Viaje a los toros de Pamplona: Miura, respeto a la tradición

Entramos en una casa mítica, donde los ganaderos no separan en lotes, y hasta última hora no deciden los toros que viajan a cada coso. Aunque el toro de Pamplona nace, no se hace

13.03.2022 | 01:42
Otro de los ejemplares.

Anoche dormimos en Córdoba. Josetxo había reservado habitaciones en el Maimonides. Así, para el poco rato que íbamos a disfrutar de la ciudad califal, veríamos, una vez más, la mezquita y el casco antiguo. Aún había luz por estas latitudes cuando desembarcamos, y fue llegar y solicitar una reserva en el don Pepe para cenar. Si estamos aquí, hay que comer rabo de toro. Y en esa casa, se lo aseguro, es excepcional. Además, nuestra siguiente visita es a la mítica vacada de Miura, que se encuentra apenas a una hora y media de distancia, y como somos de madrugar más que de trasnochar, al alba estamos en marcha.

Hemos quedado temprano en la finca con nuestro cicerone, que no es otro que el ganadero Antonio. Y a su hora, estamos. Dos de dos, les digo. Por ahora llegamos puntuales, a pesar de haber controles y algún que otro despiste. Entrar por ese portal tan del oeste americano es ya un referente. Allí nos encontramos con toda la familia, casi. La mujer de Antonio, Cristina, es la primera en saludarnos, y sin demora le sigue su sobrino Eduardo, con quien nos deja departiendo mientras su marido termina unos quehaceres. Eduardo padre también está en el patio. Con unos señores que luego nos contará que es un fotógrafo alemán que está haciéndoles un reportaje, y que ha venido con Jiménez Fortes, el torero. Charlando del Sevilla - Betis que se juega este finde nos pilla Antonio. Les cuento un secreto. Eduardo hijo es el único bético de la familia. Así que, aunque el fútbol no es ninguna prioridad en esta casa, y la rivalidad la llevan fenomenalmente, siempre hay algo de mofa de unos al otro. O viceversa, según suceda.

Hemos quedado pronto porque Antonio se tiene que ir a Sevilla al mediodía, y quiere echar lo máximo con nosotros, por lo que nos lanzamos al Vitara, y nos ponemos en marcha. Como ya saben, si me han leído otras veces, esta casa es especial en todo. Y en los cercados no va a ser distinto. Aquí se mantiene a todos los animales de saca, es decir, la camada que se va a correr este año, solamente en dos cercados. Inmensa pradera ondulada que parece no tener fin cortada por una alambrada en medio, separa dos lugares donde los animales viven en una privilegiada situación, y donde los ganaderos mantienen un control de las posibles bajas por las peleas entre ellos, simplemente a base de lo extenso del terreno. Mucho espacio para pocos toros hace que cada uno se busque su zona sin molestar al vecino, o que a él le estorben. Solo esto, hoy es impensable en un mundo globalizado como este. Pero aquí se sigue manteniendo de esta forma. Si les funciona y pueden, para qué cambiar.

Este año tienen más toros de lo habitual. Nueve corridas de toros, ya vendidas, y alguno que otro más para las calles, conforman lo que estamos prestos a ver. Y para que nada rompa la tranquilidad de los bureles al verse invadidos por un coche a su alrededor, el ganadero ha dispuesto que su mayoral, el bueno de Antonio Domínguez, vaquero de reata en esta casa, nos acompañe a caballo, al que sigue su fiel setter inglés. En esta casa todo se hace a caballo, o con el tractor cuando les lleva la comida. Dos veces al día acuden los muchachotes desde todos los rincones de la pradera en busca de su alimento. Unos comen antes que otros, porque se respetan las graduaciones que unos y otros se han ganado a base de combates. Y acaban de terminar de comer, por eso, aún encontramos a los rezagados entre los comederos. Son los primeros que vemos, y a pesar de estar con la panza llena de caros piensos, no dejan de mirar el coche que se les acerca.

Siempre me he quedado con la duda de ver cómo actuarían con un todoterreno inédito para ellos, porque si al de la casa se ponen en prevengan, qué no harían con el cacharro de cualquier desconocido. Vamos charlando con Toto, al que vimos el pasado fin de semana en Pamplona, al participar en las jornadas de Purroy en la UPNA, y en ello nos centramos un rato, porque aún estamos todos alucinados con lo que los Antonios, Ruiz y Moreno, veterinarios de Cádiz y Málaga respectivamente, hicieron sobre la casa Miura y Pamplona. Fue un recital enorme, nos parece a todos. Te acuerdas que le dije al alcalde Maya que debiera contratarlos para promocionar los Sanfermines, le comento. Ya te digo, me responde. No se dejaron nada. Jamás he visto vender Pamplona mejor que a ellos, cuenta el ganadero.

Y mientras la charla sigue por esos derroteros, poco a poco vamos acercándonos a los toros. Unos sesenta y cinco vemos, con calma y en paz. Sentados, de pie, solitarios, encamados. De todas formas, tipos y pelajes aparecen los diferentes hermanos de la vacada de Zahariche. Conduciendo despacio, y sin sobresaltos, cosa que se agradece. El mayoral y su perro mantienen las distancias. Además, contamos con la inestimable ayuda del fiel bodeguero de Toto, que le sigue siempre a él, vaya a caballo, o en coche como es el caso ahora. Valiente y listo, pasa por delante de todos como si fuera el rey del cortijo. Son casi dos horas en el que el tiempo se detiene, porque parece que sólo han sido unos minutos. Hermosas estampas quedan, de un día más bien gris, y que desluce un poco el campo, que está más que seco. Cien litros nos vendrían de perlas, comenta. Y cinco, le digo yo.

Terminamos charlando en el cortijo con Antonio y con Saúl Jiménez Fortes, que nos cuenta que ya se está preparando tras su último percance. Dice que en junio estará al cien por cien, por si en Pamplona hay un sitio para él. Nada sabemos, ni nada podemos decirle, más que darle ánimos. Saludamos otra vez a toda la familia, nos despedimos de ellos, y seguimos camino. Ya es la una de la tarde, y sopesamos la posibilidad de comer cerca, de camino o entrar a Sevilla. Esta última queda descartada por el engorro de entrar y salir. Además la conocemos bien. Estando en ello, recibo un mensaje de mi ahijado jerezano diciéndome que El Bichero acaba de abrir un nuevo local a la entrada de Jerez, en la carretera de Estella.

Lo comento y se terminan las dudas, sea la hora que sea, hasta allí nos vamos a comer uno de los mejores tatakis de atún rojo que se puede comer en este planeta. Fermín, el dueño, al que hace unos pocos de años que le conozco, alucina cuando nos ve, porque aún ni ha promocionado el sitio. Si abrí ayer a prisa y corriendo. Pues ya estamos aquí, le respondo. Y entramos en Jerez de la Frontera por la mejor puerta, y con una comida que tardaremos en olvidar, toda a base de productos del mar que ya nos rodea. Cádiz espléndido nos acogerá unos cuantos días porque son la base de la mayoría de ganaderías que llegarán para las fiestas de Pamplona. Además de otras, y de buenos amigos, que al igual que nosotros, están deseosos de que todo vuelva a la normalidad. Y vernos allí, les devuelve a un pasado que sí lo era. Se lo contaré.

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