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El año que todos ganaron

Un hábil reparto de ‘Goyas’ consolidó la victoria de ‘Los domingos’, película que logró cinco cabezones

La gala de los premios Goya 2026, en imágenesEFE

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 La clarividencia que mostraron los 3.000 académicos del cine español la noche del 28 de febrero de 2026 hizo palidecer a la más poderosa IA que se pueda imaginar en este presente inmediato. Nunca como en la gala de la cuadragésima edición de los Goya se había conseguido tanta precisión, tanta sutileza, tanta ¿justicia? en sus premios. Mientras en el parlamento español todo son discrepancias, insultos, descalificaciones, los 3.000 de la Academia de Cine mostraron un sólido consenso para alumbrar un veredicto salomónico.

GanóLos domingos, pero le superó Sirat. Uno se llevó los Goya grandes, el otro le batió a costa de acumular los premios técnicos. Como el Madrid de las últimas copas de Europa, Los domingos estuvo toda la gala muy por debajo de Siratpero, cuando el cronómetro apuntaba el adiós, de tacada, la película de Alauda Ruiz de Azúa se llevó los tres galardones más preciados: mejor película, mejor dirección y mejor guion. Todo para ella, además de los premios a sus actrices Patricia López Arnaiz y Nagore Aranburu. Finalmente, ella se convirtió en la reina de la noche. A su lado, Oliver Laxe jamás perdió la sonrisa. Su mirada apuntaba a Hollywood, él era feliz sin separase de Susan Sarandon. La única pena a lamentar, que nos quedamos sin escucharle ningún agradecimiento. Tal vez fuera mejor así.

Un reparto salomónico en los Premios Goya 2026

Frente a la contundencia ambigua, desconcertante, sibilina de Los domingos, la película que obró el asombro de poner de acuerdo a devotos e indevotos, Sirat, representaba la propuesta de la división: unos la aman; otros detestan lo que consideran una tomadura de pelo. Se sospecha que lo que de verdad molesta es la plácida actitud de un Oliver Laxe capaz de proponer una profecía cruel con el gesto de un ángel demasiado bello, demasiado beatífico como para que todos crean en su alegoría sobre ese apocalipsis inevitable que está por venir. De momento, en Irán, el fuego de la ira criminal de Netanyahu y Trump se cobra víctimas inocentes que son las que siempre pagan en estos conflictos.

Así las cosas, buscaremos la clave de la larga noche de los fenómenos extraordinarios en esa armonía inexplicable. Todo fue extraño, muy extraño. Desde los presentadores, a los que se vio más en los días previos que durante la ceremonia, al cuento bizarro del Goya de Honor a un Gonzalo Suárez más pendiente de narrar la fábula del vagabundo y la princesa que de sostener al cabezón de Goya esculpido a partir de la pieza original de Mariano Benlliure.

Cuando dentro de 45 años, Pedro Sánchez descalifique el secreto de las votaciones de los Goya 2026, –no lo duden, puede sonar improbable pero posible podría ser– los herederos de Armada, Tejero, Feijoo y Abascal no hallarán ningún indicio de que el presidente ha tenido nada que ver con la noche del Goya que empezó en febrero y acabó en marzo. Ni siquiera Ayuso desentrañará la paradoja de que el año que ella premia a EEUU, desde Hollywood, a través de los ojos humedecidos de admiración y gratitud de Susan Sarandon, se alaba la bonhomía del presidente español al que ella insulta sin freno. No hallará pruebas de su intervención.

Pero hubo muchas más cosas en una ceremonia que dedicó más tiempo a insertar imágenes del pasado que a hacer chistes sobre el presente. Menos humor, pero más precisión. No se alcanzó la monotonía unánime del No a la guerra, aunque quedó claro que el cine español y sus académicos deploran la masacre de Gaza y se oponen a los abusos de quienes no respetan el orden internacional, declaran guerras, mandan bombardeos sanguinarios y no les tiembla el pulso a la hora de ordenar asesinatos.

El cine español y el peso de Euskal Herria en la 40 edición

Volviendo al palmarés. Qué sabio reparto. Cuánto equilibrio. Un bizarro Albert Serra con gafas imposibles –al estilo de Isabel Coixet– se llevó un solitario Goya al mejor documental para su Tardes de soledad. Su película había llegado demasiado pronto, se estrenó en el Zinemaldia 2024, y su tiempo taurino, en tiempo de tanta sangre inocente derramada en Ucrania, en Gaza, en Venezuela, en Irán, es probable que haya envejecido. Como el de Clara Simón, cuyo final de trilogía sobre sus orígenes, Romería, se antojó como un excesivo, aunque no del todo inmerecido castigo. Sorday su lenguaje de inclusión y Amenábar y dos premios menores para un Cervantes nada cautivador, escoltaron el reconocimiento del protagonista de Maspalomas, un vibrante filme que sabe mucho de salir del armario pero nada o muy poco de lo que significa vivir en una residencia de ancianos.

Y hablando del cine producido entre nosotros. En la 40 edición de los Goya celebrada en Barcelona, todos los presentadores saludaban en catalán, pero buena parte de los que recogían el Goya se despedían en euskera. Si parece indiscutible que la industria del cine español reside en Madrid, que la intelligence habita en Barcelona y que los indies bailan con Siniestro Total, es desde Euskalherria, desde aquella Arcadia feliz al decir de Orson Welles, desde donde cada año más voces se suman al buen estado de salud del cine español.

Hay que ratificarlo, sin ser aleladamente triunfalistas. Eso que llamamos nuestro cine ha sufrido una importante y notable evolución. Cierto que hay una tendencia preocupante por apoyar y poner de relieve temas y tonos peligrosamente homogeneizados, pero no es menos cierto que la calidad, la diversidad y el interés de sus contenidos vive un momento dulce. Y para concluir, hablando de lo inexplicable, sorprendió la presencia de Jafar Panahi, el cineasta –según él– más acosado por el régimen iraní. En su presencia habita otro misterio. No ganó el Goya a la mejor película europea, se la llevó Valor sentimental, pero que Panahi estuviera en Barcelona el mismo día en el que el ayatollá Jamenei perecía bajo las bombas judío-yanquis proponía un enigma que, lo dicho, cuando dentro de 45 años se desclasifique el sumario de esta edición, tal vez pueda aclararse. O tal vez no. Tal vez dentro de 45 años ya no quede nadie. Cuestión de fe y/o cuestión de tiempo. Por ejemplo: ¿Creen acaso que la joven protagonista deLos domingos seguirá en el convento, no ya dentro de 45 años, sino el año que viene?