Nacedero del Asón, espectáculo del agua entre peñas

03.01.2020 | 18:01
El salto de ‘cailagua’ rebosa belleza en la estación lluviosa.

El Asón no es un río muy largo, y su trazado desde las montañas cántabras hasta la vecina costa se recorre rápidamente, pero es tan bello su paisaje, tan agradable lo que a la vista se ofrece, que seguirlo de principio nos ofrece un buen repertorio de sensaciones intensas. Ahora nos conformamos con asomarnos a sus fuentes en un paraje de extraordinaria belleza, y para eso viajamos por la Capital del Mundo, como llaman a la localidad de Arredondo, localidad que aún conserva la seña de indianos notables que allí tuvieron su cuna natal. 

En Arredondo estamos ya en ese valle que el Asón ha excavado, y aguas arriba se irá encajando más y más, apretado entre los farallones de las calizas brillantes de la sierra de Hornijo. Cuando la ruta está ya tan apretujada que pareciera no tener salida, entre ese conglomerado de verdes y grises de pradera, bosque y roca, aparece a la vista un brillante esplendor conformado por millones de partículas de agua que refulgen en el aire. Es el Asón, que viene aquí al mundo de la luz cayendo al vacío poco después de emerger bajo un peñasco. Aquella hermosa cascada se deja mecer al viento como una larga cola de caballo, regando las pedreras y remojando los robles que duermen a su abrigo.

En busca de la cascada

Una bella vereda antigua, de pavimento calzado en algunos tramos, nos lleva caminando desde el barrio de San Antonio de la vecina localidad de Asón. 

El itinerario está balizado en blanco y amarillo como PRS14 y lo tomaremos desde las últimas casas de este barrio.  Comenzaremos cruzando el puentecillo sobre la regata del Asón para encontrar al otro lado la calzada vieja que avanza sobre la ribera izquierda del arroyo. 

Enseguida nos acompañan las cabañas utilizadas antaño por los ganaderos para recoger a sus animales, situadas sobre preciosos pastizales rodeados de murallas de roca. La senda cruza después una mancha de bosque donde hayas, encinas y robles ponen sombra y abrigo antes de que nuestro camino comience a ascender cruzando el cauce fluvial en varias ocasiones. 

Por fin, después de haber escuchado el murmullo del salto de agua, llegaremos a los pies de la cascada del Asón, que llaman en el valle cailagua. El arroyo del Asón acaba de nacer un poco más arriba, aflorando de la roca, antes de saltar casi 70 metros y despeñarse peinando bellísimos arcoíris. Sus aguas se habrán filtrado bajo tierra en los lapiaces de la sierra de Hornijo muy lejos; no en vano, todo el sistema de galerías bajo estas montañas configura la mayor red subterránea de Europa, hasta el punto de que la región es conocida como el Himalaya de la espeleología. 

Con ducha bajo la cascada o sin ella podremos desandar el camino de vuelta con la seguridad de haber gozado de una magnífica experiencia natural. 

Guía práctica

Cómo llegar: En la comunidad de Cantabria, el valle de Soba se alcanza desde la localidad de Arredondo. Hay que ir por Laredo y Colindres, desviándose aquí hacia Ampuero y Ramales. Llegados a este último pueblo, hay que desviarse de nuevo, esta vez a la derecha, a Arredondo. En Arredondo, antes de la entrada en el centro urbano, hay que emprender la ruta que lleva al Puerto de La Sía. Enseguida alcanzamos la localidad de Asón, desde la que proseguimos unos kilómetros al barrio de San Antonio. El recorrido a pie para la ida al nacedero es de 4,5 kilómetros, que precisan de algo más de una hora, con parecido tiempo para el retorno.

Qué visitar: Parada obligada es Arredondo, esa Capital del Mundo así llamada por la gran cantidad de indianos oriundos de esta región que corrían por el planeta. Allí nos detendremos en la iglesia neoclásica con su singular torre cilíndrica, que fue construida gracias al apoyo de un indiano, Antonio Gutiérrez Solana, emigrado a México, donde contrajo matrimonio con una joven de rica hacienda. A su regreso a su tierra natal, el indiano Gutiérrez Solana puso su dinero para la edificación de este templo, al que quiso dotar de un capricho como esa torre exenta que pretendía pudiera verse desde Santander, para demostrar así su poder.