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Nicolás Obregón, escritor: “Hay que tener cojones para montar una ficción y expandir la mentira a la sociedad”

Nicolás Obregón ha sido uno de los protagonistas de la jornada de Pamplona Negra, donde ha reflexionado acerca de los prejuicios que se producen en sus obras, donde nada de lo que se cuenta es lo que parece

Nicolás Obregón, escritor: “Hay que tener cojones para montar una ficción y expandir la mentira a la sociedad”Iñaki Porto

Nada deja más huella que aquello que parece limpio. Como las medias verdades, las apariencias y las ideas preconcebidas, que se instalan a tientas y lo cubren todo. Bajo ese blanco engañoso, aparece El susurro de la nieve (RBA), una novela de Nicolás Obregón, uno de los escritores que participaron en una mesa redonda que se inserta dentro de las actividades de Pamplona Negra. En ella, las certezas se diluyen y los silencios pesan más que las pruebas. De este modo, el autor invita a desconfiar de todo ocurre en Nectar tras el descubrimiento de un cadáver con el que parece que se ha repetido el mismo modus operandi que con el asesinato de la mejor amiga de Dakota Finch, inspectora del caso que, de alguna manera, nunca perteneció a aquel pueblo.

Leer novela negra es casi un sinónimo de lectura rápida y ansiosa. Sin embargo, sus trabajos previos proponen hacerlo de forma pausada y atenta. ¿Repite este patrón con El susurro de la nieve?

Cuando escribí La luz azul de Yokohama tenía 29 años y, por así decirlo, fue mi primer libro. De alguna manera, es como cuando te gusta bailar. Y lo haces a oscuras, porque sí. Pero luego lo haces delante de un público y empiezas a pensar en él. El susurro de la nieve es el libro que más se vincula con el género y creo que es porque ya soy consciente de lo que quiere la gente, pero también porque es imposible que, tras diez años ganándote la vida con esto, no te afecte el hecho de tener que vender. Así que me influye un poco la idea de hacer libros que, según lo que yo quiero escribir, pueda llegar al mayor número de lectores.

Después de ubicar sus novelas en Japón, ¿qué le hace trasladar su universo literario hasta EEUU?

La idea de esta novela era enfocarme en los amish –una secta ubicada en Pensilvania–, por lo que solo tiré del hilo. Me interesaba la idea de estar o dentro de ese mundo o fuera. Y, si estás fuera, no existes.

Dakota Finch regresa a su pueblo tras la muerte de una mujer a la que han asesinado de una forma muy similar a su amiga Flora. De alguna manera, resolver este caso es una forma de calmar ese pasado...

Un escritor francés del XIX dijo una vez que en la novela negra mediocre existe un misterio dentro del mundo del detective, pero en la novela negra superior existe el misterio dentro del detective. Yo procuro vincular el caso externo con el interno. No solo va de encontrar qué está pasando, sino el porqué. La figura del detective tiene que encontrar la verdad, pero es mucho más interesante cuando se deben enfrentar a algo más profundo que forma parte de sí mismo...

¿Es clave en la novela que Dakota no forme parte de Nectar?

Claro, porque da la mano a los lectores. Ella no sabe y, por tanto, tú tampoco, así que funciona como un caballo de Troya. Tiene que ser una outsiderporque crea tensión. Si nadie quiere que Dakota esté, aparecen las incomodidades, conflictos y momentos clave. Si alguien te manda a la mierda, puede ser porque le caes mal o porque tiene algo que esconder. Y es bonito jugar con ese doble juego, que el lector lo comprenda o que se vaya enterando con la protagonista. Alguien de fuera tiene que entrar dentro porque alguien de dentro ha salido y ha acabado muerto.

A lo largo de la novela aparece un reflejo de la imagen de Dakota a través de otro personaje, Eva. No obstante, “dos hombres no pueden bañarse en un mismo río”. ¿Cómo se conjugan estas dos ideas?

El protagonista se tiene que resistir a la aventura que tiene por delante. Milos Forman –director de Alguien voló sobre el nido del cuco– hablaba de la hipótesis de la c. Es decir, puede ganar el bueno, el malo o que pasen las dos cosas a la vez y que se quede un sabor agridulce. Ganar, pero con un precio. Dakota no quiere llegar a ese final y se resiste porque el cambio y la verdad duelen. Así, cuando vuelves a pisar sobre un espacio, ya no eres el mismo. Y ella se resiste, pero se tiene que someter al cambio. No tiene una vida nueva, no gana, pero hace sus paces y la vida nueva la completa otro personaje.

Por otro lado, por encontrarse al margen, a Dakota le cuesta mucho acercarse al grupo. ¿Cómo se cuenta cuando hay tanto silencio o, como versa el título, tantos susurros?

La primera frase de un libro es un contrato –una promesa–. Y si es bueno, se tiene que entender desde el título. Para mí es muy interesante que los personajes no digan lo que tienen dentro. Como en la vida cotidiana, donde se miente mucho. Su trabajo es cortar eso y llegar a la verdad. Es un instrumento para llegar a resolver el misterio. Por eso, a mí me vale mucho más que no haya respuestas porque los silencios valen mucho más. En las comunidades pequeñas se sabe mucho pero se dice poco.

También lo mal visto es casi como una sentencia...

Es algo que se puede aplicar a cualquier sitio. Cada personaje tiene un rol que esperan las sociedades. No es Bob, es lo que se espera de Bob. Y, en estos pueblos, vale más lo que se espera. Y si se dice, es lo real.

Los prejuicios, a fin de cuentas...

Exacto, que pueden hacer mucho daño generacional y heredado. Las comunidades aportan mucho al lector porque tienen mala leche entre personas. Tengo la sensación de que nada cambia y que, al final, las personas son personas. Somos diferentes a nivel cultural, pero nos molestan las mismas cosas. Pero las sociedades han cambiado, cada vez estamos más informados y sabemos más. Y eso tiene sus cosas buenas y malas. Por ejemplo, cuando te insultan a través de las redes sociales y se esconden en un perfil anónimo. Son cosas que no tienen tampoco demasiado sentido y que en la vida real dan igual, pero que de vez en cuando eclipsan otras cuestiones, como las desigualdades o los problemas de vivienda.

¿Le da miedo que en el mundo cada vez hayan más sectas?

Sí. Por un lado, creo que la figura del líder o del gurú siempre me ha atraído porque estás delante de gente y por un poder que te has otorgado, esas personas hacen caso a lo que exiges y ordenas. Hay que tener muchos cojones para montar una ficción y convertirlo en un sistema. De vivir en un mundo de mentiras y extenderlas a otros sabiendo que la gente va porque buscan no estar solos. No hay personas con un perfil concreto porque las sectas no son tontas y hacen procesos paulatinos para crear comunidades. Y la gente es capaz de llegar muy lejos cuando le pones de frente el no estar solo. La tendencia de la sociedad es no querer ser diferente porque se te condena a ser la oveja negra. Y eso es incómodo. Recuerdo que, cuando era pequeño, llevaba una gorra y una monja me dijo que la llevaba como referencia a Los Simpson. En ese momento me afectó, pero en realidad es algo que no debería haberle importado porque no le interpelaba –se ríe–.

En el epígrafe del libro, hace una referencia a un pasaje de la Biblia (Eclesiastés 7-13), ¿de qué manera cree que se puede enderezar lo ya torcido?

Realmente, es algo que no tiene nada que ver con Dios en sí, sino con la persona que lo está diciendo. Como se suele decir, el tonto mira al dedo cuando alguien señala. Creo que tenemos que reflexionar un poco acerca de nosotros mismos, de nuestra libertad y nuestro sentido a la hora de elegir. De ser, de alguna manera, tu propio Dios y de crear tu propio mundo. Y creo que, en la novela, es algo que se puede aplicar tanto a los amish como a la propia Dakota, que ahí ya tiene para ya misma. Por un lado, ella se somete a un proceso en el que se tiene que torcer para enderezar la historia de un pueblo que no le pertenece, pero del que un día formó parte. Al inicio de los libros suelo poner frases a modo de preguntas que considero que, con la lectura, se puede resolver. El trabajo del autor es hacer la pregunta y que el lector siga con su propia historia. Quizá no es algo que se pueda enderezar –o se deba–, sino que, más bien, lo interpretes y elijas.

¿Y con qué pregunta acaba el lector una vez concluye su lectura?

Para mí, lo más importante son las sensaciones. Que, cuando ponen el libro sobre la mesa, puedan imaginar cómo continúan las vidas de Dakota, Eva o el resto de los personajes. Es decir, lo que yo quiero es que a partir de este universo de ficción que yo he creado puedan surgir otros muchos y que cada uno sea diferente porque son las elecciones de cada lector. Y que los personajes sigan existiendo.