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UPN paga cara la factura de su radicalización tras aliarse con PP y Ciudadanos en Navarra Suma

Los regionalistas menospreciaron al PSN al formar esta plataforma, convencidos de que contarían con su apoyo
El clamoroso error estratégico les condena a padecer otra legislatura en la oposición

09.02.2020 | 22:54
Carlos Pérez Nievas, María Jesús Valdemoros y Javier Esparza (Navarra Suma), cariacontecidos durante el pleno de investidura de Chivite.

Los regionalistas menospreciaron al PSN al formar esta plataforma, convencidos de que contarían con su apoyo.

PAMPLONa - "Los socialistas harán lo que han hecho siempre: apoyarnos en Navarra", han venido repitiendo dirigentes y cargos públicos de UPN desde que el pasado mes de marzo los regionalistas recuperaran la histórica alianza electoral con el PP y la ampliaran con la incorporación de Ciudadanos (Cs) en la plataforma Navarra Suma. Un grave error de cálculo, además de un menosprecio al posicionamiento público declarado del PSN -que advertía de que no firmaría acuerdos de gobierno con los populares- y que conlleva una radicalización del partido hacia posturas más derechistas. En definitiva, una torpeza que ahora pagan con la estancia en la oposición, después de haber perdido la centralidad política y la capacidad de entendimiento con la práctica totalidad del arco parlamentario.

No son pocas las veces que UPN ha sido interpelado por el riesgo que entrañaba esta unión de las derechas. Una entente que resultaba todavía más difícil de digerir para el PSN al coincidir también en el tiempo la conformación de gobierno en Madrid, donde los socios de UPN le han negado el pan y la sal al PSOE y le han arreado de lo lindo a Pedro Sánchez.

pirueta fallida Pero los regionalistas han intentado el más difícil todavía. Compartir furgón con las derechas en Navarra y pretender al mismo tiempo que el PSN se convirtiera en la muleta en la que apoyarse para regresar al Palacio foral. Una contradictoria pirueta, más allá de que los antecedentes albergaran la posibilidad de que podía volver a reeditarse.

"Con el PSN no es difícil acordar un reparto de cargos", replicaban en UPN a las advertencias que venía haciendo María Chivite, quien el 4 de marzo fue concluyente en sus intenciones futuras. "El PSN ya ha dicho cuál es su marco de acuerdos y UPN se ha quedado fuera", dijo entonces la nueva presidenta de Navarra en su primera valoración pública ante el inminente pacto UPN-PP, que se materializaría dos días después con la firma del acuerdo entre Javier Esparza y Pablo Casado, los presidentes de ambos partidos. En el acto de presentación del acuerdo, el dirigente de los populares afirmó estar "convencido de que los socialistas no tendrán problema en votar a Esparza".

No lo dijo nada convencido, pero ¿qué iba a decir Casado, después de haber cazado al vuelo el salvavidas que le había tendido Esparza justo cuando todas las encuestas coincidían en que el PP sería en mayo una fuerza extraparlamentaria en Navarra?

Solo seis días después, Esparza sellaba con Albert Rivera, el líder de Cs, la apuesta electoral con la que aparentemente podía centrar la coalición, pero en la práctica ha sido todo lo contrario. Tras los comicios generales, la formación naranja ha entrado en una espiral competitiva con el PP por ahondar en el espacio de la derecha que ha ido minando las tentaciones de Ferraz por recuperar el tradicional entendimiento entre UPN y PSN.

Aritméticamente, Navarra Suma ha tenido un comportamiento aceptable en las urnas. Logró 20 escaños, tres más que en 2015 cuando Cs se quedó a un puñado de votos de entrar en el Parlamento, pero tres menos que en 2011 cuando UPN (19) y PP (4) concurrieron por separado, y el partido naranja limitaba su presencia a Catalunya.

En consecuencia, si el resultado electoral de Navarra Suma no es para tirar cohetes, la coalición de ningún modo puede considerarse un éxito. Concebida para recuperar el poder, ha servido para todo lo contrario al dar el último empujón al PSN hacia la izquierda. Y sería un atrevimiento augurar una larga vida a esta entente de derechas habida cuenta de la década larga de bandazos que ha protagonizado UPN. En 2008 rompió de la noche a la mañana la alianza que mantenía con el PP desde 1991. En 2009, echó del Gobierno a CDN, con quien estaba coaligado desde 2003. En la primavera de 2011 formó Gobierno con el PSN, al que despidió a los 11 meses después de haber recuperado la unidad electoral con el PP para las generales de noviembre de 2011.

Un partido, UPN, que ha dejado de ser fiable para sus socios, que estuvo al frente del gobierno hasta 2015 pero que dejó de gobernar en 2012, cuando se quedó en una penosa minoría parlamentaria y cometió el craso error de atrincherarse en Palacio en lugar de convocar elecciones.

Si la legislatura que ahora arranca llega a buen puerto, en 2023 UPN llevará nueve años sin capacidad de decisión política en Navarra. Para entonces, debería reconstruir discurso, renovar liderazgos, tratar de recuperar la centralidad política. Demasiados retos para un partido anclado en el pasado, que sigue amarrado al partido más corrupto y que todavía se cree tener derecho a ordenar al PSN con quién debe pactar, mientras sigue cayendo en la tentación de repartir carnés de buenos y malos navarros.

De momento, UPN prosigue en su travesía del desierto, al tiempo que el PSN abre una etapa de coherencia política. Por fin el discurso político del socialismo navarro y las alianzas van de la mano.

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