Alfonso Aragón, ‘Fofito’ (La Habana, 1949) sigue al pie del cañón con su espectáculo ‘Viva el Circo’ instalado desde el 12 de marzo en el parking del Eroski Iruña junto a Berriozar, con las próximas funciones previstas para el 27, 28 y 29 de marzo. Estirpe de payasos, historia circense, el artista es consciente del cariño que despierta su figura, que sigue sumando tardes ante el público, rodeado de talentos jóvenes en una carpa que sirve a su vez de escenario para ‘El Circo del Miedo’, oferta alternativa para otro perfil de espectadores.

Tiene 76 años y es payaso desde hace 65. Toda una vida.

–Sí, aprendiendo a hacer reír a los demás, que es mi obligación.

¿Y eso no se termina?

–No, mis hijas quieren que yo me retire y les he dicho que no, que mientras pueda estar en la pista estaré.

Lo preguntaba por el aprendizaje.

–Un payaso nunca termina de aprender, la familia me dijo que mirase a todos , pero que no les copiase y lo hiciese a mi forma. Y es el ritmo que hemos llevado mi hermano Rody, mi primo Emilio y todos. Hemos conocido a los mejores payasos del mundo, les hemos aplaudido, y ellos nos conocen desde hace muchos años.

¿Qué le queda por aprender?

–Aprendes hasta del niño que en un momento dado te dice que qué feo eres y por qué esa nariz tan grande. Tienes que tener contestaciones muy rápidas para hacer reír a los niños.

El público ha cambiado.

–El niño antes jugaba con un balón, la niña con un muñeca y hoy día navegan con ordenadores, tablets y teléfonos móviles. Están más espabilados.

¿Y eso es mejor o más difícil?

–Yo creo que mejor, lo veo en mi nieta, están mucho más enterados.

Los de mi generación les conocimos por la tele y nos marcaron.

–A varias generaciones, y ahora traen a sus hijos a conocer a Fofito. Si el payaso le engancha, el espectáculo se le hace corto. Es el secreto familiar.

¿Conecta más que con 50 años?

–Sí, porque llevo más tiempo frente al público. Hay escuela de trabajo. Claro, no se puede estar toda una vida haciendo lo mismo. El año que no toco los cencerros, toco sartenes afinadas o cascabeles, voy variando, comprando cosas por ahí, y a la gente le gusta mucho.

“Es una responsabilidad llevar el apellido que llevamos sobre las espaldas. Los abuelos y los padres de ahora exigen más que antes”

¿Cuál es la magia del circo clásico?

–En España, Alemania o Italia, al quitarnos los animales, los equilibristas y malabaristas se tienen que esforzar un poco más... en nuestro caso el espectáculo incluye las canciones de Fofito y el público se lo pasa bomba; cuando termino me quedo firmando autógrafos y no se termina la cola.

¿Cuál es la raíz que este espectáculo nunca debe perder?

–Entre nosotros nos jugamos a ver quién se lleva el aplauso más grande. Cuando el público se pone de pie al final, me dicen: vale la pena trabajar contigo.

Hasta que no saluda con su ‘Cómo están ustedes’ dice sentir nervios.

–Sí, siempre que voy a salir a escena. Hasta que no contestan ¡Bieen!...

¿Es la responsabilidad?

–Llevar el apellido que llevamos sobre las espaldas. Los abuelos y lo padres de ahora exigen más que antes.

¿Ser parte de esa saga es un peso?

–Tienes que demostrarlo. El diamante del grupo era Fofó, y cuando faltó el papá Gaby siguió haciendo de serio, Miliki tuvo que adoptar un poco el papel de Fofó y yo el de Miliki.

Su padre falleció hace 50 años. Hace mucho que le superó en edad.

–Sí, falleció cuando tenía 53. Al faltar él, Gaby y Miliki pensaron en la retirada, pero hicimos un trío hasta que entró Emilio, y cuando Emilio se fue, entró mi hermano Rody.

¿Se sabe más famoso que Tonetti o Charlie Rivel?

–En esa línea se mantiene la familia Aragón; primero fueron Pompoff, Thedy y Emig, después Gaby, Fofó y Miliki, y cuando ya tuve cierta edad empecé en EEUU con ellos.

¿Cómo surgió esa mítica camiseta?

–El primero que la usó fue Charlie Rivel, que era acróbata. Se subía a los hombros de su hermano, y el hermano le cogía de la camiseta, que se fue estirando. Estando en América mandamos hacer unas camisetas de punto, y cuando mi tía las tendió se habían estirado. A mi padre le llegaban por los tobillos, y dijo que a partir de entonces serían largas.

La cuestión es hacer reír.

–Hay muchas formas de hacerlo. Algunas casi nunca las hemos usado en la familia. Ni el chiste con la palabrota, ni el del triángulo amoroso, ni el chiste político, pues no tenemos derecho a meternos como españoles con los políticos cuando estamos en México, Venezuela o Argentina. Nos queda un margen muy limpio y rosado para hacer reír al pequeñajo y a la familia, incluidos abuelos de cuando la televisión en blanco y negro.

O de los inicios del color...

–Había dos unidades móviles, una para retransmitir el fútbol y los toros y la otra para Chicho (Ibáñez Serrador) con el Un, dos, tres. Nos repartimos los días de la semana y en los Estudios Roma compartíamos plató y la unidad. Los niños nos decían que las camisetas eran grises y no de color.

El circo es itinerancia y una vida exigente, con ventajas y desventajas.

–Nómada. Cuando estoy con mi hija recorremos la ciudad a la que llegamos. Eso da cultura, como viajar por países, un poco de francés, de italiano, de alemán y también de inglés, porque vivimos cinco años en EEUU...

¿Y lo de vivir en comunidad? ¿La familia del circo discute?

–Aquí por suerte hay buen rollo, estoy en una caravana, muchas veces como fuera, pero a veces el italiano, el francés o el alemán me invitan a comer y pruebo de todo.

¿La itinerancia se toma descansos?

–Este circo sí, creo que parará en mayo, para reponer material, luces, sonido, puesta a punto de camiones...

“Hay muchas formas de risa, algunas, como el chiste con la palabrota, casi nunca las hemos usado, pero el margen que nos queda es muy limpio”

Reír es necesario con tanto drama que absorbemos.

–Hemos tenido que visitar en hospitales a niños que estaban muy malitos. Una vez fuimos a Barcelona porque a una niña le quedaban horas de vida y lo único que pidió fue conocer a los payasos. Estuvimos con ella y nada más salir, todavía en el pasillo, el médico nos dijo que acababa de morir. Eso es muy duro. Y después hay que ir al circo y hacer reír, pero tienes eso por dentro, pobrecilla.

¿Eso es profesionalidad?

–Eso es salir con ganas de hacer reír, yo he salido con dolor de muelas, con dolor de tripita, me he partido un pie actuando. Todo eso nos pasa.

¿Cómo le gustaría que le recuerden?

–Espero que pasen muchos años, pero como uno de los payasos de la familia Aragón, que dedicó casi toda su vida en hacer sonreír a los demás.

Sabiendo que la posteridad le guardará ese recuerdo.

–Como a mi padre. Todavía me dan el pésame y me expresan sentimientos por su pérdida. Ahora estoy preparando un libro sobre sus bromas.