pAMPLONa - Fernando Redón Huici (1929), con cerca de 60 años como arquitecto a sus espaldas, ha visto cambiar Pamplona y Navarra como testigo y como creador de ese cambio. Premio Príncipe de Viana de la Cultura 2004, es un profesional polifacético: urbanista, pintor y fotógrafo cuya trayectoria se expone ahora en el Parlamento de Navarra.

Entiendo que esta exposición es un reflejo de toda su trayectoria.

-No se le puede llamar antológica ni mucho menos. Yo calculo así a ojo que está como 1/4 de lo que podía haber traído, pero no cabe todo. Afortunadamente la elección la ha hecho el comisario, Luis Manuel Fernández, que hizo su tesis doctoral sobre mi obra y la conoce mejor que yo. Además, elegir de tu propia obra es difícil, es como si te dicen a quién de tus hijos echas de casa. En principio a ninguno, pero claro... (ríe).

¿Cómo comenzó en la arquitectura? ¿Tuvo buenas críticas?

-Mis primeras construcciones fueron una fábrica en Gipúzkoa, de un íntimo amigo mío, la fábrica de Echezarreta. Era modernita pero tampoco... hoy te daría risa. También la casa de Felipe Huarte, la casa de las hiedras, y la casa de mi prima en Vitoria, que la pusieron por la radio y todo diciendo que estropeaba Mendizorroza (ríe). Y es una casita bien discreta (ríe).

¿Cómo era Pamplona entonces, arquitectónicamente hablando?

-Pamplona estaba todavía muy anclada en lo que podemos llamar arquitectura de la posguerra, una arquitectura entre conservadora y cutre. Pero precisamente a finales de los 50 y principios de los 60, después de sacarme el título de arquitecto, empezó la burbuja y se empezó a construir. Javier Guibert y yo hicimos un estudio juntos, estuvimos durante seis años, y no estábamos dispuestos a seguir por ese camino e hicimos cosas que fueron muy criticadas. Para que te hagas una idea, a la casa de las hiedras le llamaban el muro de la vergüenza, como el de Berlín. E incluso uno, que no voy a decir quién era, le dijo a Guibert: esa casa que habéis hecho en la avenida Franco no me gusta nada. Y Javier le contestó: no sabes lo que me alegro, porque si te hubiera gustado a ti, me hubiera llevado un disgusto (ríe).

¿Era difícil innovar y hacer arquitectura novedosa?

-Sí, era más difícil de lo que parecía. Por ejemplo salió un concurso, de los pocos que salían, para construir el nuevo conservatorio de Pamplona, y nos presentamos con una solución simple y muy del momento, y no nos dieron ni las gracias. Se lo dieron a eso que se hizo (ríe). Era difícil pero siempre tenías algún grupo de gente que había viajado o visto distintos países y a la que le gustaba lo que hacías.

¿Cuando cree que comenzó a conocerse y valorarse su obra?

-Conocida para mal fue desde el principio (ríe). La casa de Felipe Huarte porque no se veía, porque era más moderna que los otros proyectos que hicimos. Pero me quedo con que ellos estaban encantados. Y cuando la vio Jorge Oteiza se emocionó y me dijo que quería que hiciese su museo. Luego, para qué te voy a contar... la política... Afortunadamente al final la hizo Sáenz de Oiza, que era buenísimo.

¿Cómo ha cambiado la ciudad y la forma de construir?

-Creo que ha mejorado mucho y que está al día. Hay unos barrios nuevos que los ves y no sabes si estás en Pamplona, en Stuttgart o en una ciudad inglesa. Es otra cosa. El problema es que antes no podíamos viajar y no entraba ni una revista de arquitectura extranjera. Vivíamos en un mundo que no conocía el exterior. Para mi curso de arquitectura, el viaje de fin de carrera que fuimos a París y pasamos por Alemania realmente cambió nuestras vidas. Lo mismo ocurría cuando ibas a San Juan de Luz, Biarritz o Baiona y veías las ciudades terminadas, con los bordillos pintados y los parterres de flores, mientras que aquí solo había solares. Y no solo en Pamplona. Durante 30 años he estado yendo todos los veranos a Ibiza y había hoteles de cuatro estrellas a los que se llegaba por caminos de tierra. Era una cutrancia. Incluso en sitios como Benidorm o la costa catalana.

¿Se ha construido por encima de las posibilidades?

-En cantidad desde luego. En calidad se ha mejorado, no solo en el diseño de arquitectura sino también en materiales. Está influyendo muy positivamente la Escuela de Arquitectura, aunque a algunos parece que no les guste.

¿Tiene la impresión o percepción de que a veces se puede valorar más una construcción por ser bonita que por su utilidad?

-No cabe duda de que la arquitectura actual, lo que podemos hacer hoy en día, si hay dinero, tiene sus peligros... Hacer una fachada demasiado vidriada hacia poniente no funciona por ejemplo. Pero a la gente también le gusta muchísimo más criticar que decir que le gusta una cosa.

¿Para qué o para quién tiene que servir la arquitectura?

-Para los que van a vivir en ella o los que la van a utilizar. Todo lo demás son tonterías. Aquí entra también en juego un terreno en el que se pone en duda si todavía tiene sentido hacer obras monumentales. Yo creo que algo en conmemoración de cosas que hayan sido importantes sí, pero hacer una cosa monumental así por así no. Los muertos en guerra son siempre respetables en cualquier sitio, sean de un lado o del otro, pero eso puede hacerse dentro de una dignidad. Y nunca un tiempo es igual que otro. No tiene sentido ahora construir con el concepto con el que se hizo Viena o Venecia. Por otro lado, siempre he dicho que es más fácil hacer una casa de cultura que llenarla luego de contenido y de cultura. Hacerla hay muchos los que somos capaces de hacerla, mejor o peor.

¿Cómo influye el boom por urbanizar todo en la conservación del medio ambiente y de lo histórico de las ciudades y pueblos?

-El progreso y la industria es algo imparable. En Navarra se han conservado muchos más pueblos vírgenes que en Gipuzkoa, porque en Gipuzkoa la pequeña industria salía como las margaritas. Un ejemplo es Lesaka: en Lesaka ha habido mucha industria y el casco histórico se mantiene y es precioso. Ahora se dice en inglés porque todo lo tenemos que decir en inglés, que de una aglomeración urbana tiene importancia el skyline, el perfil que da. Los pueblos también tienen su skyline, y los hay en Navarra preciosos. Pero algunos los hemos estropeado nosotros mismos. Por ejemplo Erro tenía una aglomeración de casas junto a la iglesia, e hicieron ahí mismo un frontón enorme... Pero es difícil, el habitante es muy reacio a que le pongas limitaciones.

¿Por qué dice eso?

-Todo esto lo sé porque hicimos un proyecto de protección en Belagua y Roncal. Belagua es precioso y uno de los encantos que tiene son sus pequeñas bordas, que antes tenían las tejas de madera y de repente empezaron a poner placas onduladas de plástico azul turquesa y cosas así, la que le gustaba al dueño (ríe). Y cuando les decías que no, que aquello tenía que ser un paisaje protegido por su parque natural, te decían que en su borda harían lo que les diera la gana. Les costaba una barbaridad aceptar el concepto, y la riqueza de Roncal y Belagua está en su naturaleza precisamente, como hicieron los americanos en el Sequoia National Park o Yellowstone, que decidieron que era demasiado hermoso para que fuera de pocas personas y que tenía que ser propiedad de la humanidad entera.

¿No sabemos apreciar lo que tenemos delante? Ya sea naturaleza o arquitectura construida.

-Cuando estábamos haciendo la vía ecológica, discutimos si había que señalar con un cartel los sitios donde sacar fotografías muy bonitas. En la Foz de Arbayun llegaron unos franceses, vieron el cartel, se pararon, se asomaron a la foz que estaba preciosa, con los buitres volando, los rayos de sol entrando de forma horizontal... Se bajaron, el padre puso a la mujer y los hijos con la espalda dada a la carretera y con la carretera de fondo les sacó la foto. Ahí están, en la exposición, porque me dio entonces por sacar fotografías de gente que hacía eso. Y también tengo una de una pareja que está en la acrópolis en Grecia y él está pegado de espaldas al Partenón y tiene a su novia apoyada sobre unos tejados de abajo. Pero idiota, si tiene que ser al revés... ¿Y ese quieres tú que luego sepa apreciar la arquitectura buena o mala? Hace poco me pasó también en un viaje con mi mujer. Estábamos en Colonia, en la catedral más impresionante del mundo, y a la salida había una guía que les dijo a los turistas que no había nada que ver dentro, como mucho la arqueta de los Reyes Magos. ¿La arqueta de los Reyes Magos? ¡Pero si estaban en la catedral con el espacio interior más impresionante del mundo!