lo retrata. Ya no se apura bien la barba como hacía antes; ahora, su cara es una lija.

Su pelo negro y rizado, con algunas canas propias de la edad, es lo único que envidian sus compañeros de oficina. 

Aún le queda algo del hombre atractivo que fue, especialmente por el azul intenso de sus ojos, aunque últimamente no se reconozca en ellos. Llevan demasiado tiempo apagados.

Antes elegía con cierto esmero sus camisas; ahora la que lleva parece colgarle como si no terminara de asumir el escombro en el que se ha convertido. Todo en su figura habla de una renuncia lenta, de una autodestrucción casi inadvertida, como si hubiera ido soltando pequeñas piezas de sí mismo por el camino sin darse cuenta. Como un puzle en las manos de un niño.

SOBRE EL AUTOR

Roberto Leal (1979) es un periodista sevillano y uno de los profesionales más populares y queridos de la televisión. Comenzó su andadura como reportero en España Directo y se ha convertido en presentador de programas de éxito como Pasapalabra, El Desafío u Operación Triunfo. A lo largo de su carrera ha recibido el Premio Ondas, tres Iris de la Academia y una Antena de Oro y de Plata. Es autor de varios libros de recetas, un libro infantil y otro humorístico. Con El Sótano inicia su trayectoria dentro de la novela.

Si la belleza está en el interior, la suya ya hace años que solo puede verse a través de una radiografía.

—¿Se puede? —dice Samuel después de empujar la puerta entornada del despacho con la misma ilusión del que camina al patíbulo.

—Adelante —contesta Miguel mientras saca del cajón una carpeta llena de documentos.

—Quería usted hablar conmigo, ¿verdad? —Una pregunta absurda, teniendo en cuenta que es justo lo que decía en el mensaje.

—Sí, claro, siéntate, seré breve. Como sabrás, llevamos meses pasando una mala racha. La oficina no alcanza los números que nos piden desde la central y comprenderás que hay que tomar decisiones de inmediato. Los productos chinos nos están matando: hoy cualquiera puede instalarse un sistema de videovigilancia en casa. Hay cámaras por veinte euros que solo necesitan de un buen wifi y un manitas que las coloque. La competencia es durísima, Samuel, y a mí me están presionando desde arriba. Tenemos que hacer algo.

«Y ese algo tiene que ver conmigo», dice para sí, cerrando el puño derecho y clavándose las uñas en la palma de la mano.

—Si te digo la verdad, esto me duele más a mí que a ti.

¡Bingo! Otra frase hecha sacada del manual de despido de una pyme o de un urólogo justo antes de realizar el primer tacto rectal. ¿Cuál sería la siguiente? ¿Si quieres podemos seguir siendo amigos? Miguel extiende sobre la mesa un escrito en el que se puede leer claramente: «Certificado de baja voluntaria».

Samuel piensa que voluntaria, los cojones. Treinta años dejándose la vida en la empresa con un sueldo que a duras penas da para arañar el mes sí que es voluntad. Lo de firmar esa sentencia de muerte es otra cosa.

—¿Me está hablando en serio? —suelta con la voz rota—. 

Pero... ¿cómo voy a firmar esto? ¿Estamos locos? Llevo media vida en esta empresa, he dado más de lo que he recibido nunca. ¡No puedo irme con una mano delante y otra detrás! 

—Samuel eleva la voz más de lo que acuerdan las formas—. 

No pienso firmar, tiene que entenderlo.

Su jefe lo mira fijamente como el cazador que cruza la mirada apenas dos segundos con el ciervo que pronto será su trofeo. Sabe que Samuel es un tipo introvertido. Pocas veces lo ha visto sacar así su carácter. Pero también sabe que tiene todas las de perder.

—No tienes otra alternativa, Samuel. No nos lo pongas más difícil. Es tan sencillo como firmar ahora mismo este documento por las buenas o que, en cuanto salgas por esa puerta, yo mismo me encargue de «arreglar» tu despido disciplinario. —Le parece ver el amago de una media sonrisa en la comisura de sus labios—. Tu comportamiento en estos últimos meses no ha sido precisamente ejemplar. ¿O acaso tengo que recordarte que has estado semanas enteras sin aparecer por la oficina? ¿Quieres que te diga exactamente los días que viniste el mes pasado a trabajar? ¿Que te explique dónde te han visto algunos de tus compañeros durante tus horas de trabajo? Puedo enseñarte alguna foto si quieres... Ellos mismos me las han enviado.

No, no hace falta. Samuel sabe perfectamente a qué se refiere y, en realidad, se está quedando corto. Lleva meses con la cabeza perdida. El inminente décimo aniversario de la desaparición de Natalia, su expareja, lo tiene fuera de juego. Sabe de sobra que diez años es una cifra redonda: un decenio sin saber nada de su paradero es más que una excusa perfecta para que la noticia vuelva a los periódicos, a los programas de televisión matinales y a dar de comer a los buitres, removiendo la carroña.

Pocos refugios se le ocurren a uno cuando lo único que salva en momentos así es noquear la consciencia a base de vodka con hielo. Stoli, concretamente. Un jarabe ruso que se sirve en un vaso helado y solo, tanto como lo estaba él.

En Rusia se bebe acompañado de algo salado. En el pub Samaná del barrio de San Blas, a dos manzanas de la oficina, no lo acompañan con nada.

La amenaza de Miguel —la mosquita muerta— se le clava en el pecho. Con un despido disciplinario, sus posibilidades de encontrar otro trabajo se hacen imposibles. Aquí no hay grises: o firma y se va, o lo despiden sin firmar. Desdeñado y con más rabia que dignidad, Samuel agarra el bolígrafo que le extiende Miguel y garabatea el documento, inseguro, como si estuviera ensayando la firma para el DNI.

—Eres un hijo de puta —farfulla.

—Cuídate mucho, Samuel —se despide el que ya no es su jefe.

Con un martillo golpeándole en la sien, Samuel recoge las cuatro cosas que tiene sobre su escritorio. Cuatro cosas literalmente: un diploma al empleado del mes de hace dos años, la tartera, una vieja carpeta de plástico de esas donde se guardan informes y una foto con su padre de cuando apenas era un niño. Cuatro cosas, algunas con más peso que otras. Ninguno de los compañeros que están en la oficina en ese momento levantan la mirada siquiera para despedirse.

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A los cincuenta y cuatro años eres joven para trabajar y viejo para que te contraten. Samuel sale por la puerta del edificio sin mirar atrás. Lo único que le falta ahora es convertirse en una estatua de sal, como en Génesis 19:26. No, ni él es la mujer de Lot ni esto es el Antiguo Testamento. Al poner un pie en la calle, siente que una losa de mármol le cae encima. 

Otra. Hace diez años su vida cambió para siempre. Aunque su verdadero infierno acaba de comenzar.