Republicanismo

Agorerismo

12.09.2021 | 01:49
Agorerismo

Inasequibles al desaliento. Dijo Alzóriz sobre el coche eléctrico al que aspira Landaben que "en breve Navarra tendrá noticias de que llegará aquí", y que "nosotros como partido en el Gobierno lo que tenemos que velar es porque llegue". Velar. ¿En qué consiste "velar" para un político? ¿Acudir a Wolfsburgo a hablar con los directivos, a Fráncfort a convencer a los accionistas, o a Barcelona a explicar que Navarra es lo mejor de lo mejor? ¿Pastorear decisiones empresariales? Pronosticar una noticia que ni él sabe cuál va a ser es otro descaro más del desahogado portavoz. Luego dijo Esparza que el Gobierno de Sánchez ha de dar "un trato justo a Navarra", y que "los compromisos que haya respecto a la planta de Martorell no tienen que penalizar ni una milésima a Landaben". Como si esto fuera la decisión cacicoide de a quién se le instala un polideportivo. Finalmente, afirmó Chivite que la llegada de un vehículo eléctrico a Volkswagen Navarra es un tema "bastante despejado", como una mañana de agosto, y que se espera "materializarlo en breve". No concreta qué es lo de "materializar", simplemente porque no tiene ni idea de qué es lo que va a pasar con el asunto. Y así tenemos entretenida a la parroquia, entre los desvelos de uno, los agravios de otro y las banalidades de la tercera.

El caso es hablar del coche eléctrico como si se estuviera haciendo algo, lo que sea, por aportar un futuro a la planta de Landaben que se parezca en algo a su glorioso pasado. Esto ya no será posible ni en el mejor de los sueños. El grupo VW está intentando proporcionar al mercado el mayor número de vehículos eléctricos en el menor tiempo posible, como atestiguan los lanzamientos recientes de los modelos ID.3 e ID.4. Si lo hace es más por el pánico que tiene a perder la hegemonía en la industria del automóvil que por ninguna otra razón. Quien realmente sabe de coches eléctricos es Tesla, una empresa que no existía hace apenas veinte años, y que hoy vale en bolsa más que la suma de VW y BMW juntas. Desde California han comprendido mejor que nadie que los coches son la combinación de hardware y software, frente a los fabricantes tradicionales que entienden principalmente de pesadas cadenas de montaje. También los chinos estás haciendo vehículos eléctricos impresionantes, que ahora pueden exportar a Occidente porque cumplen sin problema con los requerimientos de emisiones, que antes suponían una barrera regulatoria para los motores de combustión. En el horizonte hay también unos movimientos muy llamativos de los fabricantes de componentes, como la asociación de Magna con LG Electronics, la de BorgWarner con Delphi o la de los japoneses Aisin Seiki, Denso y Toyota. Montar un coche eléctrico es mucho más sencillo que fabricar los tradicionales, y muchos analistas creen que estos nuevos grupos empresariales podrían aventurarse a crear sus marcas y hacer unos vehículos estupendos. Por si algo faltara, también los fabricantes de productos de electrónica de consumo –como Xiaomi o la propia Apple– están trabajando en sus propios proyectos de automoción. Es justo, nada más y nada menos, que lo que Schumpeter llamaba destrucción creativa, que hace que cada cincuenta años, más o menos, todo un sector industrial se desmorona y da paso a otro. Ese momento ya ha llegado, por más que las tradicionales marcas alemanas se empeñen en meter baterías, dinamos y solenoides donde antes juntaban carburadores, cilindros y catalizadores. El capitalismo repudia las empresas poco creativas y poco competitivas, decía el economista checo. Tesla inaugurará a finales de año una fábrica en Berlín, a una hora de la sede corporativa de VW, donde va a montar los coches con un sistema de batería estructural y un ensamblaje de sólo dos subchasis, fabricados mediante fundición a presión que ahorra piezas y procedimientos. Esto no se les había ocurrido a los alemanes, es un sistema genial nacido de un ordenador operado en California e imaginado por alguien que nunca ha pisado una factoría. Se acabó VW, tarde un poco más o un poco menos en entregar la cuchara. No es bueno caer en el agorerismo, ponerse en lo peor y construir un discurso lúgubre sobre el futuro. Pero mucho peor que eso es tener a políticos cuya visión se reduce al palmo y medio que antecede a su nariz y que ni siquiera saben discernir entre deseos y realidad.

Hablan del coche eléctrico de Volkswagen como si esto fuera la decisión cacicoide de a quién se le instala un polideportivo

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