En esencia, de lo que va ¡La novia!, de lo que se ocupa Maggie Gyllenhaal, directora y guionista de esta película, es de la resurrección de los insurrectos. Si se prefiere, cabría afirmar que el núcleo ardiente de ¡La novia! muestra lo que se merece mostrar en tiempo de víctimas; busca encender, en la hora de la pesadilla, la llama(da) de los rebeldes con causa.

Causa tuvo el monstruo de Frankenstein creado por Mary Shelley, para romper las cadenas de Prometeo. Causa tuvo James Whale, director oscuro e invisible, para inaugurar la edad de oro y terror de la Universal. Causa tuvieron Bonnie y Clyde, delincuentes enamorados, abatidos a tiros en 1934, en plena efervescencia de la Five Points Gang, cuyo gélido horror durante la ley seca llenó de sangre, del este al oeste, las principales metrópolis norteamericanas. De todo eso y de mucho más se ocupa este filme excesivo, irregular, poliédrico, fallido y electrizante.

¡La novia! se abre con análoga estructura a la que James Whale aplicó en La novia de Frankenstein (1935). Allí, Whale partía de las declaraciones de Mary Shelley a sus interlocutores, Lord Byron y Percey Shelley. Una Mary Shelley que no pudo imaginar que en los años 30, en plena efervescencia feminista, devorada por la crisis económica primero y por la guerra después, su relato pudiera dar vida a otra cosa. De hecho, Whale con intencionalidad manifiesta, hizo que Elsa Lanchester hiciera el doble papel, el de la novia y el de Mary Shelley. Aquí, la actriz, guionista y directora Maggie Gyllenhaal repite la jugada. Hace asumir a Jessie Buckley los dos personajes reactualizados –es tendencia–, bajo la reivindicación del Me too. De hecho, hay una casualidad culpable en la decisión de que esta película se estrene en la víspera del 8 de marzo de 2026.

¡La novia! (The Bride! )

Dirección y guion: Maggie Gyllenhaal a partir de los personajes de Mary Shelley. Intérpretes: Jessie Buckley, Christian Bale, Peter Sarsgaard, Penélope Cruz, Annette Bening y Jake Gyllenhaal. País: EEUU 2026 Duración: 126 minutos.

Su reescritura feminista, esa apoteosis que estalla en la zona central de la película, ilumina todo el relato pero luego, como con otras muchas ideas notables, todo se diluye entre los alambicados pliegues de esta pieza enciclopédica. Se ha acusado a ¡La novia! de ser excesivamente larga. Probablemente su problema es que, desde la producción, se le ha impuesto una duración demasiado corta.

Por alguna razón profunda y enterrada en el ADN de la obra literaria, todos los que se acercan al mundo de Frankenstein, al gesto de la creación de la vida sin intervención divina, se queman en la empresa. El último, Guillermo del Toro. Antes que él: Kenneth Branagh, Mel Brooks, Tim Burton, Paul McGuigan, Gonzalo Suárez, Terence Fisher y el primero de todos, J. Searle Dawley, responsable de la primera proto-adaptación cinematográfica. Ellos y otros muchos, se dejaron atrapar por la criatura. Antes que el cine, fue el teatro; luego también se ocupó del caso, el cómic, la radio y otra vez la literatura. Casi todos fracasaron, pero la mayoría perdura y todos vuelven a revivir cada vez que una nueva adaptación se anuncia en la cartelera.

En el caso que nos ocupa, Maggie Gyllenhaal, directora de La hija oscura (2021), ha levantado un guion exhaustivo, bíblico, agotador. Además de las referencias ya citadas, cabría hablar de mil sombras proyectadas sobre ella. De The Rocky horror show, a Watchmen, del cine musical de los años 30 a las negras evocaciones de Nicholas Ray, del thriller al terror, de la comedia al romanticismo. Maggie Gyllenhaal, siempre combativa e independiente, se ha comportado como un doctor Frankenstein. Construye su película con fragmentos de muchas reverberaciones. De todos ellos, el mayor hándicap habita en la pareja configurada como antítesis de los amantes monstruosos, constituida por los personajes de Penélope Cruz y Peter Sarsgaard. Ellos representan el eslabón más débil de este delirio.

No es discutible reconocer que Gyllenhaal abre muchas vías. Tampoco respeta la cronología ni asume el rigor de lo que saquea. Da igual, de esta hipérbole se extrae la sensación de asistir a un ritual frenético de autoinmolación. Como película carece de solidez, como arrebato, es historia. En su seno se agitan secuencias pletóricas, imágenes inolvidables e interpretaciones a tumba abierta. Cierto que Maggie Gyllenhaal ha contado con un presupuesto de lujo –cerca de 90 millones de dólares– para una empresa con insolencia de serie B. Pero no es menos cierto que el resultado se antoja como un delicioso disparate, deudor de la versión que Frank Oz hizo con La tienda de los horrores (1984) de Corman. Como ella, puede ser ninguneada pero como ella, jamás será del todo olvidada.