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Premio de Novela Fernando Lara 2026

Lectura de verano: 'El baile de las criadas', de Marta Platel

Lee aquí gratis el primer capítulo de esta novela, ambientada en la Barcelona de 1941, que combina intriga histórica, suspense y romance

Lectura de verano: 'El baile de las criadas', de Marta PlatelRoser Camps

Nunca había pensado que podría aprender algo de una criada.

Ningún ejército puede detener la fuerza de una idea cuando llega a tiempo.

Capítulo uno

El timbre del teléfono lo sobresalta. Cuando reconoce el número, Mario está tentado de dejarlo sonar, fingir que no lo ha oído... Las llamadas del jefe de obra no suelen anunciar nada bueno. Respira hondo y desliza el dedo por la pantalla.

—Hola. ¿Qué hay de nuevo?

—Tenemos un problema.

La respuesta de su interlocutor no le sorprende.

Frunce el ceño disgustado. Desde que comenzó la reforma de la casa, cada contratiempo se traduce en un aumento del presupuesto, ya de por sí elevado. De seguir así, acabará ahogado en un mar de deudas, como pronosticó su familia cuando le dijeron que era mala idea comprar una casa tan vieja. Mario no escuchó a nadie. Años atrás también le dijeron que se equivocaba al optar por la carrera de Historia en vez de seguir la estela paterna y estudiar Medicina.

La ficha

  • Título: ‘El baile de las criadas’
  • Autora: Marta Platel
  • Género: Novela
  • Editorial: Planeta
  • Páginas: 496

Descubrió la casa una tarde lluviosa de primavera, o más bien la casa salió a su encuentro. Había quedado después de sus clases en la universidad con un agente inmobiliario para ver un piso en Esplugues de Llobregat. Aunque no llegaba a los cincuenta metros, a juzgar por las fotos de la página web parecía en buen estado y, además, podría pagarlo sin hipotecarse de por vida. Tampoco es que necesitara mucho más espacio. Sin embargo, a la salida de la Ronda de Dalt, un fallo del GPS hizo que se despistara y acabase en un barrio residencial levantado entre frondosas colinas. Mientras serpenteaba por la carretera tratando de ubicarse, iba contemplando con desinterés las casas y los chalés, algunos con marcadas líneas vanguardistas que delataban su reciente construcción. Imaginó que sería un placer vivir en plena naturaleza y tan cerca de Barcelona. Tras doblar una curva atrajo su atención la silueta de una torre. Su cubierta piramidal rematada por una veleta sobresalía de un edificio de ladrillo y piedra gris. Ralentizó la marcha y trató de distinguirla a través de la cortina de agua que los limpiaparabrisas se afanaban en contener. Obedeciendo a un impulso, detuvo el coche frente a la verja y se acercó a curiosear.

La portada de 'El baile de las criadas'.

Leyó el nombre de la propiedad en una placa oxidada en el muro: LA MIMOSA. Un poco más arriba el cartel de una inmobiliaria anunciaba que estaba en venta. Apreció entre los barrotes de hierro el cuidadoso esgrafiado de formas esbeltas y sinuosas que revestía el exterior desconchado, envuelto parcialmente por la hiedra. A ambos lados de la puerta, dos macetones cobijaban los restos marchitos de sendas buganvillas. Dedujo por el aspecto asilvestrado del jardín y la abundancia de ramas muertas que allí nadie había podado ni limpiado desde hacía tiempo.

Aquella casa desprendía un aura especial, casi misteriosa. No podía apartar los ojos de ella.

Desoyendo la voz del sentido común, sacó el móvil y acordó con la inmobiliaria una cita para el día siguiente. Aunque el piso de Esplugues de Llobregat había dejado de interesarle, Mario acudió a verlo para no quedar mal; durante el recorrido simuló interés en las explicaciones del vendedor, le hizo un par de preguntas sobre el vecindario y, deseoso de finalizar la visita, pidió una considerable rebaja en el precio final, aunque ya sabía que era innegociable.

No podía dejar de pensar en La Mimosa.

Dos semanas más tarde —tras emplear hasta el último céntimo de la herencia de su abuela en la entrada y de hipotecarse para cuatro décadas— era dueño de la casa.

Más allá del olor a moho y decadencia, de la suciedad y las heridas que el tiempo había infligido a los espacios, vislumbró la belleza de las molduras que remataban los techos, los exóticos arabescos de la escalera, las vidrieras multicolor que una vez pulidas bañarían los espacios de luz, las baldosas que aunaban geometría y flora...

La impaciente voz del jefe de obra, al otro lado de la línea, lo trae de regreso a la realidad y a los problemas.

—¡Mario! ¿Sigues ahí?

—Sigo aquí. ¿Cuánto me va a costar esta vez?

—No se trata de eso. A ver cómo te lo digo. ¿Recuerdas que querías trasladar la mimosa de sitio? —El hombre carraspea ligeramente nervioso.

—¡No se la habrán cargado! —exclama temiéndose lo peor.

—Tranquilo, el árbol está bien. Y ya es raro que haya durado tanto, esa especie vive cincuenta años como mucho. La cuestión es que, al cavar, han encontrado huesos.

—¿Qué?

—Huesos —repite más alto—. Hay huesos en tu jardín.

—Serán de algún animal —aventura Mario.

—Pues el cráneo parece humano.

—¡¿Cómo va a ser humano?! —Se aferra a la posibilidad de que el hombre se equivoque. Tiene que tratarse de los restos de la mascota de un antiguo inquilino.

—Están envueltos en una tela, más bien harapos —matiza el jefe de obra—. Les he dicho a los obreros que no toquen nada. Hay que avisar a la Policía, pero he preferido hablar antes contigo.

Mario se resiste a aceptar la idea de que sean los restos de una persona. La Policía abrirá una investigación, el juez paralizará las obras, a saber por cuánto tiempo. «Maldita sea», masculla tratando de mantener la serenidad.

—Entonces, ¿llamo a la Policía?

Mario no piensa tomar una decisión a ciegas. Antes quiere cerciorarse de que los restos son, en efecto, de su misma especie.

—De momento no llames a nadie —responde al cabo de unos segundos—. Voy enseguida.

Capítulo 2

El chirrido metálico de las ruedas, seguido de un agudo silbato, anunció la entrada del tren en la estación. Melisa Arranz se asomó a la ventanilla con la ansiedad pintada en el semblante. En ese momento aún no sabía que su destino empezaría a escribirse ese día. El día que llegaba a Barcelona para trabajar de sirvienta. Se bajó del vagón con la inseguridad de quien pisa terreno desconocido. Apenas puso un pie en el andén, se vio arrastrada por una marabunta de viajeros que cargaban desvencijadas maletas de cartón sujetas con cuerdas o hatillos improvisados. Al igual que ella, la mayoría había dejado sus pueblos de origen para trabajar en la ciudad, y sus rostros mostraban las huellas de un

viaje largo y agotador. Pese a que el tren iba atestado, en las numerosas estaciones donde se había detenido para dejar y recoger sacas de correo habían subido nuevos pasajeros, algunos sin billete, que habían buscado acomodo en las plataformas o en los pasillos dificultando el tránsito del resto de los viajeros. Durante las dieciséis horas que duró el trayecto desde Madrid, Melisa apenas se había levantado de su asiento de tercera clase por temor a que alguien lo ocupara, o peor aún, a que le robasen sus escasas pertenencias. Cogió con decisión la maleta y recorrió el andén buscando con la mirada a Lucía, su amiga de la infancia. Fue ella quien le había conseguido el empleo de criada en la casa donde servía desde hacía dos años. «Es un buen trabajo y una buena familia», le había escrito en una breve carta plagada de faltas de ortografía: a Lucía no se le daban bien las letras. La propuesta no había suscitado en Melisa un entusiasmo excesivo, siempre había creído que sabiendo leer y escribir podría encontrar un trabajo mejor, pero eran tiempos difíciles y una huérfana sin dinero a poco podía aspirar. Pensó que debería considerarse afortunada de tener techo, comida y un sueldo, por pequeño que este fuera.

Seguía sin encontrar a su amiga. ¿Dónde se habría metido? Se detuvo en medio del andén para hacerse bien visible. A su alrededor pululaba un ramillete variopinto de personas. Un vendedor ambulante le ofreció agua anisada a cambio de una peseta. Melisa negó con la cabeza y apretó el bolso contra su pecho. Lucía le había advertido que anduviera con cuidado, la estación de Francia estaba siempre llena de rateros y sinvergüenzas a la caza de pueblerinos despistados.

Alzó la vista hacia la monumental marquesina metálica, y sus vidrieras proyectaron la tenue luz del sol de final de invierno sobre su rostro. En algunas zonas dejaba entrever los desperfectos provocados por los bombardeos que había sufrido durante la Guerra Civil. Tan ensimismada estaba que, cuando echó a andar de nuevo, chocó con una cría que arrastraba un muñeco descabezado. Cuando Melisa se disculpó, la niña le sacó la lengua.

Mientras dejaba atrás el ruidoso andén para dirigirse al vestíbulo, oyó a su espalda una voz familiar. Se dio la vuelta. Una chica delgada y de pelo corto corría hacia ella. Adivinó su uniforme de trabajo bajo un abrigo gris.

—Melisa, menudo susto me has dado. ¿No te dije que me esperases junto al tren? Creí que lo habías perdido —la regañó con cariño al tiempo que la abrazaba.

Melisa dejó la maleta en el suelo para devolverle el gesto.

—Como no llegabas, he pensado que igual me había confundido y me estabas esperando en la entrada de la estación. Ahora iba hacia allí.

—Lo siento, chica, es que en el último momento la señora me ha enviado a un recado. Bueno, deja que te vea. —Le cogió las manos y la examinó de arriba abajo—. Ya no me acordaba de lo alta que eres, casi tanto como tu padre. ¡Y qué guapa estás! Aunque tendremos que hacer algo con esa trenza y esos calcetines. ¡Que ya no estás en el pueblo! —exclamó mientras se colgaba de su brazo—. ¿Cómo ha ido el viaje?

—Horrible. Muchas horas y demasiada gente. ¡He pasado un calor...!

—Si es que venden más billetes que asientos hay. ¿Te han pedido la célula de identidad y la autorización para viajar?

—Un par de veces. Tu padre me acompañó al cuartel de la Guardia Civil para que me dieran el permiso de desplazamiento.

Melisa recordó los nervios que había pasado cuando el guardia la asaeteó a preguntas. Que para qué quería viajar a Barcelona si allí no tenía familia, que una chica sola en una gran ciudad podía darse a la mala vida. Temió que el guardia civil se negara a estamparle el sello que le permitiría abandonar el pueblo. Por fortuna, el padre de Lucía lo convenció de que en la ciudad la esperaba un honrado puesto de sirvienta. Esa misma mañana Melisa compró el billete de tren.

—Por cierto, lamenté mucho la muerte de tu madre, Dios la tenga en su gloria. Era una buena mujer. Mira que sufrió a causa de tu padre, porque el hombre...

—Sí, ahora ya descansa en paz —la interrumpió Melisa. Al dejar el pueblo y la vida que había conocido hasta entonces, se había prometido no mirar atrás—. Anda, cuéntame cómo es la casa. Apenas decías nada en tu carta.

—Pronto lo descubrirás por ti misma. Oye, antes de que se me olvide, les conté a los señores que tu padre cayó como un héroe en el frente de Belchite, luchando hasta el final con los nacionales. Como eres de Burgos, se lo han creído a pies juntillas.

—¿A santo de qué les has mentido? —preguntó Melisa contrariada.

—Ay, hija, qué inocente eres. Pues porque son falangistas y en su casa solo admiten a los de su cuerda. Y no has podido venir en mejor momento. Dentro de poco dan una fiesta por todo lo alto. Ya verás, ya, con qué clase de gente alternan.

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Sobre la autora

Marta Platel nació en Barcelona, donde reside actualmente. Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona y ha desarrollado gran parte de su larga trayectoria profesional en revistas de diferentes ámbitos. Tras sus inicios en el periódico El Día de Catalunya, fue jefa de redacción de las revistas TodoSport y World Action Sports, coordinó también la edición española de Sports Illustrated Swimsuit y fue redactora y coordinadora de la revista de decoración Interiores. Actualmente es jefa de compras en la revista semanal Lecturas. El último vuelo de la abeja reina, su debut en la ficción, tuvo una gran acogida por parte de los lectores y la crítica especializada.