Pedro Alonso, actor

"La película habla de esos bichos atrapados en el bucle del poder y la miseria"

El actor gallego comienza el año con el estreno, el 1 de enero, de El silencio del pantano , de Marc Vigil. Una historia sobre criaturas de alma corrupta.

30.12.2019 | 09:37
Marc Vigil ensaya una escena de la película junto a Pedro Alonso.

Q, experiodista metido a escritor, narra en sus novelas sangrientos asesinatos de personas envueltas en la corrupción política en Valencia. El problema es que no queda claro si son ficticios o no. Es el argumento de El silencio del pantano, filme que adapta la novela homónima de Juanjo Braulio.

En noviembre de 2018 hablábamos cuando estaban finalizando el rodaje en Navarra, y me comentaba lo peculiar que es este personaje porque hay muchas cosas de él, casi todas, que no están escritas. ¿Cuáles han sido las claves que ha empleado para hacerse con él?

Que yo recuerde, es de los personajes que más me han costado. Mi personaje apenas tiene diálogos ni secuencias con nadie y llegó un momento en que empecé a tener la sensación de que no hacía pie, de que no tenía claro dónde estaba el apoyo del personaje. Me neuroticé un poco, y me sorprendió porque en los últimos años mi proceso de trabajo ha sido quizá más intenso, pero también más saludable y menos neurótico. Y no sabía muy bien de dónde me venía esa inseguridad. Hasta que llegué a la conclusión de que tenía que ver con la energía del personaje, con Q, que es como un agujero negro que se traga todo lo que le echas y no devuelve nada.

Es insondable.

Es un poco insondable y mi miedo era que eso no se entendiera. Mi teoría es que eso responde a un daño muy profundo, pero muy poco aceptado, muy negado. Cuando alguien es así de críptico y de disociado es porque no tiene ninguna intención de entrar en la habitación íntima donde está el dolor y su peripecia se convierte en un camino hacia el abismo donde se va a llevar por delante todo lo que se encuentre.

Es un personaje que, pese a ser escritor, casi siempre habla más a través de los silencios y las palabras.

Eso es, es paradójico porque es un tipo que viene del periodismo y que ahora es escritor, es decir, que se dedica a la comunicación, pero como se va viendo a medida que avanza la acción, es una persona muy encriptada con muy poca relación con el exterior. Si acaso mantiene un vínculo con su hermano, pero de manera muy discreta.

En el fondo de esta historia está la corrupción.

Aquí la corrupción política es el marco, pero el tema principal de la peli es la corrupción del alma. Aparecen políticos, gente del lumpen, profesionales liberales... Y todos están metidos en el mismo bucle energético. En ese sentido, es una película, sorda, que no da opciones a que entre oxígeno. Y está rodada de una forma exquisita, con una Valencia que no es nada previsible, en modo The Wire, con algo muy crepuscular y ese ambiente sonoro a propósito de la naturaleza y el pantano. Es una película de investigación de esos bichos que componen un universo de gente muy dañada y atrapada en el bucle de la ambición, el poder y la miseria.

Q también está dañado y siente que debe hacer justicia, aunque a su manera, claro.

Efectivamente. Yo llegué a mi versión del origen de ese daño, pero es algo muy subjetivo, claro. No está contado, solo apuntado. Hay dos momentos específicos en los que se intuye su fractura emocional y en los que se abre el cráter y sale el dolor que lleva dentro, pero lo hace cuando está solo y sin que le vea nadie.

La película le da la última palabra al espectador.

En el proceso de edición se plantea el juego entre diferentes niveles de la realidad y lo que Q está escribiendo.

Está claro que Marc (Vigil) y Pedro Alonso han establecido una buena conexión.

Marc y yo tuvimos una gran conexión cuando coincidimos en El Ministerio del Tiempo y decidimos que teníamos que trabajar juntos lo más que pudiéramos hasta que uno de los dos se fuera a otro planeta. Luego Marc levantó una serie en México, en la que participé y, finalmente, cuando surgió esta primera película ni me lo pensé. Estamos conformando una relación en términos afectivos y creativos que tiene aun mucho margen de desarrollo.

Estar en la primera cartelera del Año Nuevo no está nada mal.

Está muy bien, es un lujo, y más teniendo en cuenta lo dura que ha sido sobrevivir en esta profesión. Me las he visto de todos los colores y le doy mucho valor a tener la continuidad que estoy teniendo. Tengo varios frentes que se van retroalimentando: el estreno de esta peli, el de la cuarta temporada de La casa de papel, en abril presento la primera novela que publico, aunque es la segunda que escribo... También llevo años pintando y voy a hacer una exposición con mi novia. Vivo un momento de efervescencia creativa y no puedo más que estar agradecido.

¿Le molesta que le identifiquen demasiado con el personaje de Berlín de La casa de papel?

Hay personas que todavía me dicen que para ellas siempre seré el padre Casares, personaje de una serie que hice en Galicia. Recuerdo que yo ya la había acabado de grabar y estaba haciendo Gran Hotel, que me cambió bastante el perfil, y en un viaje de tren de Galicia a Madrid, una señora se me acercó cuando aun estábamos en el tramo gallego y me dijo lo mucho que le gustaba mi papel del cura y que con mi cara siempre iba a tener que hacer de bueno... Fíjate los bicharracos que he hecho en los últimos años (ríe). En ese mismo viaje, más adelante, un tío me dijo "tú eres el que hace del cabronazo de Diego Murquía". De estas anécdotas se desprende que yo intento siempre con todo mi corazón y mi compromiso darle un alma al personaje que interpreto, pero las etiquetas las ponen otros. Es verdad que hay personajes que te marcan, pero yo no me voy a pelear ni un poco contra Berlín, porque es un gran personaje dentro de un grupo de gente muy talentosa. En mi vida profesional me están pasando cosas de distintas tesituras y eso es una gran riqueza.