Un viaje por la Viena de Beethoven

Nunca faltan ramos de flores ante la tumba de Ludwig van Beethoven en el Cementerio Central de Viena, ciudad en la que residió desde los 17 años

29.05.2020 | 21:41
Beethoven, genio universal.
Cuando en 1787 Beethoven, con 17 años, pisó por primera vez Viena, quedó fascinado por el alto nivel musical que había creado la emperatriz María Teresa I y que en aquel momento mantenía su hijo Francisco José. Superaba todo lo que le había dicho su maestro y compositor Joseph Haydn en su Bonn natal en torno a la vida artística de la capital del imperio Austro-Húngaro. El autor del oratorio La Creación, conocedor de las innatas condiciones que tenía el muchacho para la música, le llenó la cabeza de ilusiones. "Allí vas a desarrollar tu talento. Tienes toda una vida por delante" le había dicho una y otra vez. 
 
Ludwig se dejaba llevar también por el consejo que uno de sus abuelos, exdirector de una pequeña orquesta, les había dado a sus padres. Añádase a esto que en el hogar se vivía un ambiente muy problemático porque el borrachín de su padre optó por apartarle de los estudios primarios para que se dedicara por entero a la música y pasearlo por Europa como antes lo hicieran con Mozart, lucrándose así de la situación. Su madre, contraria a esta idea, pensó que la solución estaba en que su hijo marchase a Viena y se formara libremente. Pidió ayuda económica al conde Ferdinand von Walstein, sabedora de que aquel noble y músico frustrado ya había apadrinado a otros jóvenes. No tardó en convencerle cuando le dijo que era el propio Haydn quien le avalaba. 
 
El camino a Viena quedaba expedito. Ludwig regresaría a Bonn cuando al poco se enteró de la enfermedad de su madre. La visita le sirvió para comprobar el deterioro que había sufrido el hogar en su ausencia, prometiéndose no repetir la experiencia.
Monumento a Beethoven en Viena.

 

De la corte al suburbio


Los primeros años de residencia en Viena fueron los más felices de su vida. Haydn le abrió muchas puertas de la nobleza, por lo que pronto pudo dar clases particulares de música a jóvenes aprendizas. Así conseguía un dinero extra que, sumado a la beca, le permitía tener una vida muy holgada. Las contrariedades llegaron cuando aparecieron en Viena dos hermanos suyos dispuestos a darle verdaderos disgustos en sus intentos de aprovecharse de su amistad personal con el hermano del emperador. 
 
Haydn, siempre pendiente de su carrera, le animó a componer y así, en 1795, surgieron sus Tríos, que el maestro calificó como muy prometedores. Fue al año siguiente cuando Ludwig escribió sus primeras Sonatas, que dedicó a su preceptor. Las tardes que le quedaban libres solía frecuentar el Café Fraüenhuber, en el que Mozart había dirigido una Pastoral de Haendel. Por su extraordinario ambiente musical, Beethoven lo eligió para estrenar en 1797 un Quinteto para cuatro instrumentos. El local, fundado en 1788, sigue en pie muy cerca del centro histórico de Viena. Su cocina goza de gran fama.
 
Corrían los últimos años del siglo XVIII, un tiempo en el que Beethoven empezó a darse cuenta de que no siempre se puede vivir al nivel que él lo hacía. Se fue a vivir a la Döblinger Haupstrasse 92, en los arrabales de Viena, fuera del Ring. No era un palacio precisamente. Dispuesto a componer sin tregua, se encerró entre unas paredes llenas de humedad, tal vez para olvidar que su vida estaba dando un vuelco al traspasar el límite noble de la ciudad. El lugar está señalado hoy cerca de los canales del Danubio.
 
El edificio no puede ser más austero: una fachada lisa y plana, con dobles ventanas uniformadas, y una placa en la que se recuerda que en su interior Beethoven compuso algunas de sus primeras obras, entre ellas la Sonata a Kreutzer que dedicó al violinista polaco George Bridgetower para que la estrenara. La amistad entre ambos se rompió al poco por un asunto de faldas. Pero si esta casa ha pasado a la Historia es porque en ella además se compuso en 1803 la Sinfonía Heroica, la tercera del gran novenario. 
 
Inicialmente la Heroica se la dedicó a Napoleón, pero al enterarse que se había hecho coronar emperador, Ludwig, pleno de enfado, arrancó el nombre de la portada de la partitura dejándola únicamente en el título que todos conocemos. Aquel arrebato tampoco fue indiferente a la sordera que ya empezaba a padecer. La sinfonía tuvo dos audiciones, una en casa del banquero Würt y otra en el palacio del príncipe Lobkowitz, antes del estreno público que tuvo lugar el 7 de abril de 1805 en el Teatro an der Wien. La obra fue calificada como "la diversión favorita de las clases alta y media, e incluso las clases inferiores se muestran interesadas en ella". Vamos, que era popular.
Busto del músico en una de las exposiciones que la pandemia ha truncado.

 

Cerca de papageno


El Teatro an der Wien es una de las salas históricas de Viena. Se inauguró el 13 de junio de 1801 y tiene la particularidad de que fue el primer gran teatro que se construyó en los arrabales de la ciudad. Tras el éxito de la Heroica, el dueño del teatro, Emanuel Schikaneder, contrató a Beethoven para que compusiera una ópera con destino a su escenario.
 
Para controlar mejor al compositor, por eso de que la sordera ya no era un secreto para nadie, le pidió que residiera en un pequeño apartamento habilitado en el mismo teatro. La oferta fue aprovechada por Ludwig, que ya atravesaba una etapa económica muy crítica. Hay quien opina que uno de los motivos principales por los que aceptó fue por el placer de vivir junto a Papageno, la imagen del popular personaje de la ópera La flauta mágica, de Mozart, que sigue coronando la antigua entrada principal del edificio, en una callejuela perpendicular a la actual fachada. 
 
Fue allí donde Ludwig van Beethoven compuso su primera y única ópera, Fidelio. Inicialmente la tituló Leonora o los esposos amantes y escribió para ella nada menos que cinco oberturas distintas. 
 
Cuando el 20 de noviembre de 1805 se estrenó Fidelio, su autor se dio cuenta de que el auditorio lo componían casi exclusivamente los soldados franceses que, con Napoleón al frente, habían ocupado Viena una semana antes. Finalizada la tercera representación, el compositor retiró el título de la cartelera y no lo volvió a colgar de nuevo hasta marzo del año siguiente con contenido reducido. Aun así, solo se representó en cinco ocasiones. Beethoven no estaba satisfecho del texto.
 
Tendrían que pasar ocho años hasta que Fidelio regresara a la escena en su versión definitiva. Fue el 23 de mayo de 1814 cuando la ópera recibió el plácet del público. Hubo tal expectación aquel día que el propio Schubert vendió sus libros escolares para poder pagarse una entrada. Hoy, en un lugar preferente del suelo, junto a la entrada principal del Teatro an der Wien, hay una estrella con el nombre de Beethoven en el mejor estilo de Hollywood.

Los dos años que Ludwig vivió en las dependencias del teatro fueron de gran actividad. Los enfados que cogía cuando los proyectos no le salían bien eran épicos y el personal del edificio respiró tranquilo cuando, pasada la euforia de Fidelio, el compositor emprendió nuevos vuelos hacia su nueva dirección, l a casa número 2 de la calle Pfarraus. 
 
De nuevo tenemos a Beethoven a orillas de los canales del Danubio, donde su capacidad de creación dio pie a numerosas obras, entre ellas su mayor logro, si como tal se le puede llamar a la Novena Sinfonía, basada en la Oda a la Alegría, de Schiller.
 
La Sinfonía Coral, como también se la llamó, fue una idea que al compositor le venía de lejos. La obra de Schiller llevaba en su mesa desde 1793, pero fue en 1817 cuando, paseando por el Prater, decidió retomar el viejo proyecto para concluirlo en febrero de 1824. La noticia de esta creación corrió como la pólvora en círculos musicales europeos. Cuando todos pensaban que el de Bonn estaba acabado por su sordera, resurgió con una de las partituras clave dentro del panorama universal. 
 
A pesar de los indudables problemas que presentaba su ejecución –Beethoven pedía una orquesta con cuarenta y seis instrumentistas de cuerda y un coro muy numeroso–, y de que la Sociedad Filarmónica de Londres quería estrenarla, fue Viena la que, de nuevo, se vistió de gala en el memorable 7 de mayo de 1824.
 
La première tuvo lugar en el Kärntnerthor, que no era otra cosa que el Teatro de la Corte. Es decir, la sala de espectáculos más egregia que había en la capital imperial. No podía ser de otra forma tratándose de una sinfonía coral firmada por Beethoven. Los ensayos no fueron nada cómodos, ya que no siempre coincidían los criterios del autor y del director, Michael Umlauff, un compositor de 43 años procedente de una familia íntimamente ligada a la música.
 
Durante toda la ejecución de la obra, Beethoven, completamente sordo, estuvo junto al director, volviéndose a veces para ver las caras del auditorio. De esta forma se enteraba de la reacción de éste, sobre todo en el momento clave en el que se escucha el solo de timbal del scherzo. Fue tal la espontánea ovación del público que la orquesta se vio obligada a dejar de tocar. Cuando Ludwig se volvió y vio a todo el auditorio en pie comprendió el alcance de su triunfo. Y eso que aún quedaba buena parte de lo mejor.
 
Con el final de la Novena Sinfonía llegó la apoteosis. Muchos de los oyentes no podían ocultar sus lágrimas de emoción. Los aplausos no cesaban. El entusiasmo llegó a tal grado que tuvo que intervenir la policía para calmar los ánimos y restablecer el orden dentro de la sala. Beethoven asistía con el silencio en sus oídos. Los críticos no dudaron al señalar que se trataba de " una obra maravillosa y gigantesca en la que destaca la fuerza y vigor del compositor". Hubo quien utilizó una sola palabra para definir lo que había visto y oído: "Indescriptible". Otro dijo que "siempre habrá un antes y un después de la Novena Sinfonía".
 
Franz Schubert, el gran autor austriaco de música romántica que idolatraba al de Bonn, no tenía rubor al decir: "¿Quién es capaz de hacer algo después de Beethoven?". La admiración era mutua. En los últimos días le dieron al alemán algunas obras de Schubert y declaró: "Tiene un alma divina". Poco antes del óbito se refirió a él señalando: "Schubert tiene mi alma". 
 
La muerte de Ludwig van Beethoven, ocurrida en los últimos días de marzo de 1827 en Viena, fue como el final del último acto de una gran tragedia operística: una recia tormenta primaveral y el ilustre sordo levantando amenazante un puño cerrado. Así le llegó el último suspiro. Al enterarse del óbito, el autor del célebre Ave María cayó en profunda depresión, pero ello no le impidió asistir al entierro portando un cirio. 
 
Beethoven fue enterrado en el cementerio de Währing, el distrito en el que vivía. Sobre la tumba, Schubert pidió a su hermano que le enterraran a su lado, cosa que cumplió, aun cuando no le correspondía aquel camposanto. Franz murió al año siguiente víctima de fiebres tifoideas. Así se fueron los dos ídolos musicales por excelencia de una Viena que ahora, a cada paso, recuerda a Beethoven, bien en la nominación de una céntrica plaza, el café Fraüenhuber, el magnífico monumento del Ring, o en cada uno de los domicilios que tuvo, pero sobre todo en el Teatro an der Wien, donde, entre otros acontecimientos, figura el estreno de la ópera actual Egmont, de Christian Jost, y, por supuesto, y la reposición de Fidelio
TUMBAS INMEDIATAS

 

Cuando algunas zonas inmediatas a Viena fueron anexionadas a la capital para formar la Gran Viena se clausuraron sus pequeños camposantos y los restos mortales en ellos depositados fueron trasladados al Cementerio Central, el que aparece en los planos finales de la película El tercer hombre. La operación, iniciada en 1888, fue muy laboriosa. Se dispuso que los ocupantes de las tumbas de honor formaran según las profesiones que tuvieron. No es por tanto casualidad que Beethoven siga siendo vecino de tumba de Schubert.