Danza

Potencia visual y dancística

05.11.2020 | 01:10

Voronia

Intérpretes: La Veronal, compañía de danza. Dirección y coreografía: Marcos Morau, sobre música de Verdi, Mascagni, Arvo Pärt, Wagner, etc. Dramaturgia: Pablo Gisbert-El Conde de Torrefiel y Roberto Fratini. Programación: Fundación Gayarre. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 30 de octubre de 2020. Público: buena entrada sobre lo admitido (19 euros).

La Veronal, compañía de danza, con su director Marcos Morau –un hombretón afable, asequible y cercano al público que se le acercó al final de la velada–, nunca decepciona en sus comparecencias coreográficas. Interpela al público, a veces con violencia y hasta la extenuación de símbolos un tanto crípticos; pero cuando surge la danza –pura y dura– es absolutamente arrolladora, con un cuerpo de baile disciplinado como pocos, y una danza un tanto contorsionada, sí, pero coherente, perfectamente marcada, sin trampas, con movimientos muy rotundos y esquinados a veces, y de una exactitud pasmosa cuando quieren componer simetría en sus ocho componentes. Voronia, estrenada en 2015, que hoy nos presentan, es un espectáculo que podemos dividir en dos partes, y cuyo nombre hace referencia a una profunda cueva en el Caucaso, como metáfora o emplazamiento geográfico del infierno. Y es que la cosa va del bien y del mal, desde el punto de vista de las religiones, sobre todo de la católica, aunque, también hay un magnífico solo femenino con música de Oriente próximo. La primera parte, más bailada, muestra un grupo de individuos, vestidos de negro, muy disciplinados, como si estuvieran en un seminario, con música religiosa de fondo y unas maravillosas variaciones de los bailarines sobre las manos orantes: una danza convulsa, si, sobre todo en los solos, pero que se suaviza en el paso a tres –como las tres gracias de Boticelli–, sobre música barroca, y que se hace espectacular en la simetría lograda por todos, con detalles originales, como el palmeo en las caderas, o el trenzado de los pasos a dos. Sobre esos sostenidos destellos dancísticos, evolucionan personajes con roquetes, otros meditativos o desesperados, y un niño, como eje de todo, sobre el que se puede especular con todo tipo de teología laica. A partir de ahí, y ya en la segunda media hora, todo es más críptico, eso sí, con una lujosa y potentísima producción visual que no nos deja indiferentes. Las referencias religiosas siguen siendo evidentes: un ascensor es el encargado de bajar a los protagonistas al infierno, y, de nuevo el niño enigmático, que no sabemos si es el redentor, o más bien el barquero, pues, a veces manipula el ascensor. Una lucida mesa de banquete, –¿última cena?– sirve de reunión de los comensales, pero, en ella, también, se cometen barbaridades y muerte. Siempre con el trasfondo de la hipocresía de la religión. Todo con unos recursos teatrales francamente ricos y logrados. Por todo ese montaje –maquinaria, vestuario, luces– el público asiste, subyugado, y observar ese mundo que, en su mayor parte, se escapa a una explicación racional. Dos detalles de reacción del público ante lo que ve: a telón abierto, una brigada de limpiadores –con fregonas, aspiradoras, mopas– se afanan en la limpieza del escenario: es una alusión a la servidumbre obsesiva de preparar lo que vendrá después; pues bien, desde mi alrededor se comentaba: "estarán limpiando por el coronavirus". Y cuando aparece el quirófano –nacimiento o muerte, qué más da– también se identifica con las uci de la pandemia. Bueno, todo puede encajar. En cualquier caso, el espectáculo es magnífico desde el punto de vista teatral; y desde la danza, se agradecen, sobremanera, esos pasos que nunca son vacilantes ni desmadejados; pasos y figuras que surgen de cuerpos tensos, que contrastan con músicas muy líricas y balsámicas –el intermedio de Cavallería Rusticana, de Mascagni; el Coro de esclavos, del Nabucco, de Verdi; música barroca o Wagner–, que, desde luego, ayudan al placentero deguste de la propuesta. Aplausos sostenidos y entusiastas.