concierto de rulo y la contrabanda
Fecha: 12 de noviembre de 2016. Lugar: Sala Zentral. Incidencias: Sala abarrotada. Público participativo.
La noche del sábado, una fila que arrancaba desde la entrada de la sala Zentral, flanqueaba la plaza de los Burgos y torcía por la calle Mañueta hasta casi tocar la calle Mercaderes, nos aguardaba como una broma pesada. Si queríamos entrar, no quedaba otra que ponerse religiosamente en el último lugar de la cola y avanzar lentamente mientras caía una fina lluvia. Este contratiempo fastidioso, sin embargo, nos dio la primera clave del concierto que estaba a punto de comenzar: la capacidad de convocatoria de Rulo y la Contrabanda, que venían a Iruña a presentar su nuevo disco, El doble de tu mitad, casi tres años después de su último concierto en la capital del viejo reino. Efectivamente, para cuando entramos ya no cabía un alfiler en la sala. Escuchamos los acordes iniciales de Tu alambre, la primera canción en sonar, que nos dio la segunda clave de la velada: el excelente sonido, además de la factura impecable, de ésta y de las otras veintiún canciones que ofrecieron. Buenos músicos y buena sala, dos ingredientes que siempre casan bien. Y más aún cuando los ves sudando la camiseta y pasándoselo en grande. Mención aparte merece el batería guipuzcoano Carlos Aranzegi. No puede ser de este planeta.
Todavía acomodándonos y apelotonados como estábamos en las filas de atrás, tocaron Me gusta, que el personal ayudó con efusión a golpe de garganta. El público fue, precisamente, la tercera clave.
En algunos conciertos, el respetable es casi tan importante como la banda. Algo así como esas aficiones aguerridas de fútbol que se convierten en el jugador número 12 y aúpan a su equipo a lo más alto. Eso mismo ocurrió la noche del sábado. Los fans llevaron en volandas a la banda, que casi levitaba mientras ejecutaba títulos como Mi cenicienta, Objetos perdidos, A solas o Me quedo contigo. La energía se podía tocar con los dedos. Tanto era así que Rulo soltó por el micro: “Os las sabéis todas cabrones”. El público se las sabía todas, igual las viejas que las nuevas. Exagerado.
Vamos a por la cuarta clave: la música. Rulo y la Contrabanda se encuentran en algún punto entre Fito & Fitipaldis y Joaquín Sabina, entre el rock y el pop, aunque la noche del sábado prevaleció el primero sobre el segundo, a pesar de esas canciones empapadas de melodía y estribillos efectivos de fácil enganche. Pero las corrientes eléctricas del rock urbano pesan lo suyo, y se hicieron notar, al igual que algunas guitarras stonianas que se colaron por nuestros oídos. Si hay que sincerarse, los gustos del cronista se decantan más por otras formas de hacer rock, y los impulsos que activan sus emociones le llegan por otros circuitos, pero eso nada importa si nos fijamos, que lo hicimos, en las caras de felicidad de los presentes para certificar que, en su género, Rulo está entre los mejores. “¡Qué crack!”, decía un chico que estaba a nuestro lado.
Pero sin las letras, nada de lo anterior cobraría pleno sentido en una banda como la de Rulo. Vamos, pues, a por la quinta clave. La lírica debe ir bien conjuntada con la música, y Rulo se revela como un letrista eficaz que hilvana bien las palabras para que las canciones fluyan en un torrente de sentimientos y emociones que acaban llegando a sus fans con gran intensidad.
Por último, la sexta clave se personificó en los invitados y amigos que subieron al escenario. Javi San Martín, de los estudios Sonido XXI, con el que el cántabro ha grabado un porrón de discos, lo hizo en Buscando el mar; Alfredo Domeño de Escarabajos en Majareta, y Kutxi Romero de Marea en Divididos. Entre tanto, la banda tocó Noviembre, “mi canción favorita del nuevo disco”, reconoció Rulo, y para el final se reservaron algunos pelotazos: Por verte sonreír, que Rulo compuso con 17 años, Heridas de rock and roll y P’aquí, p’allá, que sonó mucho mejor que con La Fuga. Aún hubo tiempo para dos más: No sé y 32 escaleras. Kutxi y Alfredo auparon al cántabro de aquella manera, aunque ya no se podía subir más alto, y con un fuego sobre la sala que lo abrasaba todo, acabó una noche inolvidable para los presentes.