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Dorantes: una autobiografía

Su forma de tocar transmite una sensación tan maravillosa de libertad que todo lo que nos cuenta es absolutamente creíble

06.08.2021 | 00:02
El pianista David Dorantes durante su concierto en el Festival Internacional de Música "Clásica Plus" de Pamplona

David Peña, Dorantes, piano. Programa: Identidad. Programación: Festival Clásica Plus del Ayuntamiento de Pamplona. Lugar: Sala de cámara del Baluarte. Fecha: 30 de julio de 2021. Público: Casi lleno (19 euros)

Dorantes se sienta al piano muy discretamente, casi a hurtadillas, por eso cuando suena la música, y expone su dominio absoluto sobre el teclado, aún resulta más grande que su fama. Quiere contarnos su vida a través del instrumento gran cola del Baluarte, y, según avanza el recital, lo va ampliando aún más hasta el acompañamiento orquestal, o, por el contrario, lo reduce, manipulando el arpa, a una guitarra. Y es que su instrumento empezó con la guitarra, pero cuando su padre metió un piano de pared en casa –según nos cuenta– cambió su idioma. Dorantes es fundamentalmente flamenco, claro; y, así, sembró su actuación con rondeña, solea, bulería, granaína, alegrías, siguirilla, y tangos, pero todo diluido en un mar de músicas que evocan a Granados, Falla, Albéniz, el jazz más clásico y más contemporáneo, y, hasta, en algunos momentos, me pareció que se insinuaba Tárrega, por el modo de adornar, imitando el trémolo, el acompañamiento de algunos temas. Grande, repito, el lebrijano Dorantes, por su sencillez y por el dominio que hace del piano, trayéndolo a su terreno. El primer tema comienza con calma, tentando en el teclado un ambiente familiar amigable; para luego recrearse en las fiestas familiares donde se intercambian coplas y donde se va forjando el artista. Ya muestra, en este comienzo, sus inquietudes y búsquedas, al ofrecernos, dentro de la limpieza y claridad de su pulsación, incursiones sonoras como de guitarra, en el arpa del piano. Sigue la soleá y bulerías. La soleá profunda, con insistencia en la parte grave del teclado. Las bulerías sobresalen luminosas sobre una, muy poderosa, mano izquierda que da empaque a todo este segundo tema, que es un homenaje a sus mayores. La granaína, de nuevo, surge de las nuevas sonoridades que inventa el maestro: como de guitarra sorda, unas, y con el detalle del trémolo (Tárrega), otras; todo es aportar riqueza tímbrica. Es una verdadera gozada escuchar este piano flamenco –y de todas las músicas–, sin amplificar; hoy día se abusa, en muchos sitios de los micrófonos. Las alegrías abren la puerta, como él dice, al primer piano que tuvo: que fue todo un descubrimiento; y Dorantes lo recibe con una introducción jazzística exuberante, digna de las grandes formaciones de jazz. Esta demostración de universalidad musical, no estorba el fondo y querencia de la guitarra, y el ambiente sinfónico, (recuerda a Falla en algunos tramos). Toda una exhibición técnica, con muchos registros en escalas y notas, que pasa de lo más denso y de volumen un tanto desatado, a lo más sutil. Más sosegada –aunque enjundiosa e íntima– es la siguirilla que evoca el paso por el conservatorio, y la inevitable, y enriquecedora, convivencia del mundo clásico y el flamenco.

Los tangos de la llegada a la ciudad tienen una introducción entre el jazz más duro y la música contemporánea. Es el estentóreo choque de ruidos y luces de la ciudad, en comparación con la vida del pueblo. A tramos, se serena, pero prevalece el matiz de música urbanita, incluida la percusión, –con ganas de cajón–, tanto en el arpa como en el teclado grave. ¡Qué bonita lectura de la biografía de este gran músico! Su forma de tocar trasmite una sensación tan maravillosa de libertad –aquí no hay partituras, es un decir–, que todo lo que nos cuenta es absolutamente creíble. Bravos del público, y propina con retorno a los orígenes, llena de melancolía.

En algunos momentos, me pareció que se insinuaba Tárrega, por el modo de adornar, imitando el trémolo, el acompañamiento de algunos temas

Su forma de tocar transmite una sensación tan maravillosa de libertad –aquí no hay partituras, es un decir– que todo lo que nos cuenta es absolutamente creíble


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