Sus primeras novelas discurrían en Irlanda, el sur de Francia, el Mediterráneo... hasta El mentiroso, primer título de la conocida como la Trilogía de Illumbe, con la que regresó a casa y que continuó con En plena noche y Entre los muertos. Después de este cierre, llegaron El hijo olvidado y la antología En plena noche, y hace apenas unos meses, Mikel Santiago (Portugalete, 1975) volvió con La chica del lago, un thriller en el que se abre a otras localizaciones y en el que ha afrontado el reto de darle más peso al personaje principal que a la trama. Su éxito entre el público de Pamplona Negra fue incontestable, y así lo demostraron las largas colas que se formaron con multitud de personas que querían su firma tras la sesión que compartió ayer con Susana Rodríguez Lezaun en el marco de Pamplona Negra.

De nuevo en Pamplona Negra, festival que ya ha visitado varias veces. ¿Qué le aporta este contacto con el público y con otras/os escritoras/es?

–El encuentro con el público es fantástico. Para mí, es la otra parte más bonita de la profesión. Con los años, te das cuenta de que conocer a los lectores, que te cuenten sus cosas, que te expresen su opinión, te ayuda a crecer muchísimo. Y saber un poco quién es la persona que te está leyendo es importante. Yo llevo 10 años en esto y desde el principio he estado haciendo festivales y firmas y me he dado cuenta de que me aporta muchísimo. Después, disfruto mucho estando con los colegas, hablando de las mil cosas que tenemos que hablar. Somos profesionales que trabajamos solos, autónomos, sin contacto entre nosotros, y esto podría ser casi como la máquina de café de una empresa. La gente se pone allá y cotillea; y nosotros en los festivales hacemos un poco lo mismo. Además, cuando ya llevas cierto tiempo en esto, ya los ves como camaradas y te encanta juntarte y tomarte una cerveza con ellos. Son de las pocas ocasiones en las que un escritor tiene compañeros de trabajo. Los festivales son para nosotros como nuestra cena de Navidad o la de despedida de verano (ríe).

Vuelve con ‘La chica del lago’. ¿En qué momento de su trayectoria diría que ha escrito esta historia?

–Creo que llega en un momento en que empiezo a buscar nuevas cosas, nuevas direcciones. La verdad es que en una década vas mudando de piel en varias ocasiones, cambiando de registro y apostando por diferentes maneras de contar. Yo llevaba ya unos años persiguiendo una novela de personaje, una novela en la que las circunstancias de la protagonista, su drama,tuviese a veces incluso más importancia que la propia trama de misterio. Y La chica del lago ha sido ese desafío.

¿En qué sentido?

–En el sentido de escribir una novela muy centrada en el personaje de Quintana, dándole mucha riqueza al personaje, a sus aspectos biográficos, a su personalidad. Cada novela es un pequeño desafío, y, en este caso, también he cambiado de escenarios, rompiendo un poco con la costa, que me ha acompañado durante 4 años. Yo creo que esta novela es una transición hacia otras formas de contar.

“Cuando te has labrado tu carrera desde abajo, sabes que tienes que hacer buenas novelas sí o sí porque no hay red de seguridad”

¿Está en un momento de cambio?

–Sí, totalmente.

¿Hacia dónde, pone rumbo a algo diferente al thriller?

–No, me mantendré en el thriller, pero intentando buscar nuevas fórmulas de contar. En este caso, hay otros giros de acontecimientos y me he ido un poco hacia Madrid, la gran ciudad, con un capítulo completo. No quería centrarme tanto en la costa vasca, que ha sido un escenario muy chulo para reutilizar, pero hay muchas otras posibilidades. Ahora le estoy dando vueltas a eso.

De hecho, sus primeras novelas transcurrían incluso fuera del Estado, en Irlanda, en Francia... antes de situarlas en Bizkaia, donde los paisajes han jugado un papel muy importante, y no solo en lo estético, sino en la creación de atmósferas. Y es que, ¿hay algo más asfixiante que un pueblo y sus secretos?

–Bueno, los pueblos también son muy bonitos (ríe). Hacen mucha compañía y son sociedades maravillosas, idílicas, Y, precisamente por eso, por ser lugares donde la gente se siente protegida y segura, la sensación de miedo a que todo eso se pueda romper es mayor. Siempre digo que en la ciudad vivimos constantemente midiéndonos con el riesgo. Desde que sales de casa, te puede pasar de todo, pero muchos ya estamos acostumbrados. Y como en los pueblos hay mucha más tranquilidad, son especialmente atractivos para ser escenarios de sucesos grotescas. A mí me parece que en ellos la sensación de vértigo es mayor. Suelen ser comunidades tranquilas en las que dormimos con la casa y la ventana abierta, la llave debajo del tiesto...

Lo que está claro es que en esta historia, como en las anteriores, el peso del pasado en los personajes es muy importante, casi el motor de sus acciones. ¿Este es el sello de Mikel Santiago? 

–Todo parte de un tono al contar. En mi caso, la primera persona es la voz narrativa que me gusta. Y, por defecto, esa voz es reflexiva, subjetiva, se investiga a sí misma. En ese sentido, te hace fácil hablar del pasado, de lo que recordamos, de lo que soñamos, y construir el personaje a través de sus vivencias anteriores. Normalmente el pasado es lo que nos construye, lo que nos define, y creo que es normal tender hacia él cuando narras en primera persona.

Portada de la novela.

Portada de la novela. Penguin Random House

En este caso, la protagonista es una escritora, Quintana Torres, que se convierte en investigadora a la fuerza. ¿Piensa, como ella, que las cabezas de los escritores funcionan de una manera especial?

–He intentado mantener la distancia con ella, pero sí que es cierto que los escritores tenemos mucha fantasía en la cabeza y, en muchas ocasiones, rozamos casi el delirio. Es el pozo de petróleo del que salen las ideas; tenemos esa capacidad de divagar y de pensar en las posibilidades de cada cosa que nos ocurre. Lógicamente, todo lo que le sucede a Quintana cuando vuelve a Urkizu, con la muerte de su aita y tras lo que le sucede con la muerte de Jokin, resulta muy estimulante para una imaginación vigorosa. Pero esa imaginación y esa capacidad de delirar o de desarrollar fantasía será fundamental para la investigación que va a llevar a cabo.

La protagonista tiene un tremendo síndrome de la impostora. ¿Eso le ha pasado también a Mikel Santiago? 

–No, siempre me he sentido muy metido en mis zapatos como contador de historias. No he tenido ningún complejo en ese sentido. Desde que empecé, mi autoimagen está muy conforme con lo que escribo, con lo que publico, aunque sí es cierto que, por ejemplo, la presión, la autoexigencia, saber que te has labrado tu carrera desde abajo te hace consciente de que tienes que escribir buenas novelas sí o sí. Yo no tenía un programa de televisión o 20.000 followers antes de publicar, así que lo hago sin red de seguridad, y saber que tienes a un montón de público esperando tu próxima novela puede ser duro.

En esta novela, uno de los personajes principales está ausente, pero la vamos conociendo a través de su diario. Creo que también el autor escribía diarios.

–Sí, lo hacía desde pequeño. El primero lo escribí con 13 años y creo que me sirvió para descubrir el amor por la literatura y por la intimidad que conlleva. Además, el poder de la palabra, de la confesión escrita, y el miedo a que nos lean esos textos, a lo peligrosos que pueden ser, me parecían elementos muy atractivos. Lleva tiempo dando vueltas a la posibilidad de introducir un diario como clave para una novela y, al final, la historia del de Alba y de la venganza que dejó plasmada en el suyo y que emerge 25 años después me vino muy bien.

“Los pueblos son mucho más tranquilos que la ciudad, por eso resultan tan atractivos como escenarios de sucesos grotescos”

Bueno, la escritura también tiene algo de diario, porque pasan muchas horas ante el ordenador y, aun sin querer, reflejan parte de su intimidad, de su estado de ánimo...

–Sí, porque si estás metido en una cadena de producción, escribiendo novelas cada año o cada dos años porque es tu modo de vida, al final, la ficción es un vehículo para contar cosas tuyas, de lo que te va pasando y de tu propio desarrollo como persona. Y, lógicamente, también los temas que elegimos, cómo escribimos, en qué nos centramos, qué tipos de personajes aparecen tienen mucho ver nuestra vida.

¿Y escribiría sobre un hecho real como hace Quintana?

–No, la ficción es muchísimo más poderosa que la realidad. No me atrae porque creo que la novela tiene que ser, además de muchas otras cosas, un entretenimiento, un lugar agradable, divertido, donde la gente quiera quedarse un buen rato. También me gusta tener todo el control sobre los mundos que creo, y, muchas veces, los hechos reales son bastante más mediocres, mundanos o escabrosos que la ficción. Hay personas reales que me han contado cosas que no podría compartir con nadie, pero disfrazarlas es otra de las ventajas de la ficción. Hay mucha verdad en la mentira (ríe).