El desgarrador mensaje de Cocituber sobre la desaparición de los bares de pueblo: “Cuando cierra el último, se pierde mucho más que un negocio”
El divulgador gastronómico Alfonso Ortega reivindica el valor de estos locales como punto de encuentro de la vida rural
Alfonso Ortega, más conocido en redes sociales como “Cocituber”, se ha convertido en uno de los grandes defensores de la gastronomía tradicional. Sus seguidores saben que sus recomendaciones suelen llevarles hasta esos bares de barrio y restaurantes de toda la vida donde todavía se preparan cocidos, torreznos, croquetas, patatas bravas y guisos caseros siguiendo recetas transmitidas durante generaciones.
El éxito de este creador de contenido gastronómico se explica precisamente por su apuesta por lo auténtico, lo cercano y lo tradicional. Frente a las nuevas tendencias culinarias, Ortega reivindica esos locales regentados por personas que llevan décadas detrás de una barra y donde cada cliente suele sentirse como en casa.
Un homenaje a los bares tradicionales que sobreviven en los barrios
A través de sus vídeos, Cocituber ha dado visibilidad a cientos de pequeños bares y restaurantes repartidos por toda la geografía, negocios familiares que mantienen vivas costumbres gastronómicas que forman parte de la identidad de muchos pueblos y barrios.
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Son lugares donde todavía se sirven platos de cuchara, tapas hechas a mano, aceitunas de siempre y recetas que no aparecen en grandes cadenas de restauración. Pero en una de sus últimas publicaciones, el creador quiso poner el foco en un tipo de establecimiento especialmente amenazado: los bares de pueblo.
Durante un paseo por Cantabria, Ortega se encontró con una situación que le hizo reflexionar. Después de atravesar tres pueblos diferentes descubrió que todos tenían algo en común: sus bares habían cerrado para siempre.
“Llevo todo el camino pensando qué le pasa a un pueblo cuando cierra el bar”, comienza explicando en su vídeo. “La plaza sigue ahí, la iglesia sigue ahí, los columpios siguen ahí, el bar ya no”.
El recuerdo de los bares de pueblo de los años 80 y 90
El influencer recuerda con nostalgia aquellos establecimientos que fueron durante décadas el corazón de muchas localidades. Bares con identidad propia, reconocibles por pequeños detalles que forman parte de la memoria colectiva.
“El letrero de Frigo, las cortinas de tiras de plástico, ese olor a cerrado, café, fritanga, madera vieja, el futbolín que aún funcionaba con monedas de cinco duros”, enumera Ortega al recordar aquellos locales.
También habla de costumbres que parecen estar desapareciendo, como las rondas en las que “se invitan sin saber quién ha pagado la anterior” o esos pequeños pinchos de chorizo que acompañaban a una conversación en la barra.
El lugar donde un pueblo se reunía y compartía su vida
Para Cocituber, los bares de pueblo eran mucho más que un negocio de hostelería. Eran el centro social de la comunidad, el lugar donde vecinos y familias compartían momentos importantes.
“Se celebraban las fiestas”, recuerda. “Allí montaban la barra cuando había verbena”. Era el punto de encuentro donde coincidían amigos, familiares y vecinos: “Donde arreglabas el mundo a la hora del café. Donde te reías, donde discutías. Donde se hablaba del fútbol, del huerto, de las vacas, de política, se hablaba de todo”.
El creador relaciona la desaparición de estos locales con uno de los grandes problemas de la sociedad y economía actual: el éxodo hacia las ciudades y la pérdida de población en pequeños municipios.
“Cada día desaparecen más”, lamenta. “Los hijos ya no quieren seguir con el bar del pueblo. La gente ya solo va los fines de semana, los puentes, en verano”.
Ortega reconoce que las ciudades ofrecen nuevas alternativas de ocio, pero defiende que muchos de esos espacios carecen de algo que solo se consigue con el paso del tiempo: la historia y la conexión humana.
“Hay cosas mucho más modernas, mucho más bonitas, pero sin alma”, señala.
"El alma no se compra, no se reforma ni se diseña"
La reflexión final de Cocituber pone el foco en el valor emocionalde estos establecimientos: un bar de pueblo no es solo una barra, unas mesas y una caja registradora. Es un lugar construido durante décadas a través de conversaciones, encuentros y recuerdos compartidos.
“El alma no se compra, no se reforma ni se diseña. Aparece después de 40 años sirviendo cafés y muchísimas conversaciones”, explica.
La desaparición de los bares de pueblo supone también la pérdida de uno de los últimos espacios de convivencia de muchas localidades. En ellos se conservan historias familiares, tradiciones y relaciones vecinales que difícilmente pueden sustituirse por nuevos negocios o franquicias.
En una sociedad marcada por la despoblación rural, mantener vivos estos pequeños bares significa proteger una parte de la cultura popular y de la memoria colectiva. Porque cuando un pueblo pierde su último bar, no solo pierde un negocio: pierde un lugar donde sus habitantes se encontraban, hablaban y construían comunidad.
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