Juan Pedro Bator Bernal (Huarte, 1950) es historia del periodismo. Fue director de Navarra Hoy, trabajó en Menorca, Punto y Hora, Egin y La Gaceta del Norte. Y posteriormente como editor en Barcelona. Este viernes presentó un libro autoeditado, El parpadeo del tiempo, que va más allá de la autobiografía, donde reflexiona también sobre el periodismo, la memoria y la historia. Bator tiene un estilo que atrapa. Cuenta que ya desde niño se quedó “colgado de los periódicos”, afición que después compaginó con la de “devorar libros”. Ahora, a punto de cumplir 76 años, su nuevo libro constituye, además de una autobiografía, un recorrido generacional evocador.

Un libro sobre una generación y las amistades. Eso ya es muy bonito. 

Yo no me siento muy capacitado para escribir ficción, ni un ensayo en profundidad, ni un análisis político. Y pensé que he tenido amigos interesantes, un abanico de amigos muy diferentes, en parte porque he vivido en sitios muy distintos.

En Pamplona, Barcelona, Donostia, Menorca, el Baix Maestrat...

Decidí intentar entreverar mi vida al ritmo de la de los amigos que he ido conociendo.

Sin renunciar a contar el contexto social de cada época.

Exacto, y así va ganando amplitud el relato.

Dejó Pamplona de muy joven y Barcelona le deslumbró. 

Entonces era una ciudad faro, porque estaba hasta las pelotas del Opus y no me sentía cómodo estudiando periodismo aquí. Fue cuando ocurrió la sentada, en 1969.

Cuéntenos.

Tuve un protagonismo un poco infame. Éramos unas 200 personas que ocupamos el rectorado. Fue un escándalo de dimensiones extraordinarias.

¿Qué reclamaban?

Que no se llevaran a cabo una serie de expulsiones. Habían empezado a expulsar a gente y habían abierto expedientes. Y la respuesta nuestra fue tomar el rectorado, que eso era inaudito porque en la Universidad de Navarra siempre se decía que si algún día entraba la policía cerrarían. En fin, encima se hacían un poco los antifranquistas. Entró la policía, claro, y nos llevaron a comisaría en una estampa absolutamente berlanguiana. Mi participación en eso fue infame, y me avergüenzo.

“Me fui de Pamplona a vivir a Barcelona porque estaba hasta las pelotas del Opus y no me sentía cómodo estudiando periodismo aquí”

¿Por qué?

Porque vino el secretario general de la Universidad, y yo era tan pasadito entonces que estaba fumando y le eché el humo a la cara.

Su vida parece haber sido intensa. Y la ha disfrutado.

Gozada en muchos aspectos. He tenido siempre la sensación de que el trabajo no era lo más importante. Yo no me siento particularmente satisfecho del periodismo que hicimos. Y llevo 55 años con la misma mujer, que era profesora en un instituto de Barcelona. Yo iba y venía.

Ahora las relaciones a distancia están de moda.

Borges dijo que la amistad, al contrario que el amor, no necesita frecuencia. Yo eso siempre lo tuve claro.

El libro pinta exquisito.

He hecho un esfuerzo por que se leyera fácil y bien. Alguna cualidad tengo para escribir, pero, ojo, después de pasar 40.000 veces la raspa. Igual es la única manera. Pero me he pegado tres años y tres meses con este proyecto.

La vida también son pérdidas, entre ellas en el terreno de la amistad.

Lo tomo con naturalidad. Hay amigos que he perdido en el camino.

¿Es inevitable?

 Claro. He hecho lo posible para que no fuera así. He cuidado y me he dejado cuidar.

Quien vive en distintos lugares a lo largo de su vida teje nuevas amistades y se aleja de otras.

Eso me parece absolutamente necesario cuando eres joven, porque si no, te quedas enganchado a la cuadrilla de Pamplona toda la vida.

Y cuando regresas la mirada nunca es la misma.

No, pero ese contraste es interesante. Cuando vine a trabajar como subdirector de Navarra Hoy mi realidad y la de mis amigos de Pamplona no tenían que ver. Yo no tenía hijos y ellos sí.

Una brecha...

De repente me sentía un poco ajeno y fuera de los códigos de la vida de cuadrilla. Llego un momento en que eso no me interesaba.

Jorge Nagore y Juan Pedro Bator, durante la presentación. Javier Bergasa

¿Cuál cree que es el éxito en la vida?

Para mí ha sido sentir que crecía personalmente, gracias a los amigos, a mi relación con mi mujer, a mi familia. Sí que me ha dolido no haber sido mejor periodista. A ver, nunca me ha interesado ese tipo de periodismo de aguanta carros y carretas y destruye todo por una exclusiva...

¿Cuál es su concepto, ahora que ha cambiado tanto la profesión?

Me hubiera gustado guiarme por dos principios. El de aquel director de La Reppublica que decía que el periodismo es contar a la gente cosas que hace la gente o que le pasan. Contar, más allá de opinar y presionar. Que también hay que hacerlo. Pero tienes que contar primero las cosas y tener in mente el otro apotegma del periodismo: los hechos son sagrados, las opiniones son libres. Eso ya sé que es una ilusión. A la hora de la verdad, los intereses de las empresas periodísticas son los que son, y las afinidades selectivas, y tú ahí, cuando tienes un puesto de responsabilidad te manejas entre la redacción y los intereses, las urgencias y los posicionamientos de la redacción. Yo era un periodista vocacional pero quizás si me hubiera formado un poquito más... En Barcelona tuve muy buenos profesores. Aquí no.

“La contracultura barcelonesa era heredera de mayo del 68, editaba publicaciones y tomaba las calles con manifestaciones”

¿Esa contracultura que vivió en Barcelona empujó en la Transición?

Muchísimo, a nivel social una barbaridad.

De la movida madrileña se dice si fue un mero cambio estético.

No creo que haya comparación posible entre la movida madrileña y la contracultura barcelonesa. Esta última estaba inficionada por un anarquismo básico. Eso se veía en Ajoblanco y en otras publicaciones.

¿Herencia histórica latente?

Bueno, algo y sobre todo de mayo del 68. Esa contracultura era editar fanzines y revistas, reivindicar la libertad sexual y de manifestación de los homosexuales y de las mujeres feministas. Tomar las calles; las primeras manifestaciones por las Ramblas tenían mucho más que un efecto estético, y eran provocadoras. Y también duramente reprimidas por la policía. Nada que ver con la movida madrileña de diez años después que además se circunscribe un poco a la música y el diseño, moda y arte.

Volvió a Barcelona después de dirigir Navarra Hoy y dejó la ciudad Barcelona con sesenta años para irse a vivir al Baix Maestrat.

Habíamos comprado una casita en Cervera del Maestre, un pueblo de allí y fue una liberación pensar que podía dejar esa ciudad que yo había querido y había sentido mía hasta extremos fundamentales en mi vida. ¿Por qué? Por el turismo en buena medida, por los problemas que yo ya veía en los hijos incluso de mis amigos para labrarse una vida allá adentro. Si me apuras empecé a ver las orejas de un fundamentalismo independentista, las orejitas. Yo no soy nacionalista, ni siquiera español, pero siempre creo que he tenido buena sintonía con los nacionalismos vascos y catalán o valenciano o menorquín. Siempre he vivido en sociedades bilingües y siempre he intentado respetar esa realidad.

¿Cómo se arregló la jubilación al quedarse sin trabajo a los 61 años?

Tiene que ver con lo de antes. En la vida el trabajo es muy importante, pero llega un momento en el que tienes que asumir que a los 61 años nadie te va a contratar y reciclarte y repensar tu vida y obrar en consecuencia.

Solo esa constatación podría llevar a mucha gente al abismo de una depresión.

A mí no, de la misma manera que anteriormente me había pasado dos años en el paro viendo muy turbio mi futuro. Pero salió lo de editor, y me sirvió mucho el bagaje como periodista para reciclarme. Después, cuando me despidieron con 61 años mi mujer acababa de jubilarse con 60. Y empezó otra época de mi vida de lo más curiosa, donde redescubrí la naturaleza.

Un amigo suyo le dijo: “Acabes cuando acabes este libro ya no serás el mismo”. Vaticinio cumplido.

Absolutamente, tres años incluso a estas edades dan para muchos cambios. En lo sustancial no he cambiado, ni en mi concepción del mundo. Pero en algún sentido me ha aposentado haber podido terminarlo, porque esto era un tiro al aire.

Es delicado escribir sobre amigos...

Claro. Y ahora estoy un poco más seguro y tranquilo para afrontar lo que me queda de vida o la vejez. Esto sin el apoyo y la colaboración de los amigos no lo hubiera podido hacer. La quinta esencia de la amistad es el buen recuerdo que te queda. Tendrás los amigos que tengas, los perderás incluso, pero quedan los buenos recuerdos.

“Noto la pérdida de memoria. Me empiezan a fallar las palabras, estoy perdiendo los recuerdos. Por eso me lancé a escribir”

Estamos de paso. Esa constatación en sí misma es tremenda.

Ahí está el título del “parpadeo”. Es un chiste, pero el Estado franquista, su perversión, se basaba en la familia, sindicato y municipio. He escrito un libro sobre la familia (su padre) y ahora sobre el municipio, que se sustancia sobre las relaciones humanas, como las amistades. He vivido en una decena de sitios distintos. También en Londres y estuve en Islandia trajinando bacalao...

Qué vida.

Sí (se ríe) pero era la época. Tenía 23 años.

Dice que los recuerdos de su libro “dignifican una memoria que ahora corro peligro de perder”.

Es que esto está de origen en el libro también. Tenía 73 años cuando empecé este libro el 8 de febrero de 2023. Y he notado absolutamente la pérdida de memoria. Me empiezan a fallar las palabras, por eso me ha costado mucho hacerlo. Estoy perdiendo los recuerdos, me olvido de cosas... De repente me digo: oye, estás perdiendo la memoria. Y me respondo en un autodiálogo que es algo natural. Pero, joder, a este paso imagínate a los 83, qué puede quedarte... Fue entonces cuando me lancé a escribir. En la pérdida evidente de memoria, tan importante para mí.

Presentado el libro, ahora toca celebrarlo, por lo menos con una parte de esas amistades. Celebrar la vida.

Así va a ser. Cuando inicié esta autoedición no me di cuenta en qué lío morrocotudo me iba a meter. El libro pesa un kilo doscientos gramos y tiene 544 páginas. La tirada es de 225 libros, me voy a encontrar con 300 kilos de papel que tengo que llevarme a Barcelona, a Menorca, a Cervera...

Estupendo pretexto para los reencuentros.

Eso es. Nos juntaremos los amigos, será una celebración. Y en Pamplona también, familia incluida. El libro se va a poder encontrar en Pamplona en Katakrak, Walden, Nerea, Arcos o La Librería de la Estafeta. La autoedición ha sido muy complicada pero a la vez muy gozosa. Creo que ahora lo voy a disfrutar.