pamplona - Paisaje y materia es el título de la muestra que ayer inauguró el tudelano Carlos López en la planta baja de Pabellón de Mixtos de la Ciudadela. La exposición, que se puede visitar hasta el próximo 22 de enero, reúne una treintena de obras que se distribuyen en siete series temáticas que pueden agruparse en dos grandes conjuntos. El primero de ellos abarca las obras que versan sobre Bardena, Matorrales y espartos, Dunas y Pinos y cipreses; mientras que el segundo bloque está integrado por los cuadros de las series Montes, Mares y Nubes.
La muestra fue presentada ayer por el propio artista, que estuvo acompañado por la directora del Área de Cultura del Ayuntamiento, Maitena Muruzábal.
Según explicó Carlos López, los cuatro primeros cuadros que abren la exposición, que presenta obras creadas en los dos últimos años, “son lo ultimísimo que he hecho. Se trata de paisajes más abstractos basados en fotografías de mares, pero en los que el mar ya tiene menos importancia e incluso aparecen nubes a punto de romper. Digamos que ahí estoy rozando lo abstracto, aunque siempre hay un referente figurativo”.
Respecto a la evolución futura de su trabajo, López apuntó que “quiero pintar con más materia todavía, si cabe, por lo que últimamente estoy experimentando con materiales que se utilizan para la construcción... Un camino en el que intento dar más importancia a la materia, a la textura, y quitársela a la representación. Pero bueno, me temo que dentro de dos años, en la siguiente exposición, seguiré estando en la misma tesitura, porque me cuesta mucho desprenderme del motivo, del referente”.
Más que un catálogo Parejo a la exposición de la Ciudadela, Carlos López ha editado un libro, más que un catálogo de la muestra, aunque lleve el mismo título, Paisaje y materia, “que hacer honor un poco a estos veinte años que llevo pintando”. En este sentido, López recalcó que los dos hilos conductores de su obra han sido siempre “el paisaje y la materia, las texturas. Digamos que hace años era más figurativo”, sobre todo teniendo en cuenta que “durante 15 años solo pinté las Bardenas. Intentar captar el propio carácter de la tierra, del suelo, de los matorrales o de las pequeñas charcas me introdujo en la búsqueda de materiales destinados precisamente a captar ese carácter de la tierra. Así es como desde hace bastantes años empecé a utilizar el polvo de mármol y la piedra pómez. De esta forma, he ido caminando poco a poco a que la materia tenga más importancia por sí misma e intentar, aunque me cuesta muchísimo, desprenderme de la representación, del paisaje. De hecho, yo siempre he admirado a pintores abstractos más que figurativos, pero reconozco mi particular lucha sin cuartel, que ya dura años, para lograr desprenderme de la representación... porque al final siempre acabo, por ejemplo, haciendo una línea de horizonte que diferencie el cielo del agua o de la tierra”.
Y es que a Carlos López le persigue, como bien recalca, una tormenta interior que le hace debatirse entre la admiración por los pintores abstractos y el hecho de que sus obras acaben siendo siempre figurativas o paisajísticas. Una contraposición que, según él mismo explico, refleja su carácter, que trasmite una gran calma de cara a la gente pero que esconde un intenso debate interior. “Desde hace 15 años he admirado a los Lucio Muñoz, Farreras o lo más abstracto de Miquel Barceló, donde los cuadros son borbotones matéricos, en los que la materia incluso está tratada de una forma barroca, desproporcionada o excesiva, logrando que tenga significado por sí misma. Aunque, en mi caso, al final siempre acabo pintando paisajes... Es curiosísimo, digno de que alguien me haga un análisis... Pero es que me cuesta horrores romper la forma, por ejemplo, de una roca, hasta el punto de que me lo tomo muy a pecho y, a veces, lo paso mal, sufro”. Al hilo de esta lucha interna, López no se cortó al apuntar que “siempre he estado más interesado por la obra de los demás que por la mía propia” e incluso llegó a afirmar, con una sinceridad abrumadora, “que mi obra no me gusta. No soporto mis cuadros. En el estudio, siempre tienen que estar contra la pared y vueltos. Y en casa, en el sillón donde estás tirado viendo la tele, hay solo dos, que son los únicos que soporto. Lo que sucede es que mis cuadros me dicen demasiado, y cuando los veo, me empieza a remorder la cabeza, y le doy vueltas a si he hecho una cosa o he dejado de hacer otra. Además, siempre estoy pensando en el cuadro que está por pintar más que en el cuadro que ya he pintado. Por ejemplo, aunque es un lujo exponer en esta sala, realmente no estoy centrado en esta muestra, sino que se me va la cabeza a los cuatro cuadros del principio (los más abstractos), que son los últimos y quiero pintar muchos más en esa línea. Esto es normal que te pase cuando eres joven, pero a mis 45 años, ya va siendo hora de que empiece a recoger un poco lo que has hecho”. Eso sí, si algo tiene claro, es que las opiniones de los demás no influyen en su pintura, “que es al 200% mi voluntad”.
De la Bardena al mar Tras tres lustros pintando únicamente la Bardena, Carlos López comenzó a reflejar en su obras el elemento más opuesto, el mar. Una transición que él mismo razonó a través de los “viajes familiares que solemos hacer en verano a Asturias. Yo, allá donde voy, hago cientos y cientos de fotos que luego dejo bien ordenadas en los cajones. A veces pasan años y las pinto, y otras veces no las pintó. En este caso, el paso al mar se debe a estas vacaciones fotografiadas, pero yo diría que más que el mar, lo que me llamaba la atención eran las rocas, ya que en ellas veía texturas visuales que en sí mismo eran un cuadro. Y, por otro lado, dejé las Bardenas de lado no solo para pintar mares sino también montañas, y, concretamente, de éstas lo que más me interesa es la nieve, ya que cuando veo un paisaje nevado, incluso a través de la ventanilla del coche, aprecio texturas visuales que en el cuadro pasan a ser táctiles... En cuanto veo caer la nieve, lo relaciono con la pasta de papel y el pigmento de titanio”.