Muere Belén Ordóñez
La hija del matador Antonio Ordóñez y hermana de Carmina fallece a los 56 años por un enfisema pulmonar crónico
belén Ordóñez, fallecida ayer en Madrid a los 56 años, sobrevivió a su hermana, la mediática Carmina, la madre de los toreros Francisco y Cayetano Rivera, tan solo ocho años y once días, un tiempo en el que había más sombras que luces en la vida de la hija pequeña del matador Antonio Ordóñez.
Fama, brillo, luces, felicidad, escándalos, excesos y mucho papel cuché rodearon a Belén Ordóñez, hija y nieta de toreros, quien siempre estuvo a la sombra de su hermana, la bella y polémica Carmina, quien la ganaba en amoríos y en portadas en las revistas del corazón.
Belén Ordóñez nació el 29 de junio de 1956 y conoció el dolor desde muy joven. A medidos de los años 70 se casó con Juan Carlos Beca Belmonte, de quien se separaría después, y diez años más tarde la vida le dio otro gran estocazo, ya que perdió a su gran amor Francisco Ruiz Wanger, el padre de su única hija, Belén. Después se volvió a casar, en 1987, sin mucha suerte con José Luis Cobo, con quien vivió un infierno por ser víctima de malos tratos.
A finales de los 90, Belén Ordóñez se enfrentó a un cáncer que la llevó a estar ingresada en Houston (EEUU) para seguir un duro tratamiento de quimioterapia, después de haber recibido el duro golpe de la muerte de su padre, el gran torero Antonio Ordóñez. Su muerte se debió a un enfisema pulmonar, que mantenía muy diezmada su calidad de vida. Esta experiencia la relató en su libro de memorias Recuerdos, un texto conmovedor que fue muy bien acogido por su sinceridad y donde ella misma contaba sobre su famila, sus enfermedades, sus amores y los malos tratos.
"Me falta la mitad. Me falta un brazo, una pierna, medio cuerpo. Carmen era mi mitad y yo la suya. No puedo vivir sin ella...", así recordaba también en estas páginas Belén a su hermana, cuya muerte nunca superó y la sumió en una profunda depresión.
Atrás quedaban aquellos días de la infancia idílica y privilegiada en Ronda, en la finca familiar El Recreo de San Cayetano, donde cuando las hermanas eran niñas se codeaban con Ernest Hemingway, a quien cariñosamente llamaron tío Ernest, y con el gran cineasta Orson Welles, cuyas cenizas reposan en un pozo de la casa por expreso deseo del cineasta.