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El paraíso del rock

La tercera edición del Iruña Rock celebrada en el Navarra Arena ha demostrado que se puede crecer y cambiar de recinto sin traicionar el espíritu con el que nació. En total veinticinco bandas y veintisiete horas de música.

09.02.2020 | 11:50
Imagen del primer día del Festival en la que se aprecian las dimensiones de los dos escenarios y la buena acogida de público.

La tercera edición del Iruña Rock celebrada en el Navarra Arena ha demostrado que se puede crecer y cambiar de recinto sin traicionar el espíritu con el que nació. En total veinticinco bandas y veintisiete horas de música.

Iruña Rock

Fecha: 24 y 25 de mayo. Lugar: Navarra Arena. Incidencias: Tercera edición del Iruña Rock, primera celebrada en el Navarra Arena en vez de en la Ciudadela. Cartel muy extenso, con casi treinta horas de música en las que la afluencia de público fue muy buena, alcanzando sus máximos en las horas centrales.

En su tercera edición, el festival Iruña Rock se enfrentaba al dilema de cómo crecer sin traicionar el espíritu y la vocación con los que nació. Los dos años anteriores, en la Ciudadela, contaron con el mejor escenario posible, pero también se vislumbraron algunas amenazas. La primera y más obvia, la inestabilidad climatológica; el año pasado llovió abundantemente durante algunas actuaciones (Narco y Doctor Deseo, especialmente), y el sábado por la mañana muchos llegaron a temer que los conciertos de la tarde no podrían celebrarse, aunque, finalmente, una tregua meteorológica y el buen hacer de la organización, que trabajó de lo lindo achicando agua, permitió que todo siguiera su curso con relativa normalidad. Además, la Ciudadela presenta los inconvenientes de tener aforo y horario limitados, por lo que el festival tenía marcado su techo y no podía aspirar a seguir creciendo. Así las cosas, y con el imponente Navarra Arena a pleno rendimiento desde hace meses, la opción de cambiar de ubicación parecía más que razonable. Después de disfrutar de esta auténtica maratón de rock que ha supuesto la tercera edición, podemos afirmar que la decisión ha sido acertada desde cualquier punto de vista. Así lo han percibido también sus parroquianos, que han gozado a sus anchas de veinticinco bandas a lo largo y ancho de dos jornadas y veintisiete horas de música. Un auténtico paraíso para cualquier aficionado al género.

Nada más entrar ya podían vislumbrarse los primeros cambios, con dos enormes escenarios de idénticas dimensiones, colocados uno junto al otro (en la Ciudadela, por motivos de espacio, uno era mucho más grande que otro). Mientras un grupo tocaba en uno, se iba preparando todo para el siguiente en el de al lado, de forma que las paradas entre actuaciones fueron mínimas y el público solo tenía que desplazarse unos pocos metros. Gran acierto por parte de la organización al reservar parte del cartel para grupos navarros, como los recién nacidos Cuatro Madres y los renacidos Flitter, juventud y veteranía, que abrieron la jornada del viernes con contundencia y pasión. Tras ellos hubo cambio de género y de continente, saltando hacia el hip hop de la argentina Sara Hebe, con sus letras combativas y feministas (Fuck the power o La nueva ley fueron buen ejemplo de ello). Más rap, aunque en esta ocasión nacional y fusionado con guitarras eléctricas, fue lo que ofrecieron los chicos de Sons of Aguirre, acompañados por Scila. Eso sí, los mensajes fueron igualmente revolucionarios, y es que más incisivos que su música, si cabe, lo fueron sus versos sarcásticos. Valira, el nuevo proyecto del guitarrista de La Raíz, se estrenaba por estos lares, pero cuenta ya con numerosos adeptos que cantaban las canciones de su primer álbum, Ecos de aventura. La voz fina de Juan, así como la mezcla de guitarras y teclados recordaron por momentos (La exiliada multitud, Adversarios) a Vetusta Morla (disculpad mi osadía).

Había expectación por ver a Skindred, que salieron a escena con una versión electrónica de la Marcha Imperial. A pesar de la barrera del idioma, los británicos supieron conectar con el público con su metal alternativo (mezclado también con reggae) y el carisma que desprendía Benji, su cantante. Por su parte, Soziedad Alkoholika, Zea Mays y Gatillazo no ofrecieron sorpresas en sus respectivas actuaciones, para alborozo de sus seguidores. Fuerza bruta los primeros, intensidad y emoción los segundos y punk de la vieja escuela los de Evaristo, que, por cierto, ha alcanzado el Número Uno de ventas con el disco que acaba de publicar con La Polla, por delante del mismísimo Alejandro Sanz. La alegría por dicho logro posiblemente se esfumase cuando un vaso arrojado desde el público impactó sobre la cabeza del frontman, a quien la sangre no le impidió seguir con su concierto. Bien entrada la madrugada llegaron Hamlet, Kaos Urbano y Auxili, tridente con el que concluyó la primera jornada casi a las cinco de la madrugada.

El sábado, si había resaca, no se notó. Poco a poco fue llegando el público al Arena mientras en el exterior, una auténtica marea de aficionados se dirigía al Sadar para recibir a los jugadores de Osasuna. De hecho, cuando se acercaba esa hora hubo bastante público que salió a celebrar el ascenso de los rojillos. Centrándonos en la música, abrieron fuego Las Sexpeares, que presentaron su álbum Somos lo peor y dejaron muy buen sabor de boca. Les siguió Machete en Boca, cuarteto valenciano de rap mestizo y letras reivindicativas, como la de Señora de nadie. Cambio de estilo con Modus Operandi, nueva banda creada por antiguos componentes de Betagarri y Vendetta, que animó a la concurrencia, cada vez más numerosa, con sus ritmos de ska. A la misma hora en que tenía lugar el recibimiento a Osasuna, Crim descargó su tormenta eléctrica. Aguantaron bien el tirón, con muchos fieles entre las primeras filas. Niña Coyote eta Chica Tornado siempre son un valor seguro, y en esta ocasión tampoco defraudaron. Vestidos de rojo, la pareja desplegó su colección de riffs salvajes y batería asilvestrada. Con Anier se notó un pequeño bajón en el entusiasmo general, aunque también contaba con sus adeptos. La joven rapera, cuyo nombre significa "reina" al revés, ofreció una actuación valiente, pero, a esas horas, la mayor parte de la concurrencia estaba esperando a otras bandas. Y es que el último tramo del festival estaba repleto de pesos pesados, como Segismundo Toxicómano, que no dio ni un minuto de tregua con su punk rock, o Turbonegro, uno de los grupos con más fieles en el Arena, a juzgar por el ingente número de camisetas suyas que se veían entre las primeras filas (había varios grupos de amigos venidos de otras comunidades para verles, por cierto). Los noruegos, liderados por el peculiar Duke Of Nothing, dieron una auténtica lección de rock aderezado por otros estilos como el punk o el glam.

En un tono más festivo, La Pegatina puso a todo el mundo a bailar, acallando con su música una polémica minúscula, absurda y estéril a cuenta de la canción que Adriá escribió para que Miki cantase en Eurovisión (La venda). No daremos más pábulo a una anécdota tan nimia, no lo merece. Mejor centrarse en el enésimo triunfo de La Maravillosa Orquesta del Alcohol, que volvieron a convertirse en El Maravilloso Karaoke del Alcohol, como ya apuntamos en la crónica de su último concierto en Zentral hace unos meses. Los burgaleses volvieron a constatar, a fuerza de honestidad, que no hay escenario que se les resista. Lo mismo pueden decir los dos grupos que les sucedieron sobre las tablas, Narco y Zoo; los dos habían estado presentes en anteriores ediciones del festival y en la madrugada del sábado desplegaron sus argumentos musicales, convenciendo con ellos a propios y extraños. El fin de fiesta, nunca mejor dicho, corrió a cargo de Mala Pékora y sus versiones pasadas por el filtro etílico mexicano. Inmejorable balance el de este Iruña Rock 2019, un festival que ha sabido acometer los cambios necesarios para seguir mirando al futuro con seguridad y, lo más importante, expectativas de seguir creciendo.