Filipinas y sus terrazas de arroz, "la octava maravilla del mundo"
La cultura del arroz basada en terrazas talladas en las montañas filipinas a 2.000 metros sobre el nivel del mar es un complejo sistema agrícola ancestral de más de 3.000 años de antigüedad. Se trata una curiosa tradición con rituales sagrados para asegurar las cosechas y muy vinculados a su identidad
Banaue es uno de los destinos que nadie que viaje a Filipinas debería perderse. Y esta no es una frase típica del periodismo turístico: por una parte, los ifugaos, los más jóvenes nativos de la región, no encuentran atractiva la agricultura y optan por trabajar en la hostelería, y, por otra, la erosión gradual de los característicos escalones, que requieren reconstrucción y mantenimiento constantes, podrían constituir una amenaza para su futuro. Por lo tanto, la emigración de los jóvenes a las ciudades –y también el cambio climático– ha llevado a considerar las terrazas de arroz un patrimonio cultural en peligro.
Y es que contemplar las terrazas de Banaue es una experiencia única y mágica, que no debería desaparecer. Clavas tus ojos en ellas y no dejas de mirarlas. Ejercen un efecto hipnótico en el cerebro, especialmente, si se admiran desde unos miradores fijos. Algo parecido a cuando te ensimismas en soledad mirando el mar, viendo romper las olas contra las rocas, una y otra vez, sin apartar tu vista de esta abrasión marina. Mientras te extasías, tratas de descifrar cuál es el misterio de esas terrazas que te embelesan.
¿Cuál es la razón del impacto de su verde y silenciosa belleza? Algunos viajeros califican este espectáculo como “la esencia de la vida” o “un majestuoso oasis de tranquilidad”. Otros, lo han bautizado ya como “la octava maravilla del mundo”. Llámalo como tú quieras. Pero nadie puede sentirse indiferente ante las terrazas de arroz en la Cordillera Filipina. Más aún: el que busque sentir emociones reales inspiradas por la naturaleza debe subir desde Manila a la provincia de Ifugao, donde se ubican, además de las de Banaue, otras terrazas como las de Batad y Bangaan. Son 10 horas de automóvil desde Manila, pero compensa cuando descubres que este alimento básico por excelencia se cultiva como un arte.
Tesoro cultural nacional
Mediante tradiciones transmitidas oralmente de generación en generación, las terrazas crean un bellísimo paisaje que expresa la armonía del ser humano con su entorno al encontrarse aquéllas perfectamente adaptadas a las curvas del relieve montañoso, a unos 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar.
Las terrazas, que se asemejan a un anfiteatro, fueron construidas hace más de 3.000 años por la tribu indígena de los ifugao. Sin embargo, el arroz es un cultivo ancestral en Filipinas, traído a las islas por las migraciones austronesias desde, al menos 1500 a.C.
Las terrazas se construyeron con herramientas mínimas, principalmente a mano, y se abastecen de un antiguo sistema de irrigación proveniente de las selvas tropicales situadas sobre las terrazas. Los tipos de suelo en la provincia de Banaue, son similares a los que se utilizan para fabricar vasijas o jarrones de arcilla.
Hoy, los descendientes de aquella ancestral tribu aborigen continúan la producción arrocera y han mostrado una inventiva de ingeniería sofisticada que llama poderosamente la atención. Para satisfacer sus necesidades sociales aplicaron tradiciones sagradas e ideas tecnológicas aprovechando los recursos naturales de los bosques pluviales y regulando a voluntad la entrada de agua. Asimismo, la conservación de las terrazas implica la construcción de muros de contención con piedras y tierra apisonada, diseñados para extraer agua de un canal de riego principal ubicado sobre los grupos de terrazas.
Se han identificado tecnologías indígenas de construcción de terrazas de arroz, como su conocimiento del riego, la mampostería, el movimiento de tierras, así como el propio mantenimiento de las terrazas. Como fuente de vida y expresión artística, las terrazas han moldeado la vida de los miembros de la comunidad, actividad que forma parte de su identidad.
Mantener vivas las terrazas de arroz en la provincia de Ifugao refleja la completa cooperación de toda una comunidad dedicada al cultivo del arroz, principalmente el tipo tinawon, apoyada en el profundo conocimiento de la rica diversidad de los recursos biológicos que existen en el ecosistema de la zona. Así como un primoroso respeto de los ciclos lunares y un dominio de la lucha contra las plagas nocivas basado en el tratamiento de una variedad de hierbas acompañado de rituales religiosos y mágicos.
Los rituales del arroz y la continuidad del patrimonio inmaterial de los ifugao no sólo se limitan a las terrazas, sino también a espacios sagrados donde se realizan ceremonias del arroz como la del baki que marca el ciclo de cultivo para honrar a los espíritus ancestrales y asegurar buenas cosechas.
Bulul, los guardianes de las cosechas
En este sentido, los nativos utilizan el bulul –figuras talladas de madera en troncos de helechos arborescentes, colocadas a lo largo de caminos y en las afueras de la aldea, que representan las deidades del arroz– para proteger sus cosechas almacenadas. El bulul es una figura antropomórfica tallada por el pueblo Ifuigao, que actúa como guardián de las cosechas de arroz y símbolo de riqueza. Estas estatuas sagradas, a menudo talladas en parejas (masculino y femenino, para asegurar la fertilidad de la tierra) representan a los espíritus de sus ancestros.
Se utilizan para proteger no sólo las cosechas al aire libre, sino en los graneros, de las plagas, ladrones o malos espíritus. Su proceso de creación requiere ceremonias de selección del árbol, consagrándose ritualmente a menudo bañándolos en sangre de cerdo o pollo. Los ifugaos creen que estas figuras están poseídas por un espíritu que también protege la salud y la prosperidad de la familia. Actualmente, aunque muchos bulul se tallan para el comercio de arte, las figuras auténticas siguen siendo reliquias familiares importantes para la comunidad Ifugao.
Industria turística
El arroz es, probablemente, el producto alimenticio más importante del mundo. Y Filipinas ha convertido su cultivo en un espectacular incentivo turístico. No es extraño, pues, que las célebres terrazas fueron declaradas por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1995, y, con anterioridad, en 1973, como Tesoro Cultural Nacional por el gobierno de Ferdinand Marcos. El viajero puede desarrollar allí una serie de actividades e itinerarios turísticos en torno a sus famosas terrazas.
Además de admirarlas y fotografiarlas puede visitar las pequeñas aldeas tradicionales al pie de las montañas donde habitan las tribus que se ocupan de su cultivo. Algunas tribus lo hacen en casas de paja elevadas (nipa huts). Su hospitalidad permitirá descubrir la vida cotidiana de los ifugaos mientras te susurran historias mágicas. También se puede participar en las fiestas de acción de gracias y catar el Bayah (vino de arroz), y deleitarse con pasteles de arroz y nuez de betel. Eso sí, Joanna Altomonte, una de las más expertas guías, recomienda estar en buena forma física para realizar largas caminatas de varias horas por senderos para ascender y descender la cordillera. Aunque si el viajero se encuentra agotado o enfermo, se le recomienda someterse al ritual de un mumbaki, el tradicional médico-brujo que le realizará el rito de curación a través del espíritu. ¡Una cuestión de fe!
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