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Salvador Illa: "Puede haber referéndum en Catalunya, pero sobre un acuerdo y no una ruptura"

Illa llama a un consenso que fortalezca Catalunya y la aleje de aventuras a partir de una lección: "Saltarse el Estado de derecho trae para todos consecuencias nefastas"

13.07.2021 | 09:01
Salvador Illa.

Tras manejar durante diez meses la repentina y brutal crisis sanitaria derivada del covid-19, Pedro Sánchez encomendó a Salvador Illa (La Roca del Vallés, Barcelona, 5-V-1966) la misión de apuntalar al PSC en Catalunya en busca de un escenario alternativo al independentista. Las urnas refrendaron la apuesta en escaños y votos pero la sobrada mayoría soberanista, y la nueva coalición entre Esquerra y Junts, le relegó a jefe de la oposición. Justo cuando Catalunya puede orientarse hacia otro horizonte a expensas de que en septiembre arranque la mesa bilateral entre la Generalitat y el Gobierno español. La entrevista tiene lugar en plena remodelación del Ejecutivo de Sánchez, un relevo de carteras que le satisface.

¿Ha notado un cambio en el clima político de Catalunya?

—Es diferente y está mejor. Las dos cosas. Hay un tono político distinto. Se ha abierto un tiempo nuevo y las medidas de gracia del Consejo de Ministros son un acelerador. Esta nueva etapa debe tener dos reglas de comportamiento, un método de trabajo y una línea roja para todos. Las dos reglas son decir la verdad, algo muy sencillo pero revolucionario en Catalunya, y unir a la población catalana. El método es el diálogo, la negociación y el pacto. Y la línea roja es el respeto al Estado de derecho. El siguiente paso que hay que dar es abrir una mesa de diálogo entre partidos en Catalunya, reconocer que hay un problema entre catalanes, y a eso se ha negado de forma incomprensible el president Pere Aragonès. Algo a lo que ya se había votado que sí la pasada legislatura y que la había convocado Quim Torra. Me tiene preocupado porque Aragonès se confirma como un president a medias para media Catalunya: va a los sitios sin ir –por los actos donde ha acudido Felipe VI–, está sin estar, no quiere ir a la conferencia de presidentes autonómicos... E ignora así a la otra mitad, solo se quiere reunir para hacer monólogos con quien piensa como él, los que está a favor de la amnistía y el derecho de autodeterminación, dos cosas que no van a pasar. Eso es un error y no estar a la altura de las circunstancias.

El soberanismo dice que para mesa entre partidos ya está el Parlament.

—Sí, pero le puedo asegurar que ya estaba la pasada legislatura y se votó a favor. Vamos, que la Cámara no se ha creado esta legislatura. Nosotros planteamos hacer un trabajo de diálogo, con la metodología que acordemos, para hablar con franqueza entre las fuerzas con representación parlamentaria. Habrá diálogo en Catalunya, que nadie lo dude. Otra cosa es que Aragonès renuncie a liderarlo.

¿Se nota la inversión de términos en el Govern, es decir, que lo lidere Esquerra y no Junts?

—No se nota mucho. Es un Govern que repite una coalición fracasada durante diez años. Demos tiempo para juzgarles por lo que hacen pero vemos que es un más de lo mismo.

Tras el 14-F y el cordón independentista al PSC, no cesó en pedir a Aragonès que se apartara. ¿Por qué lo hizo si sabía que la ecuación aritmética para que usted gobernara era imposible?

—Imposible no era. Había una mayoría independentista pero también una de izquierdas. ERC se inclinó por la primera y estaba en su derecho. Pero había alternativa. Lo juzgará la ciudadanía.

Afirma usted que no es posible ser independentista y de izquierdas.

—La izquierda tiene como misión fundamental la solidaridad, y eso tiene un gen innato internacionalista. Y la independencia es justo lo contrario, el egoísmo, querer desprenderse de un espacio compartido que es España porque egoístamente creen que les irá mejor. Así no se puede hacer un planteamiento sincero de izquierdas.

Ha configurado, en paralelo, el llamado 'Govern Alternatiu (Alternativo)'. ¿Con qué objetivo?

—Estoy convencido de que una buena oposición ayuda a hacer un buen gobierno. Yo acepto mi situación pero he puesto mi empeño en configurar un Ejecutivo de oposición similar a los que hay en el mundo anglosajón y que ya puso en marcha en su día Pasqual Maragall con buenos resultados. ¿Fiscalizador? Que nadie lo dude. El Govern independentista ha arrancado con timidez cuando llevan años juntos. Y yo he ofrecido cuatro pactos que ellos no han entendido: en cuatro ámbitos, lucha contra el covid; aprovechamiento de fondos europeos; la renovación de 112 cargos que llevan pendientes de nombramiento por el Parlament y la creación de una ley electoral propia que Catalunya no ha tenido en 40 años; y la renovación de los medios públicos (TV3) para que dejen de ser sectarios y sean plurales. Que nadie espere, por ejemplo, que si el Gobierno usa los fondos del covid para un documental a favor de la independencia, no lo denunciemos hasta las últimas consecuencias.

Hablando de dinero, ¿cómo valora el fondo creado por la Generalitat para sufragar las fianzas del Tribunal de Cuentas?

—Hemos pedido un dictamen al Consejo de Garantías Estatutarias para tener certeza de que el decreto-ley se adecúa a la Constitución y el Estatuto. Creemos que en lo esencial sí que lo hace pero nos parece que un asunto con tanta repercusión debe tener todas las garantías. Y si hay algún punto concreto que no sea correcto se pueda corregir. A partir de esto, es verdad que la oportunidad parece muy orientada a cubrir a unas personas determinadas. Yo iría al fondo del asunto: nadie puede saltarse el marco de convivencia y el Estado de derecho porque lo contrario trae consecuencias nefastas para todos. Es la lección a extraer de todos estos años.

Se ha hablado mucho de la dialéctica expresada por los indultados nada más salir de la cárcel. Jordi Sànchez solo ve dos soluciones resultantes de la mesa de diálogo bilateral: referéndum vinculante o el vigente mandato del 1-O.

—Los indultos han ido dirigidos al conjunto de la ciudadanía catalana y española. No al beneficio de unas personas. Me pone el ejemplo de una persona que, efectivamente, no se ha movido de sus posiciones, como tampoco Aragonès. Hay un inmovilismo frente al movimiento decidido desde el Gobierno de España, pero Catalunya está ya en otro clima. A mí lo que me importa es que se mueva el país. Si el Govern no lo hace, lo lamento porque no estará a la altura. Pero ya hemos visto declaraciones del ámbito empresarial, de la Conferencia Episcopal, de sindicatos como CCOO. El país sí se mueve. Otra cosa: cuando uno quiere diálogo, no pone plazos diciendo que si no me dan esto, me levanto de la mesa. Ya pusieron en su día el plazo de lograr en 18 meses la independencia y lo incumplieron. Lamento que no escarmienten. El problema catalán va a requerir de mucha tenacidad, habilidad y generosidad para ser resuelto, y la actitud de algunos no es la adecuada.

¿Hay alguna propuesta de modelo de Estado diferente detrás de esa retórica de la concordia? Por ejemplo, un federalismo real.

—Los socialistas tenemos esto ya muy definido desde 2013 –en la Declaración de Granada–. Pero vayamos paso a paso. Antes hay que reconstruir lealtades, complicidades... Algunos quieren llegar a la meta sin haber recorrido todo el itinerario de la carrera, y algunos incluso no están dispuestos a empezarlo con todos en condiciones de igualdad.

Pero el independentismo lo tiene claro: amnistía y autodeterminación. Y eso llevarán a la mesa. Se hace difícil atisbar un acuerdo.

—Insisto, paso a paso. Catalunya se está moviendo. El que no esté a la altura recibirá el reproche electoral de la sociedad catalana. En Catalunya no se ha incumplido la legalidad desde 2017 y la sociedad claramente ha apostado por otro tiempo político.

Entre los asuntos que maneja el Consejo de Ministros está la reforma del delito de sedición.

—A ellos corresponde la decisión final. Haremos bien todos si tomamos nota de las cosas a la vista de las experiencias duras vividas estos últimos años. Que se aproveche para mejorar la democracia es de sentido común.

El presidente Sánchez rechazó el referéndum, lo que no significa que la ciudadanía catalana no pueda refrendar los acuerdos. Ya se hizo con el Estatut de 2006.

—Es que el presidente Sánchez hablaba del referéndum de autodeterminación. Ese no se va a celebrar ni va a pasar. ¡Claro que estamos de acuerdo en que se consulte a la ciudadanía! Pero sobre un acuerdo y no una ruptura. Ya ha habido bastantes divisiones. Aparte de ilegales, planteamientos como el de la autodeterminación son inconvenientes.

Es decir, se podría votar por un mayor autogobierno.

—Evidentemente. Lo más sensato. Por eso queremos también esa mesa de diálogo también en Catalunya.

El expresident Carles Puigdemont ha trasladado que es probable que solicite la nacionalidad belga. Vamos, que no maneja regresar.

—Pues mire, es una decisión que entra dentro del ámbito de lo que él considere oportuno hacer. Yo lo que entiendo es que todo el mundo debería enfrentarse a las consecuencias de sus actos y me siento muy orgulloso de tener la nacionalidad española y de vivir en Barcelona y en Catalunya.

El paso del Gobierno de Pedro Sánchez ha acentuado el radicalismo de la derecha, en especial del PP, y puede pasarle factura electoral.

—Veo también otro clima distinto en España. Por ejemplo, esa recogida de firmas organizada por el PP. Son cosas que no ayudan a resolver nada. El partido de Casado, defendiendo su óptica y sus propuestas, debería ponerse al lado de quienes buscan mejorar las cosas. Esa cerrazón a obstaculizar la renovación de órganos como el Poder Judicial no contribuye a mejorar la calidad de la democracia española.

¿Cómo valora la reciente remodelación del Ejecutivo?

—En el PSC estamos muy satisfechos. Ganamos peso y pasamos de gestionar un ministerio a dos. Miquel Iceta hará un gran trabajo en Cultura y Deportes, y Raquel Sánchez hará lo propio en un ministerio estratégico, el de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana. Las incorporaciones son garantía de solvencia y buena gestión. España afrontará la recuperación con un Gobierno más joven, con más ministras que ministros y con alcaldesas bregadas en la gestión municipal, en la política de proximidad.

A usted le han reprochado no aislar a Vox de forma más tajante.

—A Vox no hay que negarle lo que le han dado las urnas, pero hay que confrontarlos con argumentos, con política. Lo demás no es inteligente. Es mejor combatirles políticamente en los barrios donde les votan..

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